YULIZA

* Hace parte de esa fracción insólita de la sociedad, que no poseen nada pero son dueños de todo.

Por los bellos paisajes y la amabilidad de su gente, Briceño es un sitio encantador como tantos lugares apartados de Colombia. Un bello rinconcito de Antioquia, uno de los municipios más jóvenes del país, donde el tiempo se detuvo: subsisten los arrieros con sus mulas, únicas capaces de andar por esos agrestes caminos, cargando expectativas. Aún brega el artesano, el talabartero y el campesino que les da trabajo a todos con su café, cacao, caña de azúcar y aguacate, minería artesanal y la madera, en un clima tropical y húmedo.


Fue fundado en 1884 con el nombre de “Cañaveral”. Toma el nombre de Briceño en homenaje al General José Manuel Briceño, quien en compañía de cinco familias fue fundador de un caserío de quince viviendas en el sitio que hoy es el parque principal. Es cabecera municipal desde 1980.


Ubicado en el norte del departamento, a cuatro horas de Medellín por carretera, el pueblo es un mirador natural desde donde se aprecia la exuberancia del paisaje antioqueño: montañas, valles y ríos. Cerca de 8.000 almas lo habitan, sólo una tercera parte en la zona urbana. La mayoría, mestizos y blancos, unos cuantos afrocolombianos.


Yuliza hace parte de esa fracción insólita de la sociedad, que no poseen nada pero son dueños de todo. Vive en Palestina, una de las zonas rurales de Briceño. Su casa campesina entre árboles y flores es para ella el palacio más hermoso. Esas montañas con sus vientos son suyas, ese río enorme con sus peces le pertenece. A sus trece años vive en un tiempo raro que le fascina pero presiente otro mundo que la está empezando a intrigar confundiendo sus sueños simples y sencillos. Lo vislumbra cada vez que se arrima a la gente de la zona urbana, en la escuela donde aprende tantas cosas, en la televisión que la hipnotiza con sus ilusiones, en esos teléfonos que lo tienen todo.

Para la chica es un cruce emocionante, es como una burla irreverente al poderoso caudal del río Cauca.

La única forma de comunicar a Palestina con Briceño era un puente peatonal que atravesaba el río Cauca, que fue destruido por una avenida torrencial en 2018 debido a la contingencia de Hidroituango.


El reemplazo o reconstrucción de esa estructura que facilitaba el intercambio comercial, escolar y familiar de las comunidades rurales circundantes, que quedaron aisladas, sufre toda suerte de dilaciones por discrepancias irreconciliables entre la Alcaldía Municipal y las directivas de EPM, la causante del problema. No hay autoridad local, departamental, nacional, internacional ni divina que resuelva.


Ante esa demora y la necesidad inaplazable de conexión, la comunidad se las ingenia y procede a implementar una “garrucha” o sistema de polea para cruzar, persona a persona: un cable largo de acero que a más de diez metros de altura sobre el río, se asegura en algún lugar a cada lado.


Mediante una polea que rueda sobre la línea, se suspende una especie de silla, halada por una cuerda o impulsada con las manos sobre el cable por el mismo pasajero. Una “técnica” absurda de transporte utilizada en muchas regiones del país, que jamás ha sido evaluada, supervisada, prohibida ni controlada por un ente responsable, y por lo tanto sometida a total ausencia de mantenimiento.


Para la chica es un cruce emocionante, es como una burla irreverente al poderoso caudal del río Cauca.


En la tarde del pasado 22 de junio Yuliza espera su turno para cruzar, como tantas veces desde hace más de tres años. Cuando le toca, aborda valiente y feliz su montura suspendida en la polea. Como siempre, se encomienda a la virgen.

Inicia el cruce. A la mitad del recorrido, donde el agua es más profunda e impetuosa, se atasca la polea, hay un movimiento. La niña, distraída en ese momento, se suelta.


En un vuelo de casi un instante alcanza a repasar íntegra su vida. Decide que nunca más volverá a atravesar de esa manera...