LOS HÉROES DE TRAJE ROJO

* La cotidiana labor de los bomberos para garantizar la seguridad de la ciudadanía.

Cuando era pequeña vivía en una casa en el barrio Modelia, en Bogotá. Era una zona residencial, llena de parques, de jóvenes, de niños y ancianos, un sitio familiar. Ahí conocí mi primer amor, David, un ingeniero guapo, con quien pensé casarme, formar una familia. Era esbelto, amoroso –estoy segura que será motivo de otra historia–, pero pensar en mi barrio me trae remembranzas de amor, seguridad y felicidad. Mis recuerdos están intactos de la casa donde crecí, era de un piso con un patio lleno de rosas, hierbabuena, toronjil, un árbol de duraznos, una enredadera de curuba y en el patio de la vecina –la señora Sofía–, un árbol de tomate de árbol, tres frutos que nos proveía de jugos frescos antes de ir al colegio. Los olores a pasto, a flores, a comida casera se entremezclaban en los patios descubiertos contiguos. Me traen a la memoria momentos de felicidad.


La ‘cuadra’, que es una reunión de casas divididas por calles y carreras, formaba una unión de personas que llegó a ser casi una familia. En la calle jugábamos tarro, escondidas, ponchados, entrabamos al caño –hoy pienso que es antihigiénico– a buscar sapos, renacuajos o en caso que estuviera seco, a montar bici o patineta. Al árbol de caucho de la esquina, ubicado en una casa vecina a la nuestra, subíamos para hacer tertulias largas, donde nuestras mamás no nos vieran y estar así ‘resguardados’.


Cada 31 de octubre, los disfraces, dulces y fiestas en cada casa, era de puertas abiertas. Todos salíamos a la calle a festejar. Uno de los garajes destinado para ello, luego de una reunión de vecinos y con aporte de todos, abría sus puertas para una fiesta comunitaria. La decoración alusiva, música, baile, bebidas y comida eran parte del festejo. Pero lo que siempre esperábamos con ansias –adultos, adolescentes y niños– era la llegada de los bomberos. El negro Alfredo, como le decíamos de cariño, era amigo del capitán de bomberos de la zona y anualmente, en dos fechas, los bomberos llegaban llenos de amor, alegría y enseñanzas a acompañarnos. El mejor momento del año se resumía en subirnos al camión, con nuestros disfraces y dar una vuelta por el ‘centro comercial de Modelia’ –hoy convertido en el espacio de rumba–. Todos gritábamos, cantábamos y la sirena nos llevaba a amar cada vez más el trabajo de los héroes de rojo. Los mejores 15 minutos de nuestro día. Al regresar nos contaban sobre su trabajo, de la responsabilidad del cuidado y hacían un trabajo de sensibilización, que no olvido al día de hoy.


El siete de diciembre –día de las velitas–, el camión de bomberos llegaba temprano a lavar paredes y vías con las mangueras. Todos subíamos al camión, tomábamos fotos, nos mojábamos, compartíamos con los bomberos, nuestros héroes de rojo. Todos los residentes de las cuadras contiguas salíamos a pintar los andenes, para embellecer el entorno. El trabajo de embellecer nuestra comunidad y de unirnos se hacía en torno del camión, el agua, la música, las risas, la camaradería. Siempre gracias a ellos, con sus uniformes y su don de gente.


Hoy, a mis 44 años, creí que eso solamente era un lindo recuerdo que estaba en algún lugar de mi memoria. En el edificio donde vivo hubo una fuga de gas que fue imposible determinar. Llamamos a la puerta de los vecinos, pensando que había una llave de la estufa abierta. Los guardas de seguridad hicieron su trabajo de minimizar impactos y de verificación sin resultados favorables. Así que llamé al 123 y me avisaron que los bomberos vendrían a verificar. Sin mentirles, mi corazón se aceleró, mi sonrisa fue inminente, llamé a mi mamá y le dije que vendrían los bomberos. Pero lo más sorprendente fue que, al momento de escuchar las sirenas en la cuadra, ver el camión por el balcón de mí casa, y saber que estaban ahí, mi corazón se remontó a esos momentos de felicidad que emanan de la niñez. Se me olvidó por completo la emergencia por la cual habían sido convocados. Los olores del jardín, la comida, mi casa de la niñez, los vecinos, nosotros en el camión con la sirena, el agua en diciembre, la música, los amigos, la solidaridad y la camaradería, los amores, los desamores, regresaron no solo a mi mente, si no a mi corazón y a mi piel.


Al llegar, timbraron dos bomberos con sus trajes y sombreros de emergencia, entre caqui y rojo, acompañados del capitán, un hombre joven, muy guapo, vestido de azul. Mi felicidad era evidente, les conté mi historia de la niñez y como el amor y respeto a su profesión llegaron a mi corazón y como se lo traspasaría a mi hija. Tomé fotos, les agradecí por atender el llamado, por tener una profesión tan noble y por poner su vida en peligro, por salvar la nuestra.


Quise escribir esta historia para dar las gracias a esas mujeres y hombres valerosos que a diario están al servicio de la nuestra. Son padres, hijos, amigos, novios, que desde su profesión ponen su vida en peligro, con un salario que no compensa su labor de riesgo.


A esos hombres y mujeres que en el diario vivir son héroes invisibles. Que llegan de primeros en un momento de calamidad, previenen, atienden y controlan las situaciones de emergencia. Realizan preparativos y atienden rescates en todas las modalidades, no solamente en incendios, también atienden incidentes con materiales peligrosos. Salvan vidas, de muchas formas.


Gracias por esta gran labor, por seguir a pesar de su invisibilidad y vulnerabilidad. Por marcar mi vida y la de muchos en Colombia.

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