Tiresias: el ciego que ve con los ojos del alma


“Júpiter le dio a Tiresias,

el privilegio de ver con los ojos del alma".

Homero - Canto V.

A Tiresias, el adivino ciego, a quien Júpiter[1] le dio el don de ver con los ojos del alma, aunque, quizás es uno de los personajes más influyente e importante de la Mitología, generalmente se le conoce porque descifró el enigma Edipo,[2] y no porque logró sobrevivir a nueve generaciones y ser uno de los más prominentes profetas de la antigüedad. Tiresias, era hijo de Everes y de la Ninfa Cariclo, compañera preferida de Atenea, con quien andaba en el carro de la diosa.

Tiresias era padre de Manto, una sacerdotisa de Apolo cuyo oráculo estaba en Tebas y dotada del don de la profecía, de Mopso, el más notable profeta de la antigüedad y de Cloris, pitonisa insigne, que en el Arte de Amar de Ovidio, se confunde con Flora. Tiresias, palabra griega que significa “aquel que interpreta las señales”. En algunos textos de Mitología, Tiresias también aparece como Astrólogo y fue él quien atribuyó los dos sexos a los astros.

Según cuentan algunos libros de Mitología, Tiresias era hermafrodita, ya que siendo hombre había sido transformado en mujer por un hechizo que le echaron dos serpientes a las que trató de matar con su báculo cuando las encontró apareadas, una sobre otra. Siete años después que pasaba por el mismo lugar, repitió la misma acción con su báculo al encontrarlas nuevamente una sobre otra, y al darles muerte volvió a su estado normal.

Sobre la ceguera de Tiresias, existen varias versiones. Apolodoro señala que se ofrecieron explicaciones contradictorias para comprobar el origen de la ceguera de Tiresias, puesto que algunos decían que eran los dioses quienes lo habían cegado por traicionar sus secretos al transmitirlos a los mortales. Ferécides[3] afirmaba que Atenea lo había dejado ciego cuando le puso las manos sobre los ojos por haberla visto desnuda junto al séquito de náyades que la protegían cuando se bañaba en un jagüey de aguas encantadas.

Sin embargo, Atenea, para consolarla, concedió a Tiresias virtudes maravillosas. En primer lugar, le dio un bastón de cornejo, con el cual podía dirigir sus pasos con igual facilidad que si estuviera dotado de visión; también “purificó” sus oídos de modo que comprendiese el lenguaje de los pájaros, el mensaje de su aleteo, el ruido del silencio y le dio así el don de la profecía. Además le prometió que después de muerto, en el Hades conservaría todas sus facultades intelectuales, especialmente las de profetizar.

Otra versión sobre su ceguera cuenta que Júpiter y Juno, discutían para saber quién disfrutaba más el placer sexual, si el hombre o la mujer y sometieron su discusión al fallo de Tiresias, quien dijo que la mujer lo disfrutaba más que el hombre en una proporción de 9 a 1, por lo que Juno no pudo contener su irá y su rabia y le sacó los ojos. Ante esta acción que cerraba la vista de Tiresias, Júpiter para consolarlo le abrió los ojos del alma y le concedió el don de la profecía.

Es importante anotar que la Mitología aparecen otros ciegos y Arúspices, también con privilegios dados por los Dioses, como en el caso de Tiresias. A Demócoco, según cuenta la Odisea,[4] que tenía el Don de la melodía y la canción, y era palaciego en la corte del Rey Alcinoo, la vista le fue arrebatada por las Musas, pero éstas, le concedieron el arte de la profecía. Existe otro Demódoco, que no era profeta, también importante, porque fue el consejero y vigilante que le dejó Agamenón a la casquivana de Clitemnestra cuando se iba a la Guerra de Troya. Sin embargo, no fue lo suficiente diligente para evitar que Egisto la sedujera.

Otro de los adivinos famosos de la antigüedad fue Calcante, que no era ciego y era natural de Micenas o de Mégara. Tenía el privilegio de conocer el pasado, el presente y el futuro. Fue Apolo, quien le concedió el don de la profecía, la que practicaba por medio de la alectomancia (adivinación por medio del canto de los gallos).

El adivino Calcante, famoso por sus aciertos, fue él quien en Áulide y en el momento de la segunda partida de los ejércitos griegos que se dirigían a Troya al rescate de Helena, revela que la tormenta que retiene a la flota se debe a la cólera de Artemisa, y que solo el sacrificio de Ifigenia[5] puede aplacarla.

Existen varias historias acerca de la muerte de Calcante, que plantó un viñedo en un bosque consagrado a Apolo, cerca de Mirina, en la Eólide. Un profeta de pocos pergaminos de aquella región le predijo que “nunca bebería vino de su viña”. Calcante no solo se burló de él sino que quiso menoscabar la fama de aquel joven agorero. La viña creció y se convirtió en el centro de las miradas de los habitantes, hasta que llegó el día en que sería degustado el nuevo vino. Calcante todo orondo y prepotente invitó a los habitantes de las cercanías, así como al adivino que le había hecho la profecía. En el momento en que Calcante con la copa llena se disponía a beber su contenido, su enemigo le repitió que no lo probaría. Calcante tuvo tal acceso de burla y de risa que se ahogó sin poder llevar la copa a los labios.

Anfíloco, también adivino y profeta, dones y cualidades que había heredado de su abuelo Tiresias. Secundó al adivino Calcante y, según parece, fundó con él varios oráculos en las costas de Asia Menor. Es muy poco lo que se menciona en la Iliada y en la Odisea.

Entre las profecías y enigmas descifrados por Tiresias, se cuenta la de Narciso. En ella, Narciso es hijo del dios del Cefiso y de la ninfa Liriope. Al nacer, sus padres consultaron al adivino Tiresias sobre el porvenir de su hijo. Tiresias le respondió que el niño “viviría hasta viejo si no se contemplaba a sí mismo”.

En las Bacantes de Eurípides, intenta convencer inútilmente a Penteo de que deje de oponerse a Dionisos (Baco) y su culto.

Tiresias le profetiza a Creón que si quiere salvar a Tebas, es necesario que sacrifique a su hijo Meneceo. Los estudiosos no se han puesto de acuerdo, pues según algunos, se resistió a sacrificar a su hijo, otros dicen que lo hizo y los tebanos fueron felices.

Fue Tiresias quien le predijo a Zeus que sería objeto de una conjura por parte de Poseidón, Apolo, Hera y Atenea, quienes lo derrocarían y lo atarían con una cuerda que pendiera del cielo, para que todos los mortales lo vieran.

En Edipo rey de Sófocles, le resulta difícil revelar que el mismo Edipo es el culpable de la plaga que ha caído sobre Tebas, y en Antígona, advierte a Creonte que los dioses están enojados por su decreto que prohíbe el entierro de Polinices y por su trato hacia Antígona. En el contexto dramático, el vidente Tiresias suele ser tratado con incredulidad o mofa cuando ofrece por primera vez sus consejos o revelaciones.

La muerte de Tiresias va ligada a la toma de Tebas por los Epígonos. La fama de Tiresias se extendió a todo el mundo antiguo. A Delfos llegaban emisarios, embajadores y cónsules de muchas naciones para consultar el Oráculo, respecto a lo que les deparaba el porvenir. Ya anciano, se retiró a Tebas, cuyos habitantes habían iniciado su éxodo y con ellos se detuvo una mañana cerca de una fuente llamada Telfusa. Cansado de andar, bebió de su agua, que era muy fría, y murió. Según otra versión, Tiresias se había quedado en la ciudad con su hija.

Los vencedores los hicieron prisioneros, pero los enviaron a Delfos para ser consagrados allí a su dios Apolo. En el camino, Tiresias, que era muy anciano, murió de fatiga, tal como lo había predestinado en sus profecías. Pero a pesar de su muerte hace muchos siglos, aún en nuestros días hay más un Tiresias que ve y pregona el futuro con los ojos del alma.

Cartagena de Indias, 24 del mes del Bifronte Jano, del 2020.

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[1] Indistintamente: Júpiter o Zeus, Padre de los dioses.

[2] Edipo Rey, Sófocles.

[3] Ferécides de Atenas, probablemente activo en la primera mitad del siglo V a.C.), mitógrafo y prolífico escritor que compendio resúmenes de la historia de Grecia, extrayendo la mayor parte de su material de la época arcaica y organizándola según esquemas genealógicos, de acuerdo con el procedimiento desarrollado en el Catalogo atribuido a Hesíodo.

[4] Homero, Odisea, Canto VIII

[5] Ifigenia en Táuride. Eurípides 414 años antes de J.C.

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Bibliografía:

- Diccionario de Mitología Griega y Romana. Por Pierre Grimall. París, 1951.

- Diccionario Espasa. Mitología Griega y Romana. Por René Martín. París, 1992.

- Diccionario Etimológico de la Mitología Griega. 2013

- Diccionario Universal de la Mitología o de la Fábula. Por B.G.P. Barcelona, 1837.

- El Gran Libro de la Mitología Griega. Por Robin Hard. Madrid, 2004.

- Historia de la Mitología. Griega y Romana. Por V. González. Madrid, 1876.

- Iliada de Homero, 1980

- Nuevo Compendio de la Mitología. D.A.P. Zaragoza Godínez. Madrid, 1826.

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