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Maniqueísmo internacionalista


El maniqueísmo político al que alguna vez me referí en este mismo espacio, que conduce a pensar el mundo exclusivamente en términos de una bipolaridad representada en izquierda y derecha, Petro y Uribe, y a juzgar moralmente desde allí, no es una cuestión que este presente solo en la forma en que pensamos nuestra realidad nacional. En cuanto ideología, esta postura frente al mundo es algo que también se extiende a los análisis que la mayoría suele hacer sobre los hechos internacionales, haciéndose una imagen de lo que pasa en la que hay dos grandes extremos enfrentados, uno de los cuales es bueno y cualquier cosa que le pase es culpa del otro, que es malo.

Un acontecimiento ejemplar al respecto es la recepción que se ha hecho de lo que acontece en Bolivia desde que Evo Morales renunció a la presidencia hace aproximadamente una semana. Muchos, según su identidad ideológica, han señalado el hecho y los que se desencadenaron luego -como las marchas, el abandono del país del presidente y el vicepresidente, la autoproclamación de una nueva presidenta, los reconocimientos internacionales del nuevo gobierno etc.- como la derrota de un hombre ejemplar, de un caudillo, y de un movimiento justo y popular por vías oscuras y corruptas, es decir como el triunfo del mal sobe el bien; mientras que otros han declarado la victoria de la democracia contra un tirano que se apropió del poder en Bolivia por trece años, imponiendo una dictadura socialista que sometió al país, es decir, han interpretado todo como el triunfo del bien sobre el mal.

El problema de estas dos perspectivas es que pasa por encima de la realidad y del contexto propio de Bolivia. Para comprenderlo basta solamente con considerar algunas cuestiones concretas. En Bolivia casi el 63% de la población es indígena, por lo cual sería lógico que siendo Evo indígena pudiera tener suficiente estabilidad y gobernabilidad, pero paradójicamente no es así. Lo que una buena mayoría de la izquierda ignora es que el movimiento indígena se fracturo a partir de los que se llamó el conflicto del Tipnis, del mismo modos que los cocaleros se dividieron desde que Evo aprobó una ley que benefició fundamentalmente al Chaparé. Este panorama de rechazo a Evo Morales entre los que alguna vez lo apoyaron es ignorado por sus acérrimos defensores. Del mismo modo que pretenden ignorar que Evo Morales pasó por encima de la constitución y de la voluntad popular al buscar su reelección varias veces, incluso mediante fraude, según señalan autoridades locales y la misa OEA.

Pero así como la situación de Bolivia y la de Evo Morales en particular pueden tener explicaciones a la luz de las cuales todo no resulta tan simple como afirmar un golpe de Estado, ejecutado por una derecha reaccionaria apoyada por el imperialismo norteamericano; es necesario también recordar que la gestión de Evo Morales durante sus trece años de gobierno es en muchos sentidos sorprendente y cuestiona decididamente la tesis de la opresión socialista y la liberación de Bolivia, especialmente si se compara con los gobiernos anteriores. Durante el mandato de Evo Morales el PIB pasó de 11.000 a 40.288 millones de dólares. Hubo una reducción de la pobreza del 59,9 por ciento al 34,6. La pobreza extrema cayó del 38 al 15 por ciento. El desempleo pasó del 8,1 al 4,2 por ciento. Hubo un aumento considerable del salario mínimo, que pasó de 60 a 310 dólares (aunque fue en 13 años, comparado con Colombia en el mismo periodo de tiempo, la diferencia es abismal). El índice de analfabetismo que estaba en el 15% bajó al 3%; entre otros datos positivos.

Todo esto para poner un gran signo de interrogación junto a los análisis y apreciaciones que asumen a priori sus veredictos como consecuencia de su inclinación ideológica, silenciando la realidad, sus verdaderas circunstancias y sus matices. Y sobre todo para recordar que pensar y opinar son tareas que requieren esfuerzo y responsabilidad.

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