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LA FABULOSA INMORTALIDAD DE LOS CUENTEROS

* A la inveterada y rancia práctica de cuentear todo aquello que tenga un interés en el medio no han podido sobreponer los cuenteros de nuestro tiempo.

A Dona, mi madre, a Evangelina Castro,

mi gran amiga, en alguna parte del cielo

y a don Benitico Batista,

quienes a lo largo del Río Grande de la Magdalena

cimentaron fama de narradores de historias fantásticas.



La fabulosa inmortalidad de cuenteros[1] viene desde los comienzos de la humanidad cuando el hombre agazapado en las cavernas protegiéndose del ataque de las ignotas fieras y con un simple taparrabos contaba y contaba de todo lo que acontecía a su alrededor, creando demonias y demonios, endriagos, diosas y dioses, convirtiéndose en las primeras historias que a lo largo de los milenios nutrirían la imaginería popular para dar paso a las más bellas sagas y fábulas y leyendas que hacen parte de la rica y atrayente cultura universal.


La cuentearía hace parte de nuestra identidad cultural, como lo ha hecho a través de los siglos de las sociedades más antiquísimas y mantiene viva una actividad milenaria que en otros siglos tuvo tantos y tantos seguidores y practicantes que en los más remotos lugares de la tierra fue la fuente inagotable a donde acudían a beber y a nutrirse notables escritores.


Aún es muy común encontrar un cuentero a la orilla de una jagüey, debajo de la sombra de un viejo samán sentado sobre sus raíces, en la silla de un parque rodeado de gente de todas las edades, en la plaza al pie de la estatua del héroe del pueblo o de la ciudad, en el bus, en fin en cualquier lugar esperando escuchar las historias que ellos ya han oído otras veces, pero que quieren oír nuevamente en la magistral palabra del narrador.


En esa fácil y espontánea manera de contar cuentos del cuentero se encuentra la diferencia con la formal Literatura. Mientras la una tiene visos de realidad, la otra se basa en la prodigiosa imaginación y en la creatividad momentánea. La primera es más verosímil que la segunda. Los cuenteros de nuestro tiempo al igual que los cuenteros de otros siglos, además del mérito de legar extraordinarias narraciones a la Literatura Universal, muchas de ellas sacadas de las entrañas de la tradición, se caracterizan porque son personajes dotados de una inefable originalidad, una fantástica inventiva y de una facundiosa palabrería que los convierten en cuenteros incansables que sacan temas y temas inacabables que entrelazan hasta formar larguísimas cadenas que mantienen en expectativas y suspenso a sus oyentes.

El Poema de Gilgamesh, el Libro de los Muertos, Teogonía, Ilíada y Odisea y la misma Eneida, constituyen la recopilación de las cientos de miles de leyendas y de Mitos que contaban los aedos helenos desde los tiempos heroicos de los pelasgos en la isla de Creta y que con el transcurso de los años las fue recogiendo Homero, el cieguito, que iba de pueblo en pueblo contando en las fiestas y ágapes de la aristocracia griega, lo que “él mismo había visto”.

Los hombres conocieron que los dioses inventaron la infidelidad.

Habló de los dioses y de los titanes, de Minos[2], el cornudo, cuya esposa la reina Pasifae le fue infiel con el toro sagrado del dios Poseidón, y de cuyo ayuntamiento nació el Minotauro[3]. Contaba sobre la mítica guerra de Troya, entre dos pueblos que buscaban los dominios del mar. En fin, Homero, el más notable de los aedos de la antigüedad, narró hasta la saciedad las aventuras de Ulises antes de volver a la isla de Ítaca y la tragedia de Aquiles, el de los pies veloces.


Por la boca de aquel ciego mítico, cuentero por naturaleza a quien los efebos y las ninfas rodeaban en el ágora y se peleaban por tener un sitio de privilegio y escuchar de primera mano sus historias, se conocieron los hechos de un pasado ignoto. Los hombres conocieron que los dioses inventaron la infidelidad, que Epimeteo y Pandora fueron los instrumentos de Zeus para castigar la desobediencia de la humanidad. Se conoció que Helena desde los trece años fue una empedernida amante y que su rapto por París fue urdido por ella que estaba cansada de las melosas caricias del cornudo Menelao, hermano del átrida Agamenón, que no solo sufrió la ignominia y la afrenta de la infidelidad de su descarada esposa Clitemnestra, sino que murió a manos de ella y de su amante Egisto.


Se conocieron todos los amantes de Afrodita y la pérdida de la vergüenza de la diosa que no le importaba abrir los pétalos de su rosa fragante en el Olimpo como en los templos consagrados a ella, hasta el día en que se la cogieron en la puras pelotas con su amante y los humanos tuvieron la grata felicidad de sentir el aroma tibio de su frondoso pubis.

Muchos de esos cuentos estuvieron escondidos en el odre de Eolo, donde también guardaba los vientos y las tempestades, hasta el día en que se salieron como por arte de magia, fueron impresos y se convirtieron en la más importante herencia cultural con que cuenta la humanidad.


Es importante reconocer el papel de Henry Schliemann, antropólogo teutón del siglo XX, que en medio de sus vesanias y locuras, después de excavar durante años y años encontró las ruinas de muchas ciudades y entre ellas las de Cnosos, ciudad donde floreció la civilización minoica. Supo que allí era Creta, porque se topó con un enjambre de pasillos, callejones y laberintos indicio de la cárcel hecha por Dédalo, donde Minos encerró el Minotauro.


Si aquellos hechos no los hubiesen contado Homero en sus epopeyas, Ilíada y Odisea, Hesíodo en Las Teogonías o en Los Trabajos y los días, Heródoto en Los Nueve libros de la Historia, Virgilio en la Eneida y Ovidio en “el Arte de Amar” y Metamorfosis (“el Asno de Oro”), seguramente habrían privado a la humanidad de los chismes en que estuvieron comprometidos los dioses del Olimpo y toda esa prole de seres fabuloso y míticos que venían haciendo carrera desde los tiempos de la floreciente civilización del Nilo en el antiguo Egipto. Creo que la cuentería jugó aquí un papel importantísimo, pues la oralidad mantuvo las antiguas tradiciones y logró una notable influencia en la postrera literatura orbital.

‘Abuelo contando un cuento’, óleo sobre tela (74 cms de alto, 109 cms de ancho) del ilustrador y pintor Samuel Albrecht Anker (Suiza, 1831-1910). La obra se encuentra en el Kunstmuseum Bern, en Berna. Suiza. / Escuela Emil Fischer. Archivo de Wikimedia Commons, dominio público, hospedado por la Fundación Wikimedia.

Toni Morrisson, genial y laureada escritores de color norteamericana contaba hace poco que el fundamento de sus novelas se encontraba en la cuentería que escuchó desde a su padre y a los griots descendientes de los esclavos de Alabama y Georgia.


Una de sus grandes obras La Casa Embrujada, se fundamenta en uno de los muchos cuentos que enriquecen el acervo cultural de los negros norteamericanos. En dicha obra cuenta la historia de una negra descendiente de esclavos que se ve en la necesidad de asesinar a sus cuatro hijas para no verlas crecer entre la humillación y la infamia. Pasados muchos años, cuando la parricida adquiere la libertad y compra una heredad para vivir en ella se topa con que allí habita un espíritu de su última, que con el paso del tiempo se reencarna en otras personas y le cuenta a su madre lo que hubiese podido hacer si hubiese logrado sobrevivir. La negra siente que en esa casa encantada3, realmente vive el espíritu de su hija asesinada.


En el “Cantar del Mío Cid”, la cuentería jugó un papel importantísimo para la Literatura Ecuménica. Aunque las gestas, hazañas y proezas del Cid Campeador, Don Rodrigo Díaz de Vivar son conocidas desde 1043, los cuenteros que fantasean e idealizan de generación en generación logranmantenerla en la narración oral hasta 1799, fecha en que se realiza su primera publicación[4].


Merece especial mención don Juan Manuel[5], uno de los narradores y cuenteros más originales de la literatura medieval española. En su obra más conocida, “El Conde Lucanor” (1335), utiliza el esquema del marco narrativo para introducir 51 ejemplos, muchos de ellos de influencia oriental.


El hilo narrativo global es mínimo y responde al siguiente esquema: el Conde Lucanor plantea a su consejero Petronio y éste le responde con un cuento o ejemplo en el que se da una situación parecida al conflicto del Conde. Esta obra cimera influye en Shakespeare (“La fierecilla domada”), en Tirso de Molina (“El condenado por desconfiado”) y recientemente en Jorge Luis Borges (“El brujo postergado”). Pero es en Doña Truhana (La Lechera), donde don Juan Manuel recurre a la tradición oral, como rasgo fundamental del cuento oral.


Las leyendas de los Nibelungos, gnomos alemanes poseedores de la riqueza del subsuelo, cruzaron la frontera de la inmortalidad por la sagacidad de los cuenteros de la Selva Negra y del Rin que contaron sus gestas heroicas que luego fueron musicalizadas por el genial Richard Wagner.


La vida de la sociedad florentina y de muchas de aquellas enigmáticas y remotas ciudades fue posible conocerla a través de la cuentería que recogería posteriormente Bocaccio en El Decameron[6]. Según el autor, un grupo de diez jóvenes de ambos sexos, una especie de hippies revolucionarios, que salen huyéndole a la peste y a la podredumbre en que se debate Florencia. En un campo cada uno durante diez noches seguidas cuenta cien cuentos. Por boca de esos medioevalescuenteros hemos conocidos las infidencias de la sociedad de la época.


La corrupción en que nada la ciudad, la doble moral delos representantes de la Iglesia Católica, el castigo divino al que no fornicara, la infidelidad y el premio a las esposas honestas de día, que reciben la ostia de Cristo, pero que en la noche les ponen cuernos a sus licenciosos maridos, la ingenuidad de los siervos que creen que a sus mujeres un sacerdote les puede poner una cola, en fin el apetito voraz y sexual que carcomía las entrañas de una sociedad putrefacta desde sus cimientes.


La esencia de la cuentería radica en contar historias verosímiles con profundo sentido filosófico, enseñanzas morales y agudeza proverbial, extraídas de la fuente de la tradición y de las costumbres.


A la inveterada y rancia práctica de cuentear todo aquello que tenga un interés en el medio no han podido sobreponer los cuenteros de nuestro tiempo. El fermento de su pródiga imaginación está en la misma sociedad, en sus costumbres, en sus hábitos, en el tráfago de la vida. Muchos cuenteros son como los aedos, los antiguos vates o los trovadores, que veían más allá del otro lado de las cosas e hilvanar un mundo extraordinario sobre la simple inmortalidad de una pesadilla.


Un cuentero posee muchas virtudes y dones. Con la oralidad logra captar la atención y mantener en suspenso horas y horas la atención de sus oyentes. Con los prodigios de su memoria, argumenta y argumenta y busca los recursos propios para armar sus historias. Con la riqueza de su léxico, que reevalúa y fortalece cada día habla con propiedad frente a sus oyentes y con la sensibilidad propia del artista, crea una empatía entre sus oyentes y lo narrado, haciéndoles vivir a cada uno los apartes y momentos contados. He aquí la gran diferencia entre el cuentachistes callejero cuyo final siempre termina en la vulgaridad esperada, cuentos que en su mayoría no tienen ni creatividad, ni imaginación. Mientras el primero se nutre de la tradición, de las costumbres, de los mitos y de las leyendas y tiene un altísimo valor para la literatura, el segundo es espontáneo, fruto del momento, no representa nada para la bella palabra escrita.

La cuentería no tiene patria, mucho menos región y tampoco puede tener padre.

La subyugante y siempre generosa Novela Histórica, cuya paternidad se atribuye al escocés Walter Scott[7], no hubiese sido posible sin la cuentería de los pueblos del norte de Inglaterra que contaban sobre la vida de Robin Hood, un legendario bandido, jefe de una cuadrilla de montañeses que robaba a los señores feudales para ayudar a los pobres. La tradición también contaba la lucha entre gitanos escoceses que vivían en medio de las vicisitudes y trataban de sobrevivir cometiendo toda clase de fechorías; las revueltas jacobinas, las luchas entre Juan sin Tierras y Ricardo Corazón de León y tantas y tantas leyendas que fueron recogidas por el genial escritor para crear una novela vivificante y de altísimo valor literario.


La cuentería no tiene patria, mucho menos región y tampoco puede tener padre. Ningún país se puede abrogar su paternidad. La cuentearía como la imaginación es universal. Otro tanto sucede con los mitos y las leyendas que pueblan el cosmos. Los duendes y las hadas, los espantos y aparatos, las brujas y los vampiros, los endriagos y los fantasmas que a diario nos acosan y persiguen, tienen su alter ego, su primo y su hermano en el lugar que uno menos imagina. La historia fantástica del trovador que vence al demonio, con muy ligeras variaciones, la contaron los aedos en Grecia, los shamanes en las isbas de las estepas rusas y también los indios de las malocas de la Guajira. En América como en cualquiera de los otros continentes existen leyendas, mitos y fábulas que parecen ser una sola.


Muchas son narradas y defendidas como si fueran originales de dicha región. En esta bolita del mundo nada está oculto a la desaforada imaginación, pues muchas veces los arquetipos y paradigmas parece que existieran desde siempre en la hornacina del espíritu del hombre. Un cuentero de esos que anda por los parques y avenidas de Alejandría o por los andenes de Bagdad o sentado en el parque de Sincelejo o en la plaza de Pica Pica de Barranquilla o debajo del palo de caucho de Cartagena, la de Indias, tendrán en común que hablan seguramente de los caimanes que duermen con la jeta bien abierta mientras un enjambre de mariposas de vistosos colores de sus ojos extrae el jugoso néctar de sus lágrimas y las garzas con sus largos picos le limpian la filosa dentadura.


O hablaran seguramente de Nonata Finita[8], la joven dama que se bañaba desnuda en las turbias y frescas aguas del Río Grande la Magdalena y a quien el Mago del río, le predestinó que viviría tantos años como arenas tuviera en la mano. En total serían 208. Hasta el momento llevaba seis matrimonios, tenía medio ciento de hijos e hijas, nietos, biznietos y tataranietos y aún seguía lozana y radiante como una mujer de quince. En Colombia, y en especial en el mágico Caribe, en las ciudades como en el más humilde caserío, hay un cuentero de cabecera. Es la persona encargada de recoger lo que acontece cada día y luego contarlo a su manera, poniendo de esta manera las cimientes de lo que será una futura y significativa leyenda.


Lo que dijo al amanecer el carnicero a su asidua clientela del espanto que en las noches umbrías se mete en la casa de la viuda Virginia Dosamantes, de seguro tendrá un largo recorrido. Saldrá como una mansa paloma, regará a través de las rachas de viento su fermento y al atardecer tendrá el cuerpo de una nueva e inquietante narración. Es la condición humana del hombre que crea e imagina, del poeta que vaticinará la creación de nuevos dioses y de otros tantos ángeles, arcángeles, santos y orichas. Del embolador que contará la historia cien veces de una manera diferente, agregando a cada paso un nuevo elemento. De la rezandera, como Bienllegada9, que tenía la virtud de rezar muertos y vivos, cantaba el número ganador de la lotería mientras rezaba el novenario y según muchos habitantes de Pueblo Bonito “daba ganas de morirse para que ella lo rezara”.


El comer y el vestir sirven al cuerpo, la imaginación, el ingenio y la creatividad alimentan el espíritu. El termino cuentería es de reciente aparición. Inicialmente fue una forma despectiva de referirse a una situación comentada entre la gente del pueblo. “Tienen entre manos una cuentería”, solían decir algunas personas.


Aún a las puertas del milenio y muy a pesar de los esfuerzos de quienes tratan de reivindicar el arte de la oralidad, la palabra cuentería no ha sido acuñada en ninguno de los diccionarios más recientes, ni de la Real Academia Española y tampoco en los diccionarios de colombianismos. Cuentero en otros tiempos fue una manera peyorativa o insultante que designaba a la persona que contaba un hecho importante, pero con visos de leyenda. Hoy el término cuentero ha ido escalonando posiciones y se ha adentrado a los recintos de las Academias, sitios en los que estaba proscrito. Se permite en ciertos lugares que se hable del cuentero y de la cuentería y muchas personas se sienten orgullosas con dicho apelativo.


Desde el punto de vista de la Semántica, cuentería se refiere a la forma oral que tiene el cuentero para contar mitos, leyendas e historias, muchas de ellas recogidas con el paso del tiempo en libros o documentos, otras porque las escuchó en el diario acontecer de la vida o porque fueron formadas con su ingenio a partir de su propia experiencia.

Cristóbal Colón[9], el gran almirante genovés que tuvo cuidado de escribir dos diarios en sus cuadernos de bitácora temiendo un posible fracaso de su venática empresa, en su Cartas de Relación hizo una pormenorizada descripción de los aborígenes que encontró en la isla de Guanhaní y que llamó poderosamente la atención a la, en esos momentos decadente y desprestigiada Corona española. “Mujeres desnudas que cruzan de una isla a otra sobre el lomo de unos pájaros tan enormes que ponen sus huevos en el espinazo de las tortugas. Los hombres tienen el cuello lleno de collares, se bañan en montañas de oro en polvo y en las tardes se asolean sobre las pilas de perlas que abundan a la intemperie a la orilla del mar”.


Colón que tiene el mérito de ser el primer europeo en conocer términos aborígenes y de enviar un sinnúmero de palabras al viejo mundo, al final de sus días, con todo el peso de la gloria que le deparó el descubrimiento del Nuevo Mundo, quedó contando historias entre los niños y jóvenes que le tiraban monedas de cobre y lo consideraban uno de los ancianos ilusorios que vivía en medio de sus locuras seniles.


“Ese viejo loco”, le decían cuando Colón contaba que había visto peces que desovaban en la copa de las palmeras y montones de guartinajas vírgenes que se burlaban de ellos al verlos con tantas arandelas puestas en el cuerpo. Con la palabra Canoa[10], primer término caribe que llegó y se vistió de frac en Europa gracias a Colón, intelectuales como Lope de Vega, Cervantes Saavedra, Quevedo y Villegas, Góngora y Argote y tantos otros se enloquecieron con la invasión posterior de palabras que enriquecerían la clásica literatura del siglo XVI.


Las crónicas de Fernández de Oviedo, Juan de Castellanos, Pedro de Aguado, Pedro Simón y Santa Gertrudis oxigenaron el decadente idioma castellano que les nutría cada día de mitos y de leyendas, de leyendas y de mitos. La fantasía fue tan desbordante en sus narraciones y en lo que acontecía en esta parte del mundo que en toda Europa surgió de pronto una pléyade de cuenteros que se sentaban en las plazas y tabernas para contar acerca de Eldorado, de aves que imitaban sonidos y costumbres y además desde las copas de los árboles producían estridentes risotadas y se burlaban de ellos; contaban sobre las montañas de perlas que se formaban en las playas y eran besadas por las olas del mar y donde jugueteaban alegres los sorprendidos tiburones con los tontos manatíes. Hablaban de la balsa de oro que muchos de ellos vieron flotar sobre las aguas de una laguna plateada y donde se bañaba el cacique seguido de un séquito de núbiles zagalas completamente desnudas.


En esas narraciones, en ese mundo mágico que se regó por todo el cielo americano está la génesis de la cuentería que surge a todo lo largo del milenio pasado, pero que adquiere una fuerza arrolladora, muy a pesar de la sofisticada tecnología y del surgimiento de nuevos formatos del libro digital.


Es ahí donde juega un papel importante la inventiva y la genialidad del cuentero, crear un mundo fantástico alrededor de sus propias experiencias y de las experiencias significativas de otras personas. Es posible que alguno de los que están leyendo este trabajo recuerde ahora a uno de esos tradicionales cuenteros que, sentado en un taburete o en la banca de un parque debajo la fronda fresca de los árboles contaba las historias que en otros tiempos les narraban sus padres. O también los hayan escuchado en el aula o en una sala académica rodeado de la solemnidad, el protocolo y la pompa del caso. Eso es ya un mérito, pues la cuentería comienza a abrirse paso en los estrados en que estaba vetada.

El cuentero con su natural cuentería ha subsidiado en parte la historia, pues ha permitido acceder a una región ignota de la humanidad. A través de sus narraciones el hombre ha comprendido muchos aspectos oscuros del pasado remoto, pues cuentear siempre fue primero que danzar, pintar, moldear o escribir.

La cuentería ha venido escalando peldaños tras peldaños gracias a las corrientes renovadoras y a la constante actividad cultural de las regiones que buscan afanosamente las raíces de su identidad cultural.

Cuando el hombre tribal adquiere la facultad de articular los sonidos y logra el signo lingüístico, cuenta a sus hijos y los hijos a los hijos de sus hijos y así hasta formar una larga e interminable cadena de tradiciones. Desde ese punto de vista la cuentería y la literatura van por caminos diferentes, son dimensiones casi opuestas, pero que una supone la existencia de la otra, son actividades distintas, aunque en ocasiones confluyen como las aguas de dos mares en un mismo río.


La cuentería ha venido escalando peldaños tras peldaños gracias a las corrientes renovadoras y a la constante actividad cultural de las regiones que buscan afanosamente las raíces de su identidad cultural, el sentido de pertenencia y naturalmente la esencia de su autenticidad. La cuentería, veinte años atrás no entraba a las salas y tampoco era solemne, estaba relegada al plano de la plebe como designan al pueblo algunos estratos sociales altos, y a las plazas y a los parques. El cuentero tradicional según el público, narraba como el más consagrado actor sus historias. Viviendo cada momento, despertando sentimientos y emociones en el oyente. A los recintos del protocolo muchos de los que llegaban y llegan son personas disfrazadas de cultos, con un mamotreto de papeles llenos de literatura reciclada, pero con apellidos de alcurnia. La cuentería estaba proscrita y según el criterio de algunos intelectuales de pipa, boina y bastón era para los analfabetos, los campesinos, los hombres de la abarca tres puntá y la mochila, los del suero y la bangaña, gente de medio pelo como diría Mario Vargas Llosa. La cuentería a lo largo de los siglos siempre ha llevado el olor agreste y salvaje del campo, el aroma tibio de la leche de vaca, la astucia parsimoniosa de los caimanes tontos, en fin la sabiduría innata del hombre que ha trajinado por la senda y el ambiente bucólico y que no tiene reparos en su espontaneidad al dar el corazón en la mano.


En tiempos de la embriagante mitología, en las antiguas civilizaciones, Asiria, Mesopotámica, Caldea, Egipcia y Griega, la oralidad fue el más importante ingrediente de la tragedia y de la comedia, de la poesía y del derecho. Nada se escribía, era hablado, referido. Las cosas y los hechos se transmitían de cuentero a cuentero, de generación en generación, la única arma disponible era el virtuosismo de la memoria para no perder el rastro de la imaginación.

Nuestras leyendas indígenas, aymaráes y aztecas, incas y paraguayas, chibchas y náhuatl, tainas y caribes, no fueron arrasadas por la invasión española y lograron permanecer en el tiempo y adecuarse según las circunstancias a los momentos históricos que se estaban viviendo gracias a los prodigios de la memoria y a la fabulosa inmortalidad de los cuenteros.


Con la fuerza de sus argumentos desafiaron las fuerzas contradictorias y sobrevivieron. Ejemplo de ellos están palpables y latentes en nuestra historia: El Popol Vuh, o libro sagrado de los Mayas; Quivira o la ciudad del oro que tanto buscaron los conquistadores en el norte de América, Eldorado, reino imaginario que durante años buscaron los conquistadores Balboa, Bastidas y Federmann; Bochica, augusto y legendario héroe civilizador de los Chibchas; Viracocha, en el Perú; el conductor sapientísimo Quetzalcóatl de México; el Pay-Zumé, profeta milagroso y andariego de Brasil y Paraguay; los gemelos divinos Huahpu e Ixbalamque de los mayas-quichés, y tantas entidades extraordinarias que cumplieron una misión semejante en diversas regiones de América[11].


Aunque parezca una paradoja, el gran problema de la cuentería surge cundo el cuento oral lo llevamos al plano de la edición, de la literatura, pues pierde la magia y el embrujo de la palabra, el hechizo emocional de la transmisión directa, la satisfacción arrebatadora de escuchar a un prodigo cuentero, algunas veces, con el rostro como un sombrero viejo, todo arrugado, con una calilla en la boca y contando historias y más historias, fusionándolas con la magia y la fantasía propia del fabulador.


Nada más emocionante que escuchar esas voces, la música amena y agradable de las palabras, mirar los gestos y las muescas vivenciales, y sobre todo que el cuentero mantenga la atención a los escépticos que esperan pacientemente el más inverosímil de los desenlaces. Cabe anotar que desde los años sesenta, desde que la UNESCO hiciera un llamado a las naciones del mundo en el sentido de rescatar tradiciones y costumbres que dieran identidad, sentido de pertenencia y autenticidad a los pueblos, surge también una corriente reivindicatoria de las tradiciones y de la oralidad, muchas de ellas propias y otras muy ajenas a nuestros propios sentimientos y costumbres.


La oralidad y naturalmente la cuentería son dones dados a la humanidad en el alba de los tiempos y por lo tanto son ingrediente de su propia cultura y de su identidad. A lo largo de los siglos la cuentería ha tenido excelentes maestros, unos de academias y otros porque simplemente nacieron con el arte que con el tiempo les afloraría como una fontana inagotable para referir historias y leyendas que oyeron de sus abuelos o porque leyeron en alguna obra que les inspiró el relato o porque sintieron de pronto el despertar de esa necesidad, relatar hechos de un ignoto pasado.


Según los investigadores, el Pentateuco, cuya mayor influencia le viene del mito de Gilgamesh[12], es la confluencia de muchas tradiciones, de civilizaciones orientales y occidentales recogidas a lo largo de muchos siglos y atribuidas a Moisés. La tradición bíblica se mantuvo gracias a la oralidad de los cuenteros, pues hubo de transcurrir muchos siglos desde los tiempos de Moisés hasta cuando apareció la primera versión del Antiguo Testamento en la ciudad de Biblos.

La Biblia se convierte en una de las fontanas inagotables de cuentos. El arca de Noé, la fuerza de Sansón en los cabellos, los tres días de Jonás en el vientre de una ballena, la salida de Daniel en un carro de fuego, y tantas historias inmersas en sus páginas, vivifican el espíritu de los cuenteros.

El Caribe es una alfaguara inagotable de historias, leyendas, mitos y tradiciones que día a día burbujea y se renueva en la palabra del cuentero o en la pluma del escritor.

Aunque la primera edición se conoce como la versión de los 70, autorizada por los Apóstoles, fue San Jerónimo quien logró en el siglo III las versiones de los libros históricos, cuyo fundamento se encuentra en la tradición y en la oralidad.

El fundamento de las obras de escritores como García Márquez, Manuel Zapata Olivella, Héctor Rojas Herazo, José Luis Garcés González, Fanny Buitrago y tantos otros que enriquecen el acervo literario del Caribe Colombiano, se encuentra en la tradición, las leyendas y la fantasía que a lo largo de los siglos han ido forjando la identidad cultural de esta parte de la Nación. Muchas de esas historias allí consignadas son el plato fuerte de muchos cuenteros de nuestros días. En este sentido es bueno decirlo: nadie plagia a nadie, por cuanto el escritor es producto del medio en que se desenvuelve, con muy pocas y raras excepciones.


El Caribe es una alfaguara inagotable de historias, leyendas, mitos y tradiciones que día a día burbujea y se renueva en la palabra del cuentero o en la pluma del escritor. Influyen notablemente en la cuentería autores como Perrault, los Hermanos Grimm y muchos otros que recogen las sagas y las leyendas de épocas pasadas.


El “había una vez en un lejano reino una hada madrina...” fue la primera frase que nos introducía al laberinto de los sueños y que luego en la medida en que nos adentrábamos a esos dédalos y túneles oscuros nos topábamos con cientos de brujas sin escobas que formaban aquelarres silenciosos; veíamos al animero seguido de procesión de almas en penas vestidas de túnicas blancas que llevaban en la mano derecha un hueso de la canilla mientras oraban a Dios y le clamaban perdón por los pecados cometidos; también corría por el bosque encantado la Madremonte completamente desnuda y con su cabellera suelta al viento que huía de los furibundos y alebrestados mohanes y por ultimo después de tantas pesadillas y sueños efímeros, por último aparecía en la pantalla de las nebulosas el demonio llorando a pierna suelta porque ninguna de las personas que le había firmado el pauto le había cumplido con la entrega del alma, todo lo contrario, con tantos préstamos estaba al borde de la ruina.


Por la tradición nuestros cuenteros tienen acceso a las leyendas y a las sagas. Reafirma este concepto el maestro José Barros en su “Piragua”, cuando dice: “Me contaron los abuelos que hace tiempo...”. También por dicho conducto se conoce la leyenda de Francisco el Hombre, el fabuloso personaje que en las estepas de la Guajira en un duelo de piquería venció al Malino y cuyos antecedentes están vivos en el mito de Orfeo, el dios de la música, y en leyendas posteriores que recorrieron villas y poblaciones medievales y fueron recogidas por Iñigo Lope de Mendoza (1398- 1458), quien cuenta en sus serranillas el encuentro entre el trovador y el demonio camino a Calatraveño, donde queda tirado el diablo con todo y rabo ardiéndose en el fuego de su propia derrota, o en las crónicas e don Luis Vélez de Guevara (1579-1644), quien en su novela El diablo cojuelo, envía al infierno a su protagonista, el estudiante Cleofás, para que libere al demonio.


Lo trae a la tierra para competir por su fama. En duelos de versificación lo vence y lo humilla, le chamusca el rabo y le corta los cachos, le quita las alas de fuego y después lo mete en una botella y para reafirmar su triunfo lo exhibe como trofeo de guerra en las ferias de villanos.


La novela de Vélez de Guevara influyó tanto en la cuentería popular que la tradición creó otras leyendas en torno al mismo tema y otras novelas como El diablo de la botella de J. L. Stevenson, donde el demonio le prodiga todos los deseos al dueño de la botella, pero con la condición que deba venderla antes de morir por la mitad del precio pagado. En Colombia, el boyacense Enrique Medina Flórez revive dicho tema en la novela Los desvelos del búho, que cuenta la historia de Simón, quien le gana una mano al demonio en pleno centro de la plaza de Tunja, lo vence tocando marimba y al final como castigo lo mete desnudo en una damajuana que le regala a unas monjas para que en las mañanas se burlen de él.


La tradición del trovador que vence al demonio hace parte del folclor de la literatura oral en la Guajira, en cuya región sus habitantes se desvelan por narrar la leyenda de Francisco el Hombre y a cuyo