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EL DOLOR DE LA MEMORIA

* El dolor de la memoria no solo está en lo que recordamos. Está en despertar un día y no recordar nada, como es el caso de mi madre.

La mayoría de las personas nos quejamos a menudo por eventos que hemos tenido que enfrentar durante el paso por este mundo. Por ejemplo, en mi caso, solía quejarme de algunos episodios que, de cierta manera, me han marcado con dolor, como una emboscada que sufrí cuando prestaba el servicio militar obligatorio, o cuando un poco después de haber pasado esa etapa -creyendo que estaba superada- me llegó otra prueba que me marcó y me sigue marcando. Ruptura de ambos pies.


La memoria duele y eso es totalmente válido y tolerable también, como el atentado que sufrí cuando era escolta. Son muchos los episodios de mi vida de los cuales me he querido deshacer, pues el dolor que me han generado está presente de manera fotográfica en mi mente. Son tantos hechos de los cuales me quejo conmigo mismo… Me pregunto ¿cómo sanar el dolor de la memoria? o ¿la memoria en verdad duele?


Pues ahora que les he expuesto algunos ejemplos de lo que puede ser lo que denomino “el dolor de la memoria”, diré que debo estar agradecido con la vida por las múltiples oportunidades que me ha dado. Como haber realizado una carrera profesional. Entre muchas está el poder relatar mis vivencias en algunas líneas. Pero, en verdad, lo que quiero compartir es el punto opuesto, el sentido de perder la memoria, de olvidar, enfrenta el dolor de no tener recuerdos, de vivir solos, de no sentir emociones o, de sentirlas, son muy escasas. Debo confesar que ya no quiero borrar nada de mi pasado, que debo acoplarlo a mi presente y aunque las imágenes que llegan como secuencias son dolorosas, sé que debo vivir con ellas, no porque me haya hecho inmune al dolor. Si valoramos esos momentos, esas pequeñas fisuras, podremos aprovechar para valorar aún más el sentido de recordarlas.

Ahora, el dolor de la memoria no es de ella, es de nosotros, sus hijos, cuando no se acuerda quiénes somos.

Cuando inició la pandemia de Covid-19, mi madre vivía en una vereda del municipio de San José de Miranda (en Santander). Todos quedamos aislados y mi madre aún parecía muy lúcida. En marzo de 2020, cuando se dio el cierre de todo el país, fuimos separados y solamente podíamos comunicarnos por teléfono. Pero llegó el momento en que la realidad empezó a cambiar. A mi madre le dejaron de interesar las conversaciones, me dejaba hablando solo, aún sin que tuviera algún interlocutor cerca de ella. Nada parecía interesarle, todo para ella era estar en su rancho, sola, a la voluntad de lo que le enviáramos. Sin embargo, no entendí lo que pasaba, no sabía que mi madre estaba teniendo episodios de pérdida de memoria.


Tan pronto como me fue posible, viajé y la traje a Bogotá, a vivir con nosotros. No fue fácil, no para ella, con engaños llegó a la ciudad. Después empezaron los síntomas que cada día eran más notorios, pero nosotros los asociábamos al alto consumo de nicotina y a la edad. Pero nada de eso, como una película que se repite sin descanso, mi madre empezó a contarme y repetirme la misma historia todos los días.


La llevamos al médico y le ordenaron un TAC. El día del examen la hospitalizaron y dos días después la dieron de alta… Mi madre estaba teniendo episodios de demencia senil, algo muy difícil de asimilar. Es el dolor de saber que ya mi madre no es ni será la misma. Saber que en un momento me reconoce y al rato ya no sabe quién soy. Lloré mucho y aún lo hago. No es fácil imaginar que mi madre no recuerda nada de su vida, ni los momentos de felicidad, los más hermosos, aunque hayan sido escasos. Tampoco recuerda aquellos que le causaron dolor.


Ahora, el dolor de la memoria no es de ella, es de nosotros, sus hijos, cuando no se acuerda quiénes somos. Esta etapa, otra de mi vida que no deseo para nadie, desearía recordarla por siempre ya que así sean los momentos más dolorosos vale la pena tenerlos ahí, que nos hagan sentir vivos, que podamos contar a nuestros nietos y si es posible a bisnietos, aquellas historias que solamente nosotros conocemos.


El dolor de la memoria no solo está en lo que recordamos. Está en despertar un día y no recordar nada, como es el caso de mi madre. Con incertidumbre me acerco a ella y le hablo para saber si recuerda quién soy. A veces me dice sonriente: William. Otras, en cambio, me dice a usted lo parí yo y en ocasiones debo recordarle que tiene unos hijos que la aman. Mi Carmen, me duele mucho tu memoria, me duele que la hayas perdido y me duele no poder ayudarte a recordar… Así no te acuerdes de mí, madre, yo prometo no olvidarme de lo que tú eres mamá y te amo. Ahora entiendo la canción de Johan Sebastián ‘Celia’.


“Allí donde la toques, la memoria duele”: Yorgos Seferis.

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