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EL SUBYUGANTE CASTELLANO CARIBE

* La diversidad idiomática del Nuevo Mundo era tal, que algunos investigadores estiman que este continente, para la llegada de los invasores era el más fragmentado lingüísticamente, con alrededor de 123 familias de lengua.

El Castellano es el idioma oficial de Colombia.

Las lenguas y dialectos de los grupos étnicos

son también oficiales en su territorio. La enseñanza que

se imparta en las comunidades con tradiciones lingüísticas

propias será bilingüe”.

Artículo 10, Constitución Política de Colombia



Ni el oro agreste y virgen que encontraron[1] los invasores unas veces en figuras de animales de varios kilos de pesos o en brazaletes y ajorcas que las ingenuas nativas exhibían en sus cuerpos desnudos del color de los canarios, tampoco las pilas de perlas que tiradas a la intemperie a la orilla de las extensas playas marinas que servían de juguetes a los niños nativos y en las noches lanzaban haces multicolores a los navegantes perdidos y muchos menos las ollas y tinajas de la aborigen alfarería que repletas de riquezas y tesoros custodiaban las tumbas olvidadas, ni el suave aroma de las flores y árboles silvestres que era la cosa más dulce del mundo, nada de eso fue tan fascinante y causó admiración a los invasores ibéricos como la variada cantidad de “vocablos extraños e bárbaros”[2] como llamaban los españoles al léxico que utilizaban los nativos para comunicarse y designar el nombre de personas, animales y cosas.


Todo es tan fascinante que es la mayor maravilla del mundo”, escribió Colón en su Diario furtivo en 1492. La América prehispánica se presentaba como un conglomerado de pueblos y lenguas diferentes que se articuló políticamente como parte del Imperio español y bajo el alero de una lengua común[3].


La diversidad idiomática del Nuevo Mundo era tal, que algunos investigadores estiman que este continente, para la llegada de los invasores era el más fragmentado lingüísticamente, con alrededor de 123 familias de lenguas, muchas de las cuales poseían cientos de dialectos, tales como el aymará, caribe, charrúa, guaraní, mapuche, náhuatl, quechua y taíno. Hay que anotar que la lengua castellana llegó a esta parte del universo a través de los viajes sucesivos de Colón y luego con las oleadas de colonizadores que venían en busca de Eldorado o de nuevas oportunidades. En su intento por comunicarse con los indígenas recurrieron al más antiguo de los idiomas del hombre: los gestos y luego a indígenas cautivas que, primero sedujeron y luego prepararon como intérpretes. Así surgieron la Malinche, de Hernán Cortés, en el territorio de Nueva España; la Catalina o Yngermina, de Pedro Heredia en la Gobernación de Cartagena, la Pocahontas[4]del colonizador inglés John Smith en el territorio de Nueva Inglaterra, y muchas otras refundidas en las páginas de la tradición y de la leyenda americana.


Se escuchan y se oyen tantos vocablos extraños que esto tan solo es comparable con la invasión que sufrió España por los árabes e bárbaros”, narró el cronista Gonzalo Fernández de Oviedo en su Historia General y Natural de Indias.


Y fue así. Cronistas y escribanos, invasores y aventureros, frailes y conquistadores, piratas y corsarios y todos cuantos llegaron del Viejo Continente y se adentraron a los vastísimos y desconocidos territorios del Nuevo Mundo, en la medida en que escuchaban las voces musicales y sonoras de los naturales se volvieron locos y comenzaron a vivir en el paroxismo febril de tantos y tantos vocablos extraños una pasión desbordante y fragorosa por todo cuanto les rodeaba: los nombres de los caciques, la toponimia fascinante, los inefables fenómenos naturales, las fontanas y ríos llenos de agua fresca y dulce, la fantástica y extraordinaria mitología y todo cuando existía desde los confines de Nueva España hasta las estribaciones del Cabo de Hornos.


Los ibéricos a cada paso enloquecían pues había una diversidad lingüística rica y variada, virgen y exuberante que contrastaba con la casi decadente y arcaica Lengua Castellana que en esos momentos daba sus últimos estertores por su inminente y próxima desaparición.


Cuando el Castellano que traían los peninsulares, decrépito, rengo y caduco, una mezcolanza de todo un poco: íbero y árabe, lusitano y griego, italiano y latín, se baña en los jagüeyes taínos y caribes, incas y aztecas, olmecas y guaraníes, aymaráes y charrúas, chibchas y náhuatl, surge con vida, brillo y sabor en esta parte del mundo una lengua diferente, remozada, joven, alegre, un subyugante castellano caribe, que en nuestros días, en busca de una fonética propia, se extiende desde los estados sureños de la Unión de Estados Americanos, cruza los enigmáticos territorios mejicanos, pasa por Centroamérica, irradia en las Antillas y culmina en las altisonantes y poéticas pampas argentinas, con identidad, personalidad y autenticidad-, mientras que el fosilizado y decadente Castellano Peninsular se rezagaba para siempre y trataba de asirse angustiosamente para no sucumbir en el andamiaje de la recién editada Gramática de Elio Antonio de Nebrija[5].

Los ibéricos a cada paso enloquecían pues había una diversidad lingüística rica y variada, virgen y exuberante que contrastaba con la casi decadente y arcaica Lengua Castellana.

Esa diversidad regional del nuevo suelo que trajo en su dulzura el acento de la selva virgen, el canto alegre de los pájaros, la bravura e hidalguía del hombre americano, la fragancia exótica de las mujeres agrestes, la extasiante naturaleza con su flora y su fauna, develó con la naciente lengua un territorio extenso como el Atlántico sin tierras, cuyas leyendas fusionaron la fantasía desarrollada durante siglos en el Viejo Mundo: el paraíso terrenal, el diluvio universal, el infierno de Dante, la fuente de la eterna juventud, las siete ciudades encantadas, las once mil vírgenes, los gigantes de un solo ojo, los pigmeos y todo cuanto puede desarrollar el espíritu del hombre.


Aunque parezca irónico y paradójico, a pesar de la conquista y el sometimiento que hicieron los europeos de los aborígenes al esclavizarlos y exterminarlos, no sucedió lo mismo con respecto al idioma, pues fue tan implacable la conquista que hicieron del Castellano las lenguas aborígenes, que a lo largo del siglo XVI y XVII los intelectuales ibéricos, tanto en la Península como en el Nuevo Mundo, se peleaban por conocer palabras indígenas y expresarse en lenguas nativas, en los bailes señoriales de la época, en las hosterías y posadas o en las crónicas, poesías y obras teatrales que fueron las manifestaciones literarias propias del momento, mientras muchos estudiosos veían el peligro y acosaban a sus mandatarios para que prohibiera el uso de palabras aborígenes en la lengua castellana.


EL SIGNIFICATIVO PAPEL DE LAS CRÓNICAS DE INDIAS

Cabe anotar que el primer documento histórico donde se encuentra una palabra de esta parte del mundo es en la Carta que envía Colón a los Reyes Católicos, Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, fechada entre el 15 de febrero y el 14 de marzo de 1493, en la que anuncia el descubrimiento de las Indias Occidentales y en la que escribe tres veces la palabra Canoa[6], que según la etimología de fray Pedro Simón significa palo de agua. Al respecto dice el navegante genovés: “…Y vinieron luego a los navíos más de dieciséis almadías o canoas con algodón hilado y otras cosillas”[7].


De esta manera la voz Canoa que el Almirante confunde con las almadías de la India, esa barca que usan nuestros pescadores y campesinos que habitan a orillas de los ríos y de los mares del país, que ahora como hace cinco siglos la usaban los nativos de la isla de Guanhaní, fue el primer vocablo americano integrado al sistema de la nueva lengua que comenzaba a bullir y el primero que se difundió españolizado por el encopetado mundo europeo, si tenemos en cuenta la cantidad de ediciones que debieron hacerse de dicho documento en 1493.


En el Diario de Colón, que permaneció oculto en una plica hasta el 1825, redactado con la meticulosidad propia de los celosos capitanes de naos, el Almirante contó cuanto vio cada día desde que salió de Puerto de Palos de Moguer hasta la madrugada en que Martín Alonso Pinzón, agobiado por la incertidumbre y la desesperación gritó a todo pulmón ¡Tierra! ¡Tierra! Colón, cuenta el escribano Rodrigo de Escovedo[8], con el paso de los días logró captar vocablos tales como ají, cazabe, cacique, batea, caribe y bohío y compenetrarse con la exótica vegetación, la flora y la fauna, el aroma silvestre de las selvas vírgenes muy diferentes a las especies europeas.


Antonio Pigaffeta[9], uno de los 18 sobrevivientes de la expedición de Magallanes, en su obra “Relación del primer viaje alrededor del mundo”, escrita en italiano a manera de diario, con algunas palabras en español, incluye más de cien vocablos indígenas de los indios de la Tierra del Fuego, pero lo más extraordinario es la descripción que hace del mundo que lo rodea: “Todo en esta tierra es raro y sorprendente. En los nidos de los árboles habitan pájaros de cuatro cabezas, y sobre el espinazo de animales parecidos a los cerdos empollan los patos salvajes”.


Por el lado de Michel de Cúneo, italiano de nacimiento y cronista de Indias, que vino en el primer viaje de Colón escribió: “Lo más llamativo de los habitantes de esta parte del mundo es que asimilan con facilidad la lengua castellana y sus palabras invaden por doquier nuestro idioma, que ya muchos capitanes de navíos hablan más palabras de los salvajes que de nosotros”.


Adquieren valor incalculable los escritos de Pedro Mártir de Anglería, cronista y miembro del Consejo de Indias, autor de las Décadas del Nuevo Mundo, publicadas en 1516, donde aparecen términos lingüísticos tales como cacique, manatí, canoa, hamaca, caníbales, mamey, guanábana, guazabara, guataquí, guácimo guadua y guarumo[10].


En el Sumario de la Natural Historia de las Indias publicado en 1526, Gonzalo Fernández de Oviedo registra más de sesenta voces indígenas, recogidas en las islas de Haití o Española, Cuba y el Darién, que fue donde se desempeñó como funcionario del rey Carlos V, y que para esa época era el centro de la acción en el Nuevo Mundo. En el Sumario, a pesar de que lo escribió en España, poetiza la naturaleza, pinta las maravillas americanas, conversa con placer sobre animales, frutas, ríos y ritos indígenas. Oviedo representa un punto de vista mayoritario, se contradice y desprecia al indio. Le cabe el mérito de ser el primer español en describir el areyto o danza con recitado que vio y palpó en La Española en 1515, “que me recuerdan los romances españoles de los que tengo la mollera llena” escribe.


En México, el conquistador Hernán Cortés a pesar de su prepotencia, claudicó ante la influencia marcada por el Náhuatl y en sus 5 Cartas de Relación que dirige al rey Carlos V entre 1519 y 1526 le envía una hornada de palabras aborígenes que despertaron la admiración y asombro de los peninsulares. Fue el primer soldado que descubrió la grandeza de una civilización indígena. La lengua que hablan los nativos le parece una red demasiado ancha. Para Cortés “no hay lengua humana que sepa explicar la grandeza y particularidades de ella[11].


Bernal Díaz del Castillo (1491-1584), que fue uno de los soldados de Cortés, cuando conoció Las Cartas de Relación, escribió La Verdadera Historia de la Conquista de Nueva España, que es una de las crónicas más apasionantes que se hayan escrito en español. De las cuatro mil trescientas palabras que usa en su escrito, unas cien son nativas del idioma náhuatl.


En su libro Historia de Indias, Bartolomé de las Casas (1474-1566), cita algunas palabras aborígenes usadas por los Reyes Católicos y cuenta como en las horas del té y en las reuniones de la Corte, la aristocracia española se desvivía por mencionar y comentar términos indígenas, que para algunos cultos tradicionales causaban extrañeza y estupor. El castellano, que era la lengua de los invasores y que se presumía impondría su música, regla, estructura y fonación, claudicaba no solo en el Nuevo Mundo sino en la propia Península ante la fuerza sonora de las palabras caribes que invadían recintos reales para estar en boca de los reyes conservando su propia identidad.


En la Historia general de las cosas de Nueva España, fray Bernardino de Sahagún (1500-1590), misionero franciscano, defendió la existencia del arte de la palabra de los indios y transcribió sus epinicios a los dioses y sus discursos, los que comparaba con la retórica clásica. Su gran mérito radica en que se reeducó en náhuatl y escribió en ese idioma la mencionada obra en la que recogió además elementos de etnografía y folclor.


A esas voces escabrosas y salvajes del Castellano Caribe, tampoco William Shakespeare (1564-1616), maestro de la comedia y de la tragedia no pudo sobreponerse. La Tempestad, una de sus grandes obras tiene un alto contenido de voces caribeñas y sus relatos se basan en los acontecimientos de una isla de las Antillas.


En ese proceso de conformación y fortalecimiento del castellano caribe, merece especial mención la obra Naufragios de Albar Núñez Cabeza de Vaca (1490-1599). En esta última ruedan y circuyen por las páginas en todo su esplendor las voces mayas-quichés que el autor estima conveniente para contar cuanto aconteció en la famosa expedición de seiscientos españoles que se adentraron a los míticos territorios de Moctezuma y que sucumbieron ante las adversidades de la selva y de lo desconocido a finales de 1527. En su obra cuenta los sucesivos naufragios, las luchas con los indios, las penurias y al final los cuatro sobrevivientes: él, Dorantes, Castillo y el negro Estebanico. Nueve años de cautiverio lo convirtieron en otro indio. Su obra parece una novela de aventuras, con el encanto de un final feliz, funde de manera natural el castellano con el náhuatl, el náhuatl con el castellano, de manera que parecen uno solo.


Tal sucede con don Juan de Castellanos[12], quien vino siendo un adolescente y en América se hizo humanista y escritor, rastreó riquezas materiales y tesoros idiomáticos. En sus elegíacas Elegías de Varones Ilustres de Indias, incluye por primera vez voces nativas en la poesía castellana: bohío, macanas, jagüeyes, y cuenta que los indios ahogaron a un español para probar que éstos eran mortales. Se sentía un español de América y fue él quien descubrió que su lengua era desaliñada, pero confiaba en que las cosas de América son tan notables que “ellas mismas encubran el estilo”. Compara las indias con ninfas y náyades, tan “hermosas que Júpiter quisiera ser su esposo”, a los ibéricos los describe como “faunos lascivos y lozanos”.


Las siguientes estrofas de versos de arte mayor, muestra como el idioma castellano asimilaba rápidamente el lenguaje de los aborígenes, prestándole, si cabe el término la grafía y manteniendo el tono y la música sonora:


En la ciudad el agua que se bebe

es gruesa de sabor algo salado,

de jagüeyes que tienen estas gentes

que son manantiales no corrientes.

Mas donde regalos hay ventajas

y desean beber el vaso lleno

el agua tienen muchos en tinajas

donde gozan de sol y de sereno,

cerradas porque no les caigan pajas

o de los muchos animales obscenos

y de mañana sacan agua fría

la que pueden beber en aquel día.

Si son gentes de pensamientos

A bien es recibido; si son gratas,

Si vienen fatigados de hambrientos,

Darémosle de nuestros alimentos

Guamas, auyamas, yucas y batatas

Darémosle cazabe y maices

Con otros panes hechos de raíces

Darémosle huitias con ajíes

Darémosle pescado de los ríos

Darémosle de grueso manatíes

Las ollas y los platos no vacíos

También guartinajas y coríes.


Es meritoria la labor de las Crónicas de Indias pues pertenecen a una zona fronteriza entre la literatura y la historia y son los primeros testimonios escritos acerca de las comunidades aborígenes, los paisajes, las costumbres, las tradiciones, los mitos y las leyendas, al mismo tiempo son el relato escueto de la invasión, la conquista y la colonización del Nuevo Mundo y por ende el surgimiento de una nueva lengua, un idioma musical, accesible, pegajoso, con personalidad y presencia. El subyugante Castellano Caribe, con fonética propia y lo más importante con un acento muy diferente al castellano de Castilla.


En este sentido es importante recordar que en 1533, muchos meses antes de que hubiese sido fundada la ciudad de San Sebastián de Calamarí[13], en México, se hizo la representación del Fin del Mundo[14]con indios como actores en lengua Náhuatl. Con el propósito de propagar la fe cristiana los misioneros adaptaron las formas teatrales de la edad media al incipiente arte dramático de los indios.


En 1539, en Tlaxcala, se presentó al aire libre la Conquista de Jerusalén en idioma náhuatl. Domingo de Santo Tomás, para arramblar con los conceptos españoles de que los “indios eran como animales brutos y aún peores que asnos”, en 1550 en Lima publica en idioma inca la primera “Gramática o arte de la lengua general del Perú”. En 1555 se presentaron retazos del Cid, Amadís y de las Sergas de Esplandián en quechua en San Luis Potosí[15].


En 1591, Juan de Cárdenas publica en México, una parte en náhuatl y otra en castellano su obra Problemas y Secretos maravillosos de las Indias, en cuya obra aparece por primera vez el término CRIOLLO, como significado de los hijos de españoles nacidos en las Indias Occidentales. La Iglesia dio un profundo sentido teológico a esos espectáculos, a veces mudos, pura pantomima, y a veces preparados en lenguas nativas. La mezcla de los idiomas nativos con el español peninsular produjo sus resultados: un idioma muy diferente al idioma de los conquistadores.


En esta relación irregular y argumentativa de los Cronistas de Indias es necesario mencionar a Inca Garcilaso de la Vega, hijo bastardo de un capitán español y de una princesa inca. A la edad de veinte años se fue a España y nunca más volvería a su patria. Como frase de combate siempre dijo que “mi lengua materna es la del Inca,… la ajena es la castellana”.


En los cafés y tabernas, posadas y hosterías de las calles y plazas de Sevilla y Madrid, Alcalá de Henares y Palos de Moguer, Cádiz y Barcelona, para solo mencionar unas pocas regiones y ciudades, los agiotistas y mercaderes de la época subastaban públicamente cada semana los escritos y cartas que desde las tierras invadidas enviaban bien guardadas en plicas y arcones los pocos ibéricos que sabían leer y escribir y en las que mencionaban los términos sonoros y desconocidos que arrancaban a los aborígenes a medida que los sometían y que despertaban la codicia y la admiración de los fabuladores de aquella parte del mundo.


De cierta manera la manifestación del Castellano Caribe que abarca los vastísimos territorios americanos, con el correr de los días, las semanas, los meses, los años y los siglos y a medida que se formaron pilas de tiempo, forjó una nueva lengua remozada, alegre, fresca y vivificante, con matices muy diferentes al idioma de los conquistadores. He ahí el gran triunfo de nuestros aborígenes y de sus lenguas particulares: someter el Castellano de Castilla y dar nacimiento al Castellano Americano, el Castellano Caribe.


FORMACIÓN DEL CASTELLANO CARIBE

Frente a la situación de los vocablos indígenas, en 1542, el emperador Carlos y Don Felipe II, expiden la ordenanza 24 de Poblaciones, que permite traer hasta cuatro indígenas para lenguas o intérpretes.


En 1550, por ley XVIII de julio de 1550firmada por D. Carlos y los reyes de Bohemia, Gobernador de Valladolid de 1550, donde se autoriza se pongan escuelas de la lengua castellana para que la aprendan los indios.


La lengua que hablamos hoy día, muy diferente al Castellano de las “zetas” y las “ce”, las “b” y las “uvé”, los “vos” y los “vosotros”, la “ll” y la “y” , la “g”, las “j” y las “x”, se inició con términos castizos, palabras de los aborígenes, con indigenismos, los cuales a partir de la sangrienta invasión de la cruz y de la espada entraron a formar parte, no del sistema de la lengua romance ibérica, sino de una nueva lengua, un castellano chibcha, azteca, inca, guaraní, taino, náhuatl, una lengua propia del hombre americano con todos los ingredientes de la tierra que signaban las cosas auténticas de esta parte del mundo y que la lengua castellana ibérica no tenía en su exiguo caudal el léxico o voces suficientes para señalarlas.


El subyugante Castellano Caribe que inicia su génesis a la par de las conquistas de los invasores tuvo eco posterior entre los escribanos y cronistas, que en España, los Reyes Católicos, Isabel de Castilla y Fernando de Aragón y los miembros de la nobleza y de las Cortes no pudieron sobreponerse a su magia y a su embrujo y sucumbieron a su musicalidad y vigor e hicieron imprimir un léxico real con términos propios del Nuevo Mundo, ignoto, atrayente y salvaje.


En este sentido es erróneo pregonar como lo hacen muchos lingüistas e investigadores de nuestro tiempo, a pesar de la masacre que se hiciera con muchas lenguas nacionales y dialectos particulares aborígenes, que el Castellano de España, lengua de los conquistadores, sometió a las lenguas aborígenes, pues nunca fue así. Todo lo contrario, esa mezcla permanente entre la lengua española y la diversidad de lenguas americanas, produjo una nueva lengua, un nuevo idioma con sus fonemas y sus reglas.


Es tan abismal la diferencia que tenemos con el idioma de Castilla que en lo más elemental, como es la ortografía, no tenemos unidad. Debido a que la ortografía de la Real Academia Española no fue hecha para los americanos, el eminente filólogo Félix Restrepo en 1961 publicó “La Ortografía en América”, en que pone el dedo en la llaga y establece las notables diferencias que los iberoamericanos tenemos con respecto al idioma cervantino. Un siglo antes, don Andrés Bello, que había columbrado el gran problema de la lengua en América y el surgimiento del incipiente romanticismo, publica la Gramática de la lengua castellana destinada al uso de americanismos, pero aunque defiende los derechos de los americanos a participar en la incesante vida del idioma, no predica una independencia idiomática, todo lo contrario, busca la unidad de la lengua entre España y las naciones hispanas.


Es bueno recordar que el Castellano de Castilla, tal como lo conocemos hoy es fruto de un proceso de decantación de más de un milenio, desde que en el 964, aparecieron en el Monasterio de Suso, muy cerca de la aldea de San Millán de la Cogolla en la Rioja, los primeros escritos, unas veinticinco mil palabras y más de cien mil acepciones, recogidas en una especie de diccionario por un fraile anónimo, que entre otras cosas tuvo el cuidado de poner glosas y explicar con sumo detalle en perfecto romance, que era la lengua hablada por el vulgo. A lo largo de estos casi mil y pico de años, las diversas lenguas de los habitantes de la región Ibérica se fueron modificando por influencia de los invasores, romanos, godos y árabes. Hacía finales del siglo XV, con la unión de los reinos de Castilla y Aragón, que extendieron sus dominios en la mayor parte de la península, la lengua de Castilla, se impuso sobre otros idiomas y dialectos, cruzó el Atlántico en las urcas, naos y carabelas de los conquistadores y misioneros, llegó al Nuevo Mundo para servir de vehículo a la fresca fonética y a los hechizos y demonios hasta forjar un nuevo estilo, una estructura diferente, una lengua autóctona, propia y con personalidad.


Cabe decir que el casi caduco castellano ibérico, que llegó al Nuevo Mundo en 1492, traía un largo recorrido, pues sus orígenes parten muchos siglos antes de nuestra era. Los primeros habitantes de lo que hoy es la Península Ibérica, España y Portugal, se establecieron en las faldas de los Pirineos y hablaban el vasco, lengua que aún sobrevive en España[16].


Con la publicación de la primera Gramática Castellana de Elio Antonio de Nebrija en 1493, pocos meses después del descubrimiento de América y de la toma de Granada por los Reyes Católicos, se establece la fecha inicial de la segunda gran etapa de conformación y consolidación del idioma, que a lo largo de casi seis siglos había venido dando tumbos que amenazaban su propia existencia.


Mientras todo eso sucedía en la Península, en los territorios del Nuevo Mundo emergía el Castellano Caribe, que se nutría con los ricos elementos indígenas primero y africanos después, que originaron una lengua totalmente diferente, con sus reglas, normas y fonética. El fenómeno americanista ha llevado a grandes filólogos a realizar excelentes trabajos, como en el caso de José Gutenberg Bohórquez en su libro Concepto de Americanismo en Español, o los ensayos realizados por Marius Sala, Dan Munteanu, Valeria Neagu Tutora y Sandra-Olteanu[17] y otros sobre el Español en América, también de la misma época.


FORMACIÓN DEL CASTELLANO CARIBE

Pero realmente nuestro subyugante Castellano Caribe, con todos sus dialectos que existen en Colombia y en esta América avasalladora y prodigiosa, que en nada se parece al idioma que se habla en España, aunque parezca una paradoja tuvo su partida de nacimiento desde el mismo momento en que Nebrija publica la Gramática de la Lengua Castellana y el Vocabulario del romance en latín, pocos meses después de iniciada la ocupación española y donde registra la palabra Canoa.


Posteriormente al fenómeno americanista surgen nuevos cronistas y lexicógrafos que pelean por utilizar términos extraídos de las entrañas de la hontana americana, como en el caso de Cristóbal de las Casas, quien escribió el Vocabulario de las dos lenguas: toscana y castellana, editado en Barcelona en 1611 y tuvo el gran acierto de incluir más de cien términos aborígenes con sus definiciones, entre ellas también el término C-a-n-o-a.


El fenómeno de la indianización del Castellano ibérico no tuvo fronteras y en Europa, muchas lenguas se vieron estremecidas en la medida en llegaban hornadas de vocablos y más vocablos de esa fuente prodigiosa, de ese manantial sonoro que eran las Indias Occidentales del Mar Océano, como llamó Colón a esta parte del Mundo.


De los gloriosos imperios y naciones aborígenes fluían términos con la impronta de los nahuátl, karib, incas, aymarás, todas las lenguas aportaban términos tales como bacatá, colocolo, guajira, guaira, caribes, cariocas, borinquen, mamey, maracay, minamá, Cochabamba, gualanday, guataquí, guaymaro, natagaima, Paraguay, pijaos, Quito, Riobamba, tacaloa, tamalaguataca, yuma, que de una u otra manera enloquecían a los peninsulares. Y debía ser así, la lengua es propiedad de quien la habla, no de una región geográfica. Así como surgió un hombre americano, diferente al español, al indio y al negro, también debía aparecer un castellano americano, una lengua nueva, con música, melodías, fonemas y acentos muy diferentes a los idiomas mezclados.


Fue tanta la avalancha y conquista que hicieron las lenguas, que los pergaminos de los escritores del Siglo de Oro de las letras españolas se vieron invadidos del léxico americano lo que permitiría el rejuvenecimiento del alicaído idioma Castellano Ibérico.


Esa fragorosa invasión de términos extraños e bárbaros, como los llamó Gonzalo Fernández de Oviedo, forjaron una verdadera masacre en el Castellano de Castilla. No hubo escritor, poeta, novelista o dramaturgo que no incluyera en sus obras palabras que aún llevaban el estigma salvaje y la melodía virgen de esta parte del universo. Escritores de la talla de don Félix Lope de Vega y Carpio[18], Tirso de Molina[19], don Luis de Góngora y Argote, don