DE INFLUENCERS Y OTRAS VANIDADES

* Es hora de rebelarnos contra los engaños publicitarios y mediáticos.

En los últimos tiempos ha surgido en las redes sociales un grupo humano, conformado principalmente por jóvenes. Se les llama influencers. Estas personas, en la gran mayoría de los casos, se dedican enviar mensajes muy poco constructivos, que denotan pereza mental asi como un nivel muy bajo de ingenio, muy poca profundidad y escasa seriedad en sus comentarios.


Por supuesto que hay excepciones. Como en cualquier grupo humano algunos a través de sus palabras e imágenes bien explicativas, plantean la urgencia de construir un mundo mejor para todos y evitar autodestruirnos. En verdad creo que ese apelativo sólo debe dárseles a individuos que aportan a la sociedad ideas profundas, transformadoras y que busquen cambios sustanciales. Sin embargo, la tendencia mundial es llamar así a muchos que lo único que tienen para mostrar es bobería y, en muchas ocasiones, un afán sin límites que revela conductas patológicas que tienen que ver con un egocentrismo desmedido, una vanidad llevada al extremo, el deseo de ganar plata sin mayor esfuerzo y adquirir una popularidad momentánea.


La palabra influencer nos lleva a la consideración de que son individuos cuyas actitudes podrían motivar a otros a modificar comportamientos y formas de pensar. A lo largo de la historia han existido personas que cuestionan la sociedad donde viven y plantean formas de afrontar la realidad de manera creativa y novedosa. Ellos realmente hicieron aportes importantes, casi siempre polémicos, que llevaron a reflexionar a sus contemporáneos. Sin embargo, hay que decir que crear controversia, buscar respuestas no quiere decir ni ser vulgar ni chocante. Basta con mirar las conductas intelectuales de esas personas gente fueron muy críticos con sus contemporáneos. Detengámonos un momento en Oscar Wilde. El escritor irlandés fue uno de los intelectuales de su época más incisivos para analizar y cuestionar las costumbres victorianas, que se caracterizaban por lo acartonadas e hipócritas que eran. Sus aforismos, con una gran dosis de ironía y mucho de la elegancia propia del dandy que era, siguen llamando a reflexiones sobre lo que es verdaderamente importante en la existencia humana. Evidentemente acá no tratamos de negar que había algo de vanidad en su comportamiento, pero tenía mucho más de inteligencia racional y existía un propósito claro en su comportamiento: Buscaba que hubiera coherencia entre lo que se pensaba y lo que se hacía. Por eso, aunque han pasado 120 años desde su fallecimiento miles de personas en el mundo entero siguen comentando, con entusiasmo, sus palabras.


Con el nacimiento del cine el mundo empieza a observar mensajes que buscan llevar a reflexiones sobre las múltiples condiciones adversas de la vida. Se plantea que hay situaciones aberrantes en la sociedad occidental como es el contraste oprobioso entre clases sociales: Unos que tenían mucho bienestar económico y otros carecían de lo mínimo para vivir con decoro. La manera como los obreros desarrollan su trabajo, sin mínimas garantías laborales, se pone en tela de juicio, mientras se plantea la imperiosa necesidad de reformas significativas a leyes vigentes. Para poner el dedo en la llaga se considera que el humor el método que eficazmente puede trasmitir el mensaje. Nadie mejor que Charles Chaplin para hacerlo. Un lenguaje que no necesita de las palabras para comunicarnos todas las vicisitudes que produce un capitalismo sin el control de las autoridades estatales. Sus cuestionamientos todavía resultan válidos en muchos países y hoy se siguen esperando cambios. Un mensaje que no muere en las mentes de los individuos comprometidos con sus sociedades.


Es claro que influir sobre una sociedad va mucho más allá de los propósitos inmediatos que muchas veces inundan las redes sociales. De antemano sé que algunos pensaran que soy anticuada al reflexionar sobre el peligro que asecha a los que siguen, casi de manera compulsiva, a estas personas. Es un hecho probado que frecuentemente incitan a sus fanáticos a conductas autodestructivas que los pueden llevar a la anorexia, el autocastigo, a la crueldad contra los animales o a extremos como el suicidio. Otros, como Epa Colombia, cree que el ser desafiante consiste en realizar acciones nocivas como destruir los bienes públicos sin motivo, guiada únicamente por la vanidad de recibir miles de “me gusta”, pero sin ninguna sustentación de un discurso político o una actitud filosófica cercana a los planteamientos del anarquismo de finales del siglo XIX y de principios del siglo XX. En los unos y los otros no hay nada que se acerque a un pensamiento crítico y analítico que sea verdaderamente una propuesta de cambio estructural y profundo para una sociedad tan inequitativa, llena de odios e intolerante como la que observamos en estos casi 21 años del siglo XXI.


No soy una jovencita y ya me acerco a lo que llama adulto mayor. En realidad, han pasado casi 40 años desde mis días universitarios. Pero para la historia de la humanidad es sólo un instante. Igual que ahora, teníamos gente a la que admirábamos, seguíamos sus noticias en los medios de comunicación. Algunos eran músicos afamados como los Beatles, por ejemplo. Otros eran deportistas como Pelé, se seguía a escritores como todos los que confirmaban el ‘boom’ hispanoamericano, pintores, científicos, en fin, personas de éxito que transmitían valores como la perseverancia y el trabajo responsable. Eran reconocidos por luchar contra las adversidades con disciplina, esfuerzo personal, indudable carisma y ética de trabajo. Sus valores eran sólidos y la admiración hacia ellos crecía cuando eran empáticos con sus semejantes. Su influencia, entonces no es efímera, sino que se hace permanente.


Es hora de que se reflexione sobre algo fundamental: una sociedad se abre camino hacia el crecimiento intelectual, la ciencia, la defensa de los Derechos Humanos, cuando individuos que los demás consideran que deben ser sus guías intelectuales y de comportamiento cotidiano son personas que se preocupan por problemas esenciales. Si no es así, estamos frente a ejemplos volátiles, que resultan efímeros y que sólo se recuerdan como gentes manipuladas por su propia vanidad. Es hora de rebelarnos contra los engaños publicitarios y mediáticos.


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