LA FELICIDAD NO ES UNA CARRERA DE CABALLOS

* La felicidad es un estado del alma que exige reposo y aprendizaje en el proceso.

La felicidad es un estado del alma. Está relacionada con la actitud, con lo que soy, con lo que pienso. El error más común es creer que la felicidad se encuentra en lo exterior y no en lo interior, en lo que soy, en lo que creo.


La felicidad no es cosmética, no es material. No está directamente relacionada con lo que tengo o lo que poseo. Si dependiera del bienestar material, todos los millonarios fueran felices y, en consecuencia, todos los pobres fueran miserables.


Pero no, ser feliz es un estado del alma. En estos tiempos de encuestas y estadísticas, la felicidad —como ese algo etéreo, inherente a lo que soy— no se puede cuantificar, no se puede medir. La felicidad no es un asunto matemático, pues por su carácter abstracto solo puede ser entendida, asumida y expresada por el sujeto mismo que la posee.

El problema es que en la sociedad de consumo en la que vivimos, danzamos, lloramos y reímos, estamos acostumbrados a asociar este estado del alma con expresiones como: “Estoy feliz con mi nuevo carro”, “¡Qué feliz me siento en mi nueva casa!”, “Sería muy feliz si tuviera ese trabajo”. Y, en consecuencia, todo se vuelve infelicidad cuando todas estas cosas —momentánea o indefinidamente— cambian.


Algunos teólogos hacen una división entre felicidad y gozo (y, a decir verdad, yo también usé esa división por muchos años). Dicen que la felicidad es circunstancial, mientras que el gozo no depende de las circunstancias. Uno de los ejemplos comunes es la epístola que el apóstol Pablo escribe a los filipenses, el tema central de la carta es el gozo que pasa por encima de las circunstancias. Y, por su puesto, Pablo habla con conocimiento de causa, pues está escribiendo desde la prisión en Roma.


Hoy, tal vez con un poco más de años recorridos (experiencia o madurez le llamarían algunos), prefiero unir las dos palabras en una, de manera que podría decir que la felicidad-gozo no está condicionada a los agentes externos (circunstancias), de otra manera, no sería un estado del alma.


Volviendo al ejemplo de Pablo, vemos a un hombre que ha sufrido por causa del evangelio y a pesar de eso es feliz y lo refleja en gozo pleno con sus palabras y sus acciones. La cercanía a la pena capital que enfrentará en Roma no le hace perder su perspectiva interna ni sus convicciones.

La mayoría de la sociedad funciona como una pirámide invertida en la que lo externo, lo cosmético y las posesiones ocupan el primer lugar.

Es tal vez por esto que es tan difícil ser feliz, porque hay que comenzar de adentro hacia afuera. Pero la mayoría de la sociedad funciona como una pirámide invertida en la que lo externo, lo cosmético y las posesiones ocupan el primer lugar. Y al final de nuestros días, llenos de cosas y miserables, entonces buscamos ser felices.


Hombres como Pablo, Martin Luther King y Mahatma Gandhi, por solo mencionar algunos ejemplos, fueron grandes referentes al vivir una vida coherente que puso de manifiesto su unidad de pensamiento y acción. Lo que se piensa y lo que se es, como un todo armónico, arroja como resultado un estilo de vida pleno que refleja el estado del alma.


Hablando en términos físicos, es común escuchar expresiones como: “Somos lo que comemos”. Pero usando esta misma línea de pensamiento con nuestra vida interior, podríamos decir que “somos lo que pensamos”. La Biblia, en Proverbios 23:7, dice: “Porque cuál es su pensamiento en su corazón, tal es él”.


Matthieu Ricard, monje budista quien dejó a un lado sus estudios de postgrado en Genética Molecular y su carrera como científico para irse a vivir al Himalaya, dijo: “Por felicidad me refiero a una profunda sensación de florecimiento que surge de una mente excepcionalmente sana. Esto no es una mera sensación placentera, una emoción fugaz o un estado de ánimo; sino un estado óptimo de ser”.


Ricard complementó su concepto de felicidad al afirmar que es una forma de interpretar el mundo, “pues si bien puede ser difícil cambiar el mundo, siempre es posible cambiar la forma en la que lo vemos”.

La persona que aprende a desarrollar un estado feliz del alma empieza a ver las dificultades como oportunidades, y los conflictos de la vida diaria como procesos de aprendizaje. Y es que tiene sentido, si un error lo vemos como una oportunidad, si un despido como ese empuje para cambiar de trabajo, entonces estaremos dando un gran paso hacia ese estado de felicidad-gozo. El hecho de favorecer a los pensamientos positivos frente a los negativos es clave.

Podríamos escribir muchos artículos sobre el tema, pero al final todo se reduce a dos pensamientos: “No quieras buscar afuera, vuelve en ti mismo, en el interior del hombre habita la verdad” (San Agustín). “Y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (Jesús en Juan 8:32).

Recuerda, la felicidad no es una carrera de caballos, es un estado del alma, y, por lo tanto, exige reposo y aprendizaje en el proceso. Muchas veces, la dirección en la que avanzamos buscándola nos aleja de ella. ¡Qué contradicción!