LA CHICA QUE VINO DEL MAR

* Al Zarpe de Barranquilla calculó que la niña llegaría a este mundo casi con él cuando llegara a su destino.

Navegaban esa madrugada de luna llena sobre un espejo de agua que rompían con la proa de la nave.


Se aproximaban a Nueva York. Era el último día de enero, en invierno, un domingo, tres de la mañana, la misma hora de Colombia. Caminaba de banda a banda en el puente del Cartagena de Indias, a pasos largos, pensaba intensamente en dos mujeres, una que tal vez aún no había nacido. Pero no podía distraerse, vigilaba el horizonte. Un tanquero enorme pretendía cruzarse por la proa.


En el siglo XIX, con la aparición de los buques de vapor y el aumento del tráfico marítimo, comenzó un grave problema para la navegación: el abordaje o choque entre navíos que se volvió frecuente al momento de coincidir o de cruzarse, especialmente en horas nocturnas.


Las colisiones venían por la libertad que reinaba en el mar, que traía la anarquía… y el peligro.


La marina británica se encargó de liderar las condiciones que regularan el ejercicio de esa libertad. Se decidió que debían establecerse y respetarse unas normas sobre señalización y tráfico, que constituyeron un documento inicial, el llamado “Derecho Común del Mar”, que incluía reglas de luces y de tráfico en navegación, salvamento y abordajes. Todos los Estados cooperaron para lograr un transporte marítimo seguro con la unificación de la totalidad de las regulaciones nacionales que se consensuaron en normas globales.


Hoy, cualquier buque que navegue en la oscuridad debe exhibir unas luces de navegación que por normas de color (básicamente blanco, verde, rojo), altura y posición, permiten deducir qué tipo de barco es, si va, viene o está cruzando. De acuerdo con esa observación, se aplican unas Reglas de Caminos que son procedimientos universales de control de tráfico que establecen derechos y deberes en el tránsito en la alta mar, donde no es posible para nadie supervisar su cumplimiento, pero los marinos por supuesto las acatan. Es una caballerosidad conveniente en el mar.

Todos los Estados cooperaron para lograr un transporte marítimo seguro con la unificación de las regulaciones nacionales que se consensuaron en normas globales.

El Eagle cumplió con el protocolo señalado, cambió de rumbo a tiempo y les dio el paso como debía. Al cabo de unos minutos el tanquero pasó por la popa del buque de la Flota a una distancia controlada.


No tenía noticias de su hija. Los sistemas de contacto con tierra desde y hacia los buques mercantes en altamar eran obsoletos, las comunicaciones marítimas tenían un carácter comercial reservado. El servicio telefónico presentaba demasiada interferencia.


Al Zarpe de Barranquilla calculó que la niña llegaría a este mundo casi con él cuando llegara a su destino. Debía enterarse por teléfono desde la oficina de la compañía en el muelle.


Se sentía afortunado, el destino le daba herramientas, otra vez, para enfrentar un compromiso con la vida. Era simple: entendía que esa chica significaba un impulso, una tarea de amor y de cariño y que su deber sería facilitarle el encuentro con la luz de su propio camino.


A las ocho ya estaban atracados en el muelle tres de Brooklyn, pero nadie podía salir, los golpeaba una poderosa tormenta de nieve.


Al mediodía comenzó a disiparse, un vehículo especializado despejó los doscientos metros hasta la oficina. El grupo de camaradas, abrigados como para una expedición al polo norte, lo acompañó a hacer la emocionante llamada.


La conexión fue rápida, le contaron que Lorena había llegado hacía una hora, que la mamá estaba bien, que la pequeñita andaba radiante, que llegó comiéndose el mundo con mucha hambre.


Daniel estaba feliz, invitó a tomarse unos tragos en el muelle. Fue una fiesta, a ninguno le importó la nieve…