ALTAMAR

* Un gran factor aglutinante son las religiones, que se expanden por convicción, conquistas, guerras, pactos, exterminios...

En el transcurrir de la vida, cada uno de los seres humanos tenemos una manera, marcada por circunstancias únicas de modo, tiempo y lugar, de asumir nuestra propia existencia. En algún momento intuimos una mar infinita y profunda, una fuente de pensamientos sublimes, de amor, de odio, de tristeza, de risa, que nos distancian del antropoide que fuimos.


Sin embargo, la humanidad tiende al comportamiento colectivo, de rebaño. Nos entregamos a preceptos que nos persuaden de alguna manera. Seres iluminados, pensadores, políticos, científicos, artistas, guerreros, inciden en nuestro destino con altruismo o egoísmo para bien o para mal.


Dejan huella, pautas, teorías, formas de vida sobre las que se construyen creencias, sistemas, patrones, naciones.


Un gran factor aglutinante son las religiones, que se expanden por convicción, conquistas, guerras, pactos, exterminios...


La religión es el resultado del esfuerzo inherente al ser humano por explicar el universo y a sí mismo. La experiencia religiosa proporciona interpretaciones. Las religiones asumen que el mundo y la humanidad fueron creados por una fuerza o ser superior. Hay fieles que defienden a muerte sus dogmas, apelando a juicios en el plano particular y a un sentimiento de hermandad.


La fe es la esfera en que se explica de manera más clara el fenómeno de lo religioso. En gran parte, también la religión determinará la forma de pensar y de actuar de las sociedades, lo que se refleja en el individuo. Es incuestionable la importancia que las religiones tienen en la cultura, el arte, la política, la filosofía y la moral de las zonas donde imperan. Tanto es así, que demarcan territorios.


La religión brinda al individuo una recompensa diaria, un sentido, un propósito en la existencia, actuando como un escudo frente a los problemas cotidianos o a las tragedias personales.


No es posible elegir alguna religión como determinante, todas hacen parte de privilegios muy íntimos de las personas.

Otro poder inmenso que convoca, surge de la política como forma de organizar las sociedades humanas. Es artera la combinación de religión y política.


Desafiando toda la ciencia y el debate al respecto, se considera como un ideal el sistema político de la democracia.

La democracia moderna surge al calor de las ideas de la Revolución francesa, procesando los desafíos planteados por la Revolución Industrial.

Democracia, una palabra de origen griego acuñada por los atenienses para referirse a su forma de gobierno, instaurada en los últimos años del siglo VI a.C. La democracia de Atenas se basaba en la selección de representantes por sorteo y las decisiones en otros casos por mayoría.


La democracia moderna surge al calor de las ideas de la Revolución francesa, procesando los desafíos planteados por la Revolución Industrial. Se encarna en la consigna de “un gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo” (Abraham Lincoln).


Por supuesto, contiene defectos. En la democracia moderna juega un rol decisivo la llamada regla de la mayoría, es decir, cuando existen diversas propuestas se adopta la posición de la mayoría. Se asimila democracia con decisión mayoritaria, lo que lleva a que por limitaciones humanas las personas adopten soluciones satisfactorias en lugar de soluciones óptimas.


En un trabajo de investigación de 1991, Susan Fiske y Shelley Taylor[1] concluyen que los seres humanos tienden a actuar de manera racional y coherente pero también prefieren menos esfuerzo a mucho esfuerzo. Por consiguiente, adoptan soluciones simples frente a soluciones complejas. Una solución simple es confiar en que "la mayoría siempre tiene la razón".


La intención excesiva de buscar acuerdos no lleva a las mejores decisiones pues no se tiene en cuenta el valor racional de las discrepancias. Las ansias de consenso no dejan campo a la disensión, se rechazan las objeciones y a los disidentes, ‘congelando’ las opiniones en contra.


Las controversias entonces no se concentran en obtener conocimiento en profundidad de los temas, sino que giran alrededor de la forma y los efectos de las decisiones.


Con ‘democracia’ se disfrazan tiranías generando incertidumbres inicuas.


En Latinoamérica, entes astutos nos vienen conduciendo hábilmente hacia confundir con democracia formas de gobierno perversas que por conveniencias infames no atienden la justicia social, negando oportunidades, un mundo mejor a millones de seres, condenándolos a existir sin posibilidades de vivir.


En Colombia nos dirigen realmente sicópatas con fuero, personajes que -con su relato de odio y venganza, de ruido y de furia- contradicen los mandatos de todos los dioses.


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[1] Susan Fiske and Shelley Taylor, ‘Social Cognition’. 1991, ISBN-10:1473969301 psycnet.apa.org