UN CUENTO DE LOS MUELLES


Por experiencia, sabía que desgraciadamente los puertos, por su naturaleza, son un hábitat del narcotráfico, el contrabando y el robo de mercancías, transgresiones que a este bello puerto especialmente, desprestigiaban y reducían sus expectativas comerciales.

Intuyó una oportunidad. Calculó los riesgos, se trazó su propio 'plan': una evaluación, una diagnosis, la identificación de puntos y funciones críticas, comportamientos extraños, presencias inusuales.

Pero, para esto era un novato. Subestimó totalmente el desafío que representaban sus acciones contra el trámite de organizaciones poderosas que tenían a su servicio gente en el puerto, autoridades del Estado y políticos locales.

Era febrero, en 1998. Las empresas portuarias en Colombia finalizaban su tránsito hacia la modernidad, de lo estatal a lo privado. Se vivía un período de creación, de innovación. Se implementaban conceptos y procesos.

21:12, otra jornada intensa. Había sido un sábado de pésimos rendimientos de los buques, en una lluvia pertinaz que apenas amainaba. Comenzó a sentir cansancio.

Estaba allí desde hacía ocho meses. Le correspondía organizar, conciliar y coordinar intereses de toda índole y encaminarlos a hacer eficiente y productiva la telaraña logística de buques, camiones, muelles, patios, almacenes y bodegas del principal puerto de Colombia, donde transcurrían mercaderías de importación y exportación de todo tipo, en cantidades importantes que se recibían y despachaban por agua y por tierra. Simple y complejo.

22:30, decidió marchar a casa. Requirió su vehículo asignado.

El muelle y sus oficinas funcionaban en una isla, Cascajal, anexa al continente. Debían cruzar un puente, El Piñal

Circulaban muy despacio, era intenso el tráfico. Un grupo irrumpió en la vía, al frente, protestando por algo, portando carteles, impidiendo el paso. Le pareció extraña una protesta un sábado en la noche, pero el cansancio venció a la suspicacia. Ante la imposibilidad de adelantar, quien conducía le aconsejó bajarse y continuar a pie. No estaba muy lejos y le gustaba caminar. Se despidió, descendió del automotor y salió en busca de su destino…

Domingo en la mañana. Se jugaba un partido en la explanada, a un lado del puente. El chico, un negro de 1.80 de estatura, atlético, un gigante africano de 16 años, miró el balón elevarse por encima de su portería. Recoger la bola cada vez que rodaba bajo la estructura de concreto era lo único que no le gustaba de ser arquero en esos partidos callejeros que se jugaban con ardor como distracción sana de muchachos que no tenían mucho más que hacer. No había escuela y mucho menos, profesores.

Corrió desganado hacia los bajos del puente, rogando que la pelota no estuviera en el agua. Se giró y lo vio.

Otra vez un cadáver. No era la primera vez. Era uno de esos sitios donde bandas en la noche hacían sus juicios, interrogaban, condenaban y ejecutaban en silencio.

La sangre fresca, la cara hinchada, un ojo afuera de su órbita mostraban el golpe brutal. Jeans, camisa teñida del líquido rojo. Avisó.

Los jugadores y los que estaban mirando el encuentro corrieron, todos se olvidaron del balón y se apeñuscaron. Un viejo, habituado, los apartó con autoridad, se agachó y revisó el cuerpo con pericia. Primero los bolsillos, las manos, el cuello, buscando documentos, dinero, anillos, cadenas. Nada. Con el índice en la boca, autoritario, pidió silencio, obedecieron. De rodillas, pegó un oído en el lado izquierdo del pecho y escuchó atento. Se separó, abrió los ojos y confirmó con protagonismo, pero con serenidad:

- Está vivo.