UN CUENTO DE BUENAVENTURA

* … la función espiritual de su existencia navegaba a través de su pasado.

Arribó a Buenaventura un día de marzo en 1978. Venía de otro planeta, del respeto, del orden, del aseo y de la conciencia que percibió en muchos países de Europa en una navegación de cinco meses fríos entre ciudades portuarias del Atlántico norte. Factores que le habían deslumbrado más que la historia, las construcciones, los monumentos y los paisajes. Los escandinavos, asombrosos, maximizaban tales valores.

En extendidas permanencias, Daniel usaba sus pausas de ocho horas entre turno y turno de guardia para recorrer, visitar, conocer, vivir momentos, despreocupado, en el escenario que le presentara la vida.


En aquellos tiempos, el marino que quisiera, podía sumergirse en la vida fascinante de los puertos. Hoy en día, buques especializados, la carga en contenedores, programas computarizados de cargue y descargue y la ultra tecnología portuaria reducen drásticamente el tiempo de estadía de las naves.


Habían cruzado el Canal de Panamá hacía tres días, se encontraban cargando 80.000 sacos de café con destino a Los Ángeles. La motonave Ciudad de Pereira se dirigía ahora hacia Norteamérica, por el Pacífico.


La actividad era febril a bordo. Oleadas sucesivas de plataformas de madera, 'estibas', con 20 bultos de 70 kilos, se elevaban desde el muelle al barco por medio de unos puntales, “plumas” se llamaban, que antecedieron a las grúas. La operación era simultánea en todas las bodegas, que se preparaban impecables, forrados sus pisos y mamparos con un papel especial para proteger el café. Cuadrillas de ocho hombres estibaban los sacos a lo largo, ancho y alto de los espacios.


Una exigencia específica de los exportadores y destinatarios de esa mercancía era que el producto, que despachaba la Federación Nacional de Cafeteros, y que era orgullo de Colombia, debía salir y llegar absolutamente seco. Había de por medio demandas millonarias y se jugaban el puesto los responsables. La tarea de los oficiales de guardia en esos cargues de café en Buenaventura, además de controlar la buena marcha de la operación, consistía en escudriñar constantemente el cielo, a la caza de nimbostratus, las nubes oscuras que traían la lluvia. Más difícil, en la noche, se acudía al anuncio de la fina percepción de una repentina baja de temperatura en el ambiente. Todos avisaban.


Existe una corriente de vientos que entra superficialmente desde el Océano Pacífico hacia el interior del continente, transportando gran cantidad de vapor de agua, que al condensarse en la atmósfera fría de las montañas de la cordillera occidental, es causa de precipitaciones en toda la región costera, tempestades cortas a veces o lloviznas eternas, que bendecían los marinos pues alargaban su tiempo en el puerto, pero hacían tensas las operaciones porque se debían cerrar las bodegas antes de la primera gota. En ocasiones se cerraba en vano pues las nubes seguían de largo para descargar su agua en otro lado. Hoy, no hay tanto problema, la carga va en contenedores.


Buque 'Ciudad de Pereira'. / Foto: T. Dietrich. Tomada de http://www.histarmar.com.ar

El Ciudad de Pereira, construido en la década del cincuenta, era un buque obsoleto. Aunque ya existía la tecnología hidráulica para la apertura y el cierre de bodegas, en él era necesario maniobrar un complejo mecanismo de roldanas y de cables de acero con los que se movilizaban lentamente pesadas tapas metálicas, por lo que a la voz de cerrar bodegas, se debía actuar de inmediato y diligentemente.


Los estibadores de Colpuertos tenían establecido que su trabajo consistía solamente en cargar y descargar los barcos, con lo que obligaban a los navieros a contratar personal adicional, cuadrillas de trabajadores auxiliares, informales, llamadas precisamente 'la destapadora', compuestas por gente humilde que desarrollaba las demás labores, como la colocación del papel y destapar y cerrar bodegas. Eran hombres recios, necesitados, que recibían un pago mínimo, sin seguridad social y sin elementos de protección, escasamente un par de guantes ordinarios.


En los alrededores de Buenaventura existen maravillas naturales que se desconocen: ríos, selvas y montañas. Los marinos sólo se enteran de las miserias del puerto. En ese entonces se aislaban en una burbuja que iba desde la comodidad de sus buques hasta una zona de bares fabulosos a media hora del muelle, donde en la noche encontraban alcohol, música y chicas bonitas del interior que hacían famoso este puerto en todo el mundo marítimo.

Los hombres de la destapadora corrieron a sus puestos, cada uno tenía una función asignada en ese pequeño caos organizado. Todos cuidaban con celo el café, que les daba el sustento.

Eran las diez de una mañana de sol. Con algo de resaca, Daniel supervisaba las operaciones. Rezaba por lluvia para poder descansar. El cielo se oscureció de pronto y no dudó en parar el trabajo y mandar a cerrar, por precaución. Los hombres de la destapadora corrieron a sus puestos, cada uno tenía una función asignada en ese pequeño caos organizado. Todos cuidaban con celo el café, que les daba el sustento.


En el agite de la operación, un hombre se resbala y cae desde la tapa al fondo de la bodega 4. Daniel se siente responsable pues ha sucedido bajo sus órdenes terminantes. Deja todo, no hay lluvia aún pero ordena que paren de cerrar esa bodega y que la abran del todo, pensando en que hay que sacar un herido. Baja al lugar con más trabajadores, por una escala metálica.


Es un señor, un viejo, unas abarcas por calzado, una cabuya por cinturón, está tirado, inconsciente, no se ha dado contra el piso duro porque ya habían estibado sacos con café en el fondo, pero son más de diez metros la caída. La sangre por la comisura de los labios indica, lo más seguro, heridas internas. Por primera vez en su vida, Daniel se enfrenta a una realidad trágica, se identifica con la situación.


Mediante una maniobra compleja y delicada logran bajar al accidentado al muelle sobre una de las estibas usadas para el cargue del café. Ante la ausencia de ambulancias y contra todas las normas de primeros auxilios, se lo llevan en la patrulla de la policía que pasa rondas por el muelle, al único hospital del puerto. Se asegura de que le avisen a la familia. Nunca llovió.


Entregó el turno al segundo oficial. Pensando en el suceso, bajó al muelle y paró la patrulla que se llevó al lesionado. Preguntó.

- Si. Allá lo dejamos, ya lo iban a atender.


Inquieto, se dirigió enseguida al hospital, uniformado, en la misma patrulla. Llegaron a Urgencias. El trabajador estaba en el suelo, en el andén, exánime. A su lado, dos mujeres que debían ser su familia, desoladas.


- ¿Qué pasó?

- El doctor no lo atiende porque no tiene carnet del Seguro (el Seguro Social, la salud estatal de la época), que esperemos al director del hospital.

- ¿Y no hay nadie de la empresa?

- No, no ha venido nadie.


Se inicia un proceso extraño en su mente, o en su alma. Calmado pero con determinación, abre la puerta, y cruza directo al consultorio, una enfermera trata de detenerlo, pero es inútil.


Se encuentra con un profesional joven como él, en bata blanca, sentado, con los pies sobre el escritorio, está leyendo un periódico, se levanta, estricto regaña a la enfermera por no hacer cumplir los protocolos.


- Buenas tardes doctor. Mire, el señor que está ahí afuera, sufrió un accidente gravísimo hace como dos horas a bordo del buque donde trabajo, lo enviamos de urgencia al hospital pero no lo han atendido.


El médico responde, arrogante, como la cosa más natural:

- Sin documentos, no es posible asistirlo. El director, cuando llegue, autoriza bajo su responsabilidad.


En el transcurrir de esa respuesta, algo termina de romperse muy adentro. Se le vino encima el otro planeta. No es rabia, no es odio, no hay pasión o emoción alguna en lo que siente, es un razonamiento frío, lógico, concreto, una decisión. Mira sereno al galeno a los ojos, con tristeza, se le acerca, se acomoda, le dice en voz baja:

- Doctor, si ese negro se va a morir, usted se muere primero.


Todo sucede muy rápido. Le asió el cuello con ambas manos, con fuerza, alcanzando a sofocarlo. Los dos policías de la patrulla, que habían ingresado detrás, reaccionan inmediatamente, arrancando al doctor de las garras del oficial y lo apartan. De alguna parte aparece otro médico, el director. Todos se quedan mirándolo expectantes. Recoge un estetoscopio de encima del escritorio y sale a cumplir su deber…

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