UN CUENTO DEL COLEGIO

* En su oscuridad mental, la función espiritual de su existencia navegaba a través de su pasado.

Media mañana calurosa, un colegio de secundaria en Medellín, en Buenos Aires. Último año. Es octubre de 1972. Un descanso entre clases.


- ¡Daniel, llegó la comisión!

- ¿Cuál comisión home Toño?

- ¡La comisión de la Armada, hermano!


Era su obsesión. Había estado en la Escuela Naval y le había fascinado. Nunca explicó por qué se había salido, si le gustaba tanto. El caso es que Toño se moría por regresar.


Daniel era un averiguador, una esponja, y el mar había entrado en su alma por la lectura de aventuras donde recorría todos los océanos. Relatos, crónicas, emociones, creaciones concebidas con personajes capaces, que decidían, que no perdían su tiempo en preocupaciones. La trama los sometía a circunstancias complejas que resolvían en un catálogo de soluciones geniales propiciadas por seres dueños de sí mismos que vencían a las circunstancias. Hombres sin miedo en mundos fantásticos donde, igual, la honestidad y la perversidad también eran personajes. Eran clases de historia y geografía, que describían ambientes de otros mundos, de otros momentos, con apreciaciones sobre hombres y contextos. Obras básicas en las que finalmente se imponía la lógica de la verdad y la justicia. En ese entonces creía que el mundo era así: racional. No asumía aún que no todo tiene explicación ni respuesta, que no todo es justo ni razonable, que prevalecía la antinomia en los humanos. Aprendió, eso sí, que hay que dejar siempre un margen para el riesgo.

La trama los sometía a circunstancias complejas que resolvían en un catálogo de soluciones geniales propiciadas por seres dueños de sí mismos que vencían a las circunstancias.

Aunque no le gustaba faltar a clases, le siguió la idea a su amigo, lo estimaba y sabía su determinación. Arreglaron con el portero y se escaparon hacia la entrevista.


Llegaron a un cuartel donde atendía la 'comisión'. Una fila larga. Se hicieron detrás de un pibe con el que cruzaron dos palabras que fueron el arranque de una amistad poderosa: Juan Camilo era un petiso que se las sabía todas.


En la entrevista, después de un primer tamizaje, un grupo de oficiales de la Armada convocaron a posteriores exámenes teóricos. Hacían una pregunta clave, imprevista, directa, que definía el futuro.

- ¿Naval o Mercante?


Aquel que no sabía de qué se trataba, se jugaba la vida en un albur. Para bien y para mal.


Toño le había aclarado: la Naval era una carrera esencialmente militar: Marina de guerra.


Cuando Daniel va a responder al oficial comprende, en fracción de un instante, la explicación completa de su amigo y que el plan de Toño era ingresar esta vez a la Marina mercante: navegación de altura en grandes buques, llevando y trayendo mercaderías.

- ¡Mercante!, dijo divertido.


Se olvidó. Pasaron los días. Una tarde de llovizna en diciembre atiende la puerta de su casa y le entregan un telegrama. Era de la Armada. Le informaban que había sido aceptado en la Escuela Naval para estudiar la carrera mercante, ordenaban una fecha de presentación en el próximo enero y una dirección donde debía reclamar el pasaje.


¿Escuela Naval?, ¿educación militar?, ¿Marina mercante? ¿navegar?, nunca había contemplado esa posibilidad. Ya se había presentado a dos universidades públicas donde una carrera tardaba diez años por los conflictos de orden público.


Su familia lo respaldó totalmente. Se juntaron las estrellas. Decidió.


Toño nunca recibió el telegrama, Juan Camilo, viajaba con Daniel a Cartagena…

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