UN TRATO

* El oído y el equilibrio sostienen una relación imprescindible.

Es 1993. Para una mayoría de colombianos son malas las consecuencias del asalto implacable del neoliberalismo, buenas para unos cuantos. Se impulsan hechos como la liquidación de la Flota Mercante y el florecimiento del negocio privado de los puertos.


Las circunstancias se presentan propicias para los marinos.

Es Bogotá. Recién retirado, una mañana perfecta se encontró en las oficinas de la empresa, en el momento preciso, con las personas correctas. Le ofrecieron un trabajo brillante en tierra. Decidió que se lo merecía. Era una labor nueva. Quedó a cargo de las operaciones portuarias de la primera empresa de esa categoría en Colombia. Estaba por 39. Sintió que su vida iba a cambiar.


Obedeció al sentido común y se rodeó de colegas, excelentes trabajando, jamás subalternos, siempre fueron sus amigos, por lo que se generaban desacuerdos. Sin embargo, el resultado, grandioso.


Iba rápido, pocos años después seguía en el camino: dirección de las operaciones en el puerto de Buenaventura…


“Sabía que los puertos, por su naturaleza, son un hábitat del narcotráfico, el contrabando y el robo de mercancías, delincuencia que a este bello puerto especialmente desprestigiaba, reduciendo sus expectativas.


Pensó en reducirla. Calculó con ingenuidad los riesgos, trazó un plan secreto: una evaluación, una diagnosis, la identificación de puntos y funciones críticas, comportamientos inusuales, presencias insólitas, lloviznas extrañas...


Subestimó totalmente el desafío que representaban sus acciones en contra de organizaciones poderosas que tenían a su servicio gente en el puerto y autoridades locales.


Era febrero, en 1998. Las empresas portuarias en Colombia finalizaban su tránsito hacia la modernidad, de lo estatal a lo privado. Se vivían unos tiempos de creación, de innovación. Se implementaban conceptos y procesos.


21:12, otra jornada intensa. Había sido un sábado de pésimos rendimientos de los buques, con una lluvia pertinaz que apenas amainaba. Comenzó a sentir cansancio.


Estaba allí desde hacía ocho meses. Le correspondía organizar, conciliar y coordinar intereses de toda índole y encaminarlos a hacer eficiente y productiva la telaraña logística de buques, camiones, muelles, patios, almacenes y bodegas del principal puerto de Colombia, donde transcurrían mercaderías de importación y exportación de todo tipo, en cantidades importantes que se recibían y despachaban por agua y por tierra. Simple y complejo.

22:30, decidió marchar a casa. Requirió su vehículo asignado.

El muelle y sus oficinas funcionaban en una isla, Cascajal, anexa al continente. Debían cruzar un puente, El Piñal.


Circulaban muy despacio, era intenso el tráfico. Un grupo irrumpió en la vía, al frente, protestando por algo, portando carteles, impidiendo el paso. Le pareció extraña una protesta un sábado en la noche, pero el cansancio venció a la suspicacia. Ante la imposibilidad de adelantar, quien conducía le aconsejó bajarse y continuar a pie. No estaba muy lejos y le gustaba caminar. Se despidió, descendió del automotor y salió en busca de su destino…

Alguien allá muy adentro decidía por él, alguien que descifró rompecabezas complejos, que lo empujó a caminar, a correr, a leer otra vez, y a escribir...

Domingo en la mañana. Se jugaba un partido en la explanada, a un lado del puente. El chico, un negro de 1.80 de estatura, atlético, un gigante africano de 16 años, miró el balón elevarse por encima de su portería. Recoger la bola cada vez que rodaba bajo la estructura de concreto era lo único que no le gustaba de ser arquero en esos partidos callejeros que se jugaban con ardor como distracción sana de muchachos que no tenían mucho más que hacer. No había escuela ni profesores.


Corrió desganado hacia los bajos del puente, rogando que la pelota no estuviera en el agua. Se giró y lo vio.

Otra vez un cadáver. No era la primera vez. Era uno de esos sitios donde bandas en la noche hacían sus juicios, interrogaban, condenaban y ejecutaban en silencio.


La sangre fresca, la cara hinchada, un ojo afuera de su órbita mostraban el golpe brutal con algún elemento contundente. Jeans, camisa teñida del líquido rojo. Avisó.


Los jugadores y los que estaban mirando el encuentro corrieron, todos se olvidaron del balón y se apeñuscaron. Un viejo, habituado, los apartó con autoridad, se agachó y revisó el cuerpo con pericia, primero los bolsillos, las manos, el cuello, buscando documentos, dinero, anillos, cadenas. Nada. Con el índice en la boca, autoritario, pidió silencio. Obedecieron. De rodillas, pegó un oído en el lado izquierdo del pecho y escuchó atento. Se separó, abrió los ojos y confirmó con protagonismo, pero sereno:

- está vivo.


No era lo habitual, siempre estaban muertos. Uno de los curiosos, un soldado que supuestamente custodiaba el puente, levantó su aparato de comunicación e informó a alguien, con detalles.


Transcurrieron minutos largos, apareció una patrulla de la policía, una camioneta que frenó en seco. El conductor, un agente y su acompañante, un oficial, uniformados, descendieron, buscaron en vano algo en el entorno, preguntaron si alguien sabía algo. Todos se miraron negando con la cabeza. Se acercaron al cuerpo, tomaron fotografías y ayudados lo levantaron y acomodaron en el vehículo, en un espacio estrecho en la parte de atrás.


El soldado le ajustó las piernas, cerró la compuerta trasera y junto con la turba del fútbol, contemplaron cómo se alejaba la patrulla hacia el único hospital del puerto.


Urgencias. Medio día. Con ayuda de los policías, un enfermero instaló el cuerpo en la camilla que ingresaron a un consultorio. Un médico diligente confirmó los signos vitales, el corazón le latía con fuerza, lo desnudó y examinó. Tenía “solamente” una gran herida frontal en su cabeza. El oficial inspeccionó con profesionalismo el pantalón, encontrando en uno de los bolsillos traseros un papel doblado, desapercibido en la primera requisa, donde figuraba claramente un nombre, lo que parecía una placa y un número de celular. Llamó. Se demoraban. Al fin contestó Giselle.


- ¿Mire, habla el oficial de la policía Néstor Paredes, llamamos del hospital, tenemos un herido grave, está inconsciente, cargaba un papel con un nombre y un número, usted es Giselle?


- Si señor… a la orden.

- Bueno, ¿nos puede decir quién es la víctima por favor? 30 a 40 años, pelo oscuro, trigueño, alto, delgado.


Giselle habló con seguridad:


- ¡Tiene que ser el gerente de operaciones¡ Ayer en la tarde lo busqué en el puerto. Trabajo en una compañía aduanera y le pedí ayuda porque bloquearon con contenedores uno de mis camiones. Escribió mis datos en un papel y más tarde me llamó para comentarme que todo estaba resuelto. ¿Cómo está?


El oficial se comunicó inmediatamente con el puerto, les confirmó lo dicho por el médico: “Está muy mal, aquí no podemos hacer nada. Sólo en Cali, si aguanta el viaje”.


Llegaron compañeros de la empresa, lo identificaron de manera formal, se presentaron paramédicos a bordo de una ambulancia, recogieron al herido con todos los protocolos y partieron raudos, aullando la sirena.

Daniel yacía maltrecho pero obsesionado con la vida. En su oscuridad mental, la función espiritual de su existencia navegaba a través de su pasado”.[1]


Llegó a Cali directo a cuidados intensivos, se mantuvo más de veinte días en estado de coma. El golpe fue tan violento que lo dejó como ausente. Una tarde de lluvia despertó. La resurrección a la vida siguió al sueño de la muerte como si fuera el mismo instante.


El oído y el equilibrio sostienen una relación imprescindible, los órganos encargados de la audición y del equilibrio se encuentran dentro del hueso temporal en el oído interno. El cerebro interpreta estas señales y envía órdenes a los músculos para que nuestro cuerpo mantenga el equilibrio. Al principio no se podía sostener, necesitaba ayuda. Algún sabio del hospital recomendó dejar que recobrara tranquilamente las funciones que volvieran. Tenía razón.


Muchos olvidos, pero casi todo volvió. Jamás alguna dirección tomó el mando. Su mente no estaba. Alguien allá muy adentro decidía por él, alguien que descifró rompecabezas complejos, que lo empujó a caminar, a correr, a leer otra vez, y a escribir...


No regresaron las ancestrales angustias. Estaba, sin pecados, en condición de recién llegado al planeta…


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[1] Bernal Lozano, Daniel Felipe. 'Un cuento de los muelles', Ciudad Paz. www.ciudadpaz.com/single-post/2020/08/02/un-cuento-de-los-muelles