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DÍA INTERNACIONAL POR LOS DERECHOS DE LA MUJER

* Es necesario que se mire un poco el pasado ignoto, tanto en la realidad como en la fábula.

A Dona, mi mamá,

una heroica y valiente mujer que

combatió durante más de ocho décadas

las injusticias de la vida.


El Día Internacional por los Derechos de la Mujer[1] se celebra desde hace más de ocho décadas. Mujeres y hombres que trabajan por las causas de las mujeres, conmemoran en todo el mundo los esfuerzos que éstas han realizado por alcanzar la igualdad, la justicia, la paz y el desarrollo. Más allá de fronteras nacionales, diferencias étnicas, lingüísticas, culturales, políticas y económicas, las mujeres de los cinco continentes organizan diversos eventos para festejar este día y refrendar la conciencia de que no sólo la mitad de las obligaciones, sino también de los derechos, les corresponden.


Pero fue necesario que pasaran muchos años para que la paquidérmica Organización de las Naciones Unidas (ONU) el 16 de diciembre de 1975 institucionalizara en el universo el DIA INTERNACIONAL POR LOS DERECHOS DE LA MUJER, como un reconocimiento a su laborioso y decisivo papel en la sociedad y a la heroica y valiente lucha de las mujeres del mundo a lo largo de muchas centurias y en especial al papel combativo y a las gestas lideradas por Clara Zelkin y Kate Dunker,[2] en los movimientos feministas de Copenhague en 1910, cuyos frutos serían recompensados con las protestas de San Petersburgo y Moscú en 1917, cuando miles de mujeres, de los hogares y de las fábricas, valientes, heroicas y luchadoras obligaron a abdicar al omnímodo Zar y a que el Gobierno Revolucionario Provisional de los Bolchevique les reconociera el derecho al voto, el 23 de febrero del calendario juliano usado en Rusia, correspondiente al 8 de marzo del Calendario gregoriano aceptado en el resto de las naciones del mundo.


Y esas luchas han sido constantes desde el mismo momento en que Yahvé Dios creó al hombre y sacó a la mujer de una de sus costillas en el Edén, según lo narra la Biblia. Desde el mismo momento en que, Zeus, el prepotente padre de los dioses del Olimpo, puso a Epimeteo y a Pandora en la faz de la tierra para que la poblaran con su progenie.


Desde el mismo momento en que Eva[3] y Pandora las primeras mujeres de la creación, según la tradición judía y según la mitología griega, inducen y persuaden, la primera a Adán para que desobedezca el mandato divino y arranque del árbol del bien y del mal y coma su delicioso fruto y la segunda a Epimeteo, para no oiga el mandato de Zeus y abra la Caja llena de sorpresas, males y placeres que le trajo Hermes, el mensajero de los dioses, como regalo de bodas.


Desde esos lejanos y remotos días sumergidos en los recovecos de los tiempos el mundo se ha movido por una ley universal de atracción de lucha de contrarios y encuentra su punto esencial en el hombre y en la mujer, la mujer y el hombre, como principales actores, cuyos enfrentamientos continuos hacen suponer que en este paraíso terrenal, en el Cielo o en Olimpo, a pesar de todas las contradicciones y las discriminaciones existentes, los dos, el hombre y la mujer, la mujer y el hombre, no son sino uno solo y el uno no se mueve sin el concurso del otro.


Para comprender en toda su magnitud el enorme cambio que en los últimos tiempos ha experimentado la condición femenina, es necesario que se mire un poco el pasado ignoto, tanto en la realidad como en la fábula.

PAPEL DE LA MUJER A TRAVÉS DE LA HISTORIA

La mujer ha ocupado como regla general una posición subordinada con respecto al hombre en las sociedades que antecedieron a la actual. Esta posición secundaria se ha visto ligada a una determinada estructura marcada muchas veces por principios económicos, tradicionales, culturales, filosóficos, étnicos y religiosos, que diferencian cada uno de los roles en los géneros masculinos y femeninos.


Para los antiguos griegos, la mujer como única representante del Bello Sexo es semejante a las flores de un jardín que todo lo engalanan y aromatizan con sus efluvios divinos y su lugar estaba en el hogar organizando las cosas de su esposo y sumisa a él, preparándole exquisitos manjares, arreglando los asuntos de la casa y en las noches debía estar en el tálamo nupcial esperando con ansias despertar los fuegos artificiales del himeneo con los versos melodiosos de su amante.


En este sentido hay que decir que los derechos de la mujer no aumentaron con respecto a las civilizaciones egipcia y mesopotámica. Las leyes reconocían el divorcio y el repudio de la esposa sin necesidad de alegar ningún motivo. Solo en casos de malos tratos, la mujer podía conseguir que se disolviera el matrimonio.


Por lo demás, pasaba su vida confinada en el hogar y tenía a su cargo el cuidado de los hijos y de los esclavos sin que se le permitiera participar en los negocios públicos. En su niñez vivía al lado de su madre y se casaba a los quince años, sin saber con quién y a donde iba a vivir.


En esta época hay que recurrir a la mitología para comprender mejor la situación de la mujer. Penélope, símbolo del amor marital, tejiendo y destejiendo una manta para no caer en las fauces de los Pretendientes, debió esperar veinte años al vagabundo de Odiseo (Ulises), cuyas aventuras narradas por Homero en el mar Egeo, no son sino el reflejo de la sociedad de aquellos tiempos heroicos.


Otro tanto habría que decir de Safo[4], convertida en el símbolo de la rebeldía femenina contra el machismo pernicioso del hombre, fue estigmatizada hasta el punto de dar origen al safismo o lesbianismo, como designa a la mujer homosexual.


En tiempos del Imperio Romano la familia patriarcal. El pater familia, o sea el marido constituía la cabeza visible de la misma y ejercía autoridad completa sobre los demás miembros de la casa. La mujer romana mejoró su posición con respecto a la griega, aunque estuvo bajo la tutela del varón como 'hija agnada'.


Entre los musulmanes, seguidores de las doctrinas de Mahoma, la familia es esencialmente patriarcal. El padre de la familia ejerce poder sobre su esposa, hijos y criados. La poligamia, aún en nuestros días es corriente entre los ricos, los pobres son monógamos por necesidad. Para ellos el mejor arquetipo de amante es el rey Salomón, que según lo narra la Biblia, tuvo trescientas esposas, seiscientas concubinas sin incluir, la larga lista de favoritas, que él mismo da en sus autobiografías como la bella y espléndida Balkis, reina del mítico mundo de Saba.


En la sociedad feudal la mujer tenía a su cargo todas las funciones domésticas, amasaba el pan, preparaba la comida, cuidaba de los animales domésticos y al mismo tiempo ordeñaba la cabra y la vaca que proporcionaban la leche. Estaba especializada en la elaboración de productos alimenticios, al llegar a la edad de merecer era entregada a un señor feudal o aun caballero, si pertenecía a la nobleza, sin que ella pudiera escoger su marido. Además, en el caso de la servidumbre, el pretendiente exigía una dote para cargar con ella y el señor del feudo al cual pertenecía reclamaba el derecho de pernada, que consistía en que la primera noche de bodas era él quien estaba con la desposada, tradición oriental, en que la mujer a pesar de estar con el amo seguía siendo virgen.


Tratadistas como Erasmo de Rótterdam, que propugnó un humanismo cristiano en el siglo XVI, no pusieron romper con la misoginia heredada desde los tiempos medioevales. La mujer en todo caso tenía tres funciones básicas:

  • Ser buena madre y esposa.

  • Ordenar el trabajo doméstico, y

  • Perpetuar la especie humana.

Fray Luis de León5 en su obra La Perfecta Casada, que es una exposición del último capítulo del Eclesiástico y donde recoge también las doctrinas del Concilio de Trento y traza el perfil ideal de la mujer: modesta, recatada, obediente, sacrificada, defensora del propio honor y de la familia y educadora de sus hijos.


ORÍGENES DEL FEMINISMO HISTÓRICO

La desigualdad jurídica del conjunto de la sociedad fue una constante en los antiguos regímenes. Nobles y clérigos se repartían los privilegios, pues manejaban a su antojo y arbitrariamente leyes, cargos públicos, derechos políticos y libertades de expresión, economía y bienes, vedados a la gran mayoría de la población.


En el caso de las mujeres, la mitad de la población, siguió sometida a las labores de la casa, de la procreación y del cuidado de sus hijos y la subordinación total y plena al hombre, padre o esposo.


La Revolución Francesa (1789) y las demás revoluciones liberales-burguesas plantearon como objetivo central la consecución de la igualdad jurídica y de las libertades de los derechos políticos.


Pronto surgió la gran contradicción que marcó la lucha del primer feminismo: las libertades, los derechos y la igualdad jurídica que habían sido las grandes conquistas de las revoluciones liberales no afectaron a la mujer. Los Derechos del Hombre y del Ciudadano que fue la gran conquista de la Revolución Francesa y que influyó en las postreras independencias de los pueblos americanos, se refería exclusivamente al hombre. No al conjunto de los seres humanos.

Las mujeres de esos tiempos, jamás aceptaron la explicación cursi de que el término “hombre” era genérico y globalizaba a todos los descendientes de Adán y Eva.


A partir de aquel momento se inició el movimiento feminista que luchó por la igualdad de la mujer y de su liberación. Durante ese período, el principal objetivo del movimiento de las mujeres fue la consecución del derecho del voto. Nació así el movimiento sufragista.


El Feminismo ha sido, como movimiento social, una de las manifestaciones históricas más significativas de la lucha emprendida por las mujeres para conseguir sus derechos. Aunque la movilización a favor del voto, es decir, el sufragismo, haya sido uno de sus ejes más importantes, no puede equipararse al movimiento feminista en si. Este último tiene una base reivindicativa muy amplia que, a veces contempla el voto y en otras demandas sociales[6].


LA REVOLUCIÓN FRANCESA Y LOS DERECHOS DE LA MUJER

Aunque antes de la revolución hubo mujeres que desde una posición individual plantearon reivindicaciones en pro de la igualdad femenina, como en el caso de la española Josefa Amar que publicó los libros “Discurso sobre la educación física y moral de las mujeres” (1769) y la “Importancia en la instrucción que conviene a las mujeres” (1784), hubo que esperar a la Revolución Francesa para que la voz de las mujeres empezara a expresarse de manera colectiva.

Es importante señalar entre los ilustrados franceses que elaboraron el programa ideológico de la revolución es Condorcet7, en su obra “Bosquejo de una tabla histórica de los progresos del Espíritu humano” (1795), quien reclamó el reconocimiento del importantísimo papel de la mujer en la sociedad.


En sus escritos, publicados desde la clandestinidad comparó la condición social de las mujeres de su época con los esclavos y planteó la gran contradicción al decir que una revolución que basaba su justificación en la idea universal de la igualdad natural y política de los seres humanos: libertad, igualdad y fraternidad, y negaba el acceso de las mujeres no podía llamarse revolución.


“El hábito puede llegar a familiarizar a los hombres con la violación de los derechos naturales, hasta el extremo de que no se encontrará a nadie de entre los que han perdido que piense siquiera en reclamarlo, ni crea haber sido objeto de una injusticia. Por ejemplo, ¿no han violado todos ellos el principio de la igualdad de derechos al privar, con tanta irreflexión a la mitad del género humano del de concurrir a la formación de las leyes, es decir, excluyendo a las mujeres del derecho de ciudadanía? ¿ Puede existir una prueba más evidente del poder que crea el hábito, incluso cerca de los hombres eruditos, que el de invocar el principio de la igualdad de los derechos y de olvidarlo, con respecto a doce millones de mujeres”8.

Es importante anotar el papel que jugaron Olimpia Gouges9 y Mary Wollstonecraft10, grandes animadoras y protagonistas de la contestación femenina. Olimpia Gouges, publicó en 1791 la Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana, donde hacía un calco de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano (1789), pero además denunciaba que la Revolución hubiese olvidado a las mujeres en su proyecto igualitario y liberador.


“La Mujer nace libre y debe permanecer igual al hombre en sus derechos. La ley debe ser la expresión de la voluntad general; todas las ciudadanas y los ciudadanos deben contribuir, personalmente o por medio de sus representantes a su formación”.


El programa de Olimpia Gouges era claro: libertad, igualdad y derechos políticos, especialmente el derecho de voto para las mujeres. Sin embargo, muy pocos revolucionarios compartían esta posición11. El encarcelamiento y ejecución de Olimpia Gouges durante la dictadura jacobina simbolizó el fracaso de la primera lucha feminista por sus derechos, que serían apabullados definitivamente en el Código Civil Napoleónico al negar los derechos civiles a la mujer, e imponer leyes discriminatorias, según las cuales el hogar era definido como el ámbito exclusivo de la actuación femenina.


EL MOVIMIENTO FEMINISTA EN INGLATERRA

Mary Wollstonecraft inicia con su obra “Vindicación de los Derechos de la Mujer” la larga y combativa tradición del feminismo anglosajón. Se opone al absolutismo de los reyes y señala la conexión existente entre el sistema político y las relaciones de poder entre los sexos. “Los hombres ejercen una verdadera tiranía absolutista sobre las mujeres en el ámbito familiar y en la casa”, escribe en su obra.


Para Wollstonecraft, la clave para superar la subordinación femenina era el acceso a la educación. Las nuevas mujeres educadas no sólo alcanzarían un plano de igualdad con respecto a los hombres, sino que podrían desarrollar su independencia económica accediendo a actividades remuneradas. No dio importancia a las reivindicaciones políticas y tampoco hizo referencia al derecho de voto femenino.


Hay que destacar que las ideas de Wollstonecraft tuvieron amplia repercusión entre los pensadores liberales ingleses, entre quienes se destaca la figura de John Stuart Mill12, quien junto con su esposa Harriet Taylor Mill, publicó en 1869 el libro “El Sometimiento de la Mujer”. En el que sitúa en el centro del debate feminista la consecución del derecho de voto para la mujer: la solución de la cuestión femenina pasaba por la eliminación de toda traba legislativa discriminatoria. Una vez suprimidas estas restricciones, las mujeres superarían su sometimiento y alcanzarían la emancipación.


“El principio regulador de las actuales relaciones entre los dos sexos – la subordinación legal del uno al otro – es intrínsecamente errónea y ahora constituye uno de los obstáculos más importantes para el progreso humano; y debiera ser sustituido por un principio de perfecta igualdad que no admitiera poder ni privilegios para unos ni incapacidad para otros”.[13]


Mill, en todo caso trataba de aplicar el principio del laissez faire, dogma básico del liberalismo a la problemática femenina.


El libro de Mill tuvo un enorme impacto, pues fue la pionera para la internalización del movimiento sufragista al ser editado ese mismo año en Estados Unidos, Australia, Nueva Zelanda, Francia, Alemania, Austria, Suecia, Dinamarca Italia y Polonia, suscitando el interés y la reflexión de muchas mujeres intelectuales y cultas, entre ellas Lidia Becker14, quien fundó en la Gran Bretaña la primera organización de mujeres del mundo conocida como la Asociación Nacional para el Sufragio de la Mujer.


Pero, además de la perniciosa tradición religiosa, debió enfrentar a Millicent Garret Fawcet15 quien encabezó el movimiento de las sufragistas moderadas y centraba su labor en la propaganda política, convocando mítines y campañas de persuasión, siguiendo siempre una estrategia de orden y de legalidad.


También surgió la corriente de opositoras al sufragismo que esgrimieron la frase “la mujer quiere el pan, no el voto”. En 1861, los estudiantes de medicina del hospital Middlesex, protestaron abiertamente por la presencia de Elizabeth Garret Anderson, en dicha institución, pues lo consideraron una ofensa a los instintos y sentimientos naturales. Esa corriente en contra del voto femenino se materializaría en noviembre de 1908 con la fundación de la Liga Nacional de Mujeres Antisufragio, cuya primera presidenta fue la novelista Mary Ward.


La ausencia de resultados de la estrategia moderada trajo consigo que a finales del siglo XIX Emmeline Pankhurst16 creara la Unión Social y Política de Mujeres, que consiguió que el ultraconservador parlamento inglés aprobara en 1895 la ley que permitía votar a las mujeres en las elecciones locales, después de largos enfrentamientos que incluyeron sabotajes manifestaciones, marchas en varias ciudades e incendios de locales comerciales. Su cuartel de Manchester lo trasladó a Londres, donde junto con sus hijas, organizó marchas de protestas frente a la Cámara de los Comunes lo que le valió continuos encarcelamientos.


En Inglaterra la represión del gobierno fue tan brutal contra las mujeres que reclamaban el derecho de voto, que el Parlamento aprobó la famosa Ley del Gato y el Ratón, en que las mujeres representaban los ratones y las autoridades por el gato, y solo serían liberadas únicamente cuando su estado físico fuese preocupante.


“Nos tienen sin cuidado vuestras leyes caballeros, nosotras situamos la libertad y la dignidad de la mujer por encima de todas esas consideraciones, y vamos a continuar esa guerra como lo hicimos en el pasado; pero no seremos responsables de la propiedad que sacrifiquemos, o del perjuicio que la propiedad sufra como resultado. De todo ello será culpable el Gobierno que, a pesar de admitir que nuestras peticiones son justas, se niega a satisfacerlas”.[17]


A la par de las luchas feministas, una corriente renovadora en el Parlamento británico consideró la posibilidad del voto femenino, que vino a materializarse en 1918 cuando se otorgó el derecho de voto a las mujeres mayores de 30 años, por los méritos acumulados y su decisivo papel en la Primera Guerra Mundial.


EL FEMINISMO NORTEAMERICANO

Las condiciones sociopolíticas y económicas del capitalismo norteamericano fueron propicias para el surgimiento del movimiento feminista, que en cierto sentido nació ligado a los movimientos protestantes de reforma religiosa que propugnaban una regeneración moral y la abolición de la esclavitud.


Las condiciones sociales y culturales en USA fueron especialmente favorables para la extensión de los movimientos femeninos. La interpretación individual de textos sagrados pregonada por los protestantes favorecieron el acceso de las mujeres a niveles básicos de alfabetización, lo que provocó, que a diferencia de la gran mayoría de países del mundo que mantenían relegada a la mujer a los quehaceres de la casa, el analfabetismo femenino estuviera prácticamente erradicado a principios del siglo XIX.


Fruto de ello fue el primer documento femenino colectivo norteamericano, aprobado el 19 de julio de 1848, que se denominó la Declaración de Seneca Falls, en homenaje a la Capilla Metodista de esa localidad de Nueva York.

“La Historia de la Humanidad es la historia de las repetidas vejaciones y usurpaciones por parte de hombre con respecto a la mujer y cuyo objetivo directo es el establecimiento de una tiranía absoluta sobre ella. Para demostrar esto, someteremos los hechos a un mundo confiado al hombre que nunca le ha permitido que ella disfrute del derecho inalienable del voto. La ha obligado a someterse a unas leyes en cuya elaboración no tiene voz. Le ha negado derechos que se conceden


a los hombres más ignorantes e indignos, tanto indígenas como extranjeros. Habiéndola privado de este primer derecho de todo ciudadano, el del sufragio, dejándola así sin representación en las Asambleas legislativas, la ha oprimido desde todos los ángulos. Si está casada la ha dejado civilmente muerta ante la ley. La ha despojado de todo derecho de propiedad, incluso sobre el jornal que ella misma gana. Moralmente la convertido en un ser irresponsable, ya que puede cometer toda clase de delitos con impunidad, con tal que sean cometido en presencia de su marido”.

Para los historiadores e investigadores de los Derechos de la Mujer, este Documento reviste especial importancia, por ser el primero en que se expresa la “Filosofía Feminista de la Historia”.

Pero irónicamente, el triunfo del bando nordista en la Guerra de Secesión, (1861-1865), partidario de la supresión de la esclavitud, le daba un golpe bajo al movimiento feminista que había estado ligado al abolicionismo, al negarle el derecho de voto a la mujer y otorgárselo a los negros liberados. Fue entonces cuando surgieron mujeres de la talla de Elizabeth Cady Stanton18 y Susan B. Anthony19, que crearon la Asociación Nacional por el Sufragio de la Mujer (National Woman Suffrage Asociation).


EL FEMINISMO Y EL MOVIMIENTO OBRERO

Los movimientos feministas y sufragistas del mundo debido a que fueron dirigidos por mujeres de procedencia burguesa, muy poco calaron en el ambiente de los obreros. Muy pocas veces sufragistas y feministas atrajeron la atención de las obreras y trabajadoras de las grandes factorías e industrias de los países desarrollados.

En la primera mitad del siglo XIX, los ideólogos del movimiento obrero mundial mantuvieron posiciones contradictorias, respecto a la igualdad de Derechos de la Mujer.


A la misoginia de los intelectuales revolucionarios Ferdinand Lassalle (1825-1864) y Pierre-Joseph Proudhon20, que afirmaban que “una mujer igual al hombre significaría el fin de la institución del matrimonio, la muerte del amor y la ruina de la raza humana. La única alternativa de la mujer es ser amas de casas o prostitutas”.[21]


Frente a la posición de Proudhon, surge la figura de Flora Tristán22, considerada la pionera del feminismo socialista. No obstante fueron Carlos Marx (1818-1883), Federico Engels (1820-1895) y Augusto Bebel (1840-1913), los que establecieron las bases del pensamiento socialista sobre la cuestión de la mujer.


Engels en su libro “El origen de la familia la propiedad privada y el Estado”, equiparaba la dominación de clase con la dominación de la mujer por el hombre. Para Marx y Engels, la igualdad política entre los sexos era una condición necesaria para la plena emancipación de la sociedad. Además, los fundadores del socialismo científico entendían que la base fundamental de la emancipación femenina era su independencia económica frente al hombre.


Fue el dirigente socialista alemán Augusto Bebel, el primer teórico marxista que escribió de una forma específica sobre la mujer en su libro “La Mujer y el Socialismo” (1879.


El 8 DE MARZO: DÍA EN QUE LA VALENTÍA SE HIZO MUJER

Las grandes gestoras del 8 de marzo como día Internacional por los Derechos de la Mujer fueron Clara Zetkin y Kathy Duncker quienes lo acogieron y defendieron en la Primera Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas el 27 de agosto de 1910, reunida en Copenhague, Dinamarca.


Hay que anotar que sobre el 8 de marzo existen diversas versiones. La más conocida es la un incendio ocurrido en una fábrica textil de Nueva York en 1857, donde habrían muerto quemadas las obreras que hacían una huelga. Según la historiadora canadiense Renée Coté, no existen pruebas documentales de este hecho, ni que este hecho fuera motivo para establecer una jornada internacional de las mujeres.


Algunas historiadoras feministas, cuentan que lo que pasó realmente en 1857 fue una marcha convocada en el mes de marzo por el sindicato de textileras que reclamaban una jornada laboral de 10 horas semanales. Diez años después, en 1867, también en el mes de marzo tuvo lugar una huelga de planchadoras de cuellos de la ciudad de Troy, en Nueva York, quienes formaron un sindicato y pidieron aumento de salarios. Tres meses después regresaron al trabajo con las manos vacías.


Lo cierto de todo es que historia del 8 de marzo está cruzada por situaciones y hechos que muestran un escenario más complejo y rico en acontecimientos marcados por la Primera Guerra Mundial, la Revolución Rusa, la lucha por el sufragio femenino, las pugnas entre socialistas y sufragistas y el creciente auge del sindicalismo femenino en las primeras décadas del siglo anterior en Europa y Estados Unidos.


Los orígenes del Día Internacional por los Derechos de la Mujer están ligados a los partidos socialistas y en especial a las mujeres que organizaron jornadas de reflexión y acción