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Prólogo al Libro de los Prólogos

September 1, 2018

“La palabra es la imagen del alma”.

 

Cuando le comenté a mis amigos del Taller Yngermina, que desde hace años reúne un gran número de notables figuras de las letras de la región y de Cartagena, que publicaría un libro con las notas de presentación o comentarios que había realizado a los muchos libros que he presentado y también a los que he recibido con cariño y generosidad de escritores, colegas cercanos y conocidos, uno de ellos me quedó mirando y me dijo ¿eche, tú eres marica o qué? Eso que vas a hacer es una pendejada. Una especie de lambonería o de egolatría. Sin embargo, otros menos filósofos o especulativos, apenas me miraron, asistieron con la cabeza o se quedaron callados.

 

Creo que la mejor manera de agradecer o de premiar a quien se quema las pestañas, trasnocha, busca, rebusca, curucutea, lee, escribe, corrige y publica una obra es leyéndola y comentándola, así sea por encima. Y en sentido contrario, la ofensa más grande que se puede hacer a un escritor es que no se emita por lo menos una frase, ya sea de aceptación o de discrepancia con la obra publicada.

 

Acerca de las opiniones que se emiten sobre libros, sean estos de investigación o de creación, siempre habrá criterios disímiles. Respecto a la historia, por ejemplo, muchos dirán que está parcializada, que tiene un sesgo ideológico o político, que es de derecha o que es de izquierda. Respecto a la creación, el juicio es más subjetivo, por cuanto tiene un ingrediente de aceptación del arte como tal, de coincidir con el numen y el estro que ha influido o inspirado al autor, es decir, que existe una empatía entre la obra creada y la persona que la analiza.

 

Un prólogo,[1] es un escrito breve situado al principio de una obra extensa, entre los documentos llamados preliminares, y sirve a un escritor para justificar el haberla compuesto y al lector para orientarse en la lectura.

 

Es de anotar que cualquier prólogo, por muy sencillo o simple que sea siempre persigue varios objetivos. Dar lustre o acreditar al autor; dar esplendor o acreditar al prologuista; dar brillantez o acreditar la obra en sí. El prólogo, esas pocas páginas que se otorgan al prologuista, constituyen la tribuna, escenario, atril o proscenio que sirven para hacer brillar, orientar y estimular la posible compra del libro. O podría ser, que el prologuista, y esto sucede excepcionalmente, pero sucede, hable de todo lo que a él se le venga a la mente y menos del libro.

 

Otros, por el contrario, consideran que el prólogo también persigue, entre otros objetivos: hacer crítica literaria sobre el autor. Ver la diferencia entre libros de los vecinos. Presentar la obra y al autor a un público que desconoce sobre qué trata ésta y quién y qué trayectoria posee quien la ha compuesto. Orientar sobre las modificaciones que ha sufrido la obra: lectura, correcciones, ampliaciones, supresiones, adiciones, actualizaciones y textos utilizados. Agradecer la labor de quienes han colaborado o participado en la composición de la obra. Defender el mérito de la obra y la necesidad de que exista. Adentrase a la magia de la historia y que sea más satisfactoria para el lector.

 

El prólogo tiene una gran importancia para la historia literaria, pues con frecuencia ofrece las claves críticas de la interpretación de la obra por su propio autor o por alguien cercano a él. Sólo hasta hace muy poco ha empezado a ser estudiado como género literario. Cuando el prólogo busca defender la obra de un autor se le denomina galeato.[2]

Quizás uno de los grandes dilemas que tiene un autor, sea éste nuevo y bisoño, o puede que sea bastante conocido, es el de conseguir el prologuista. Algunos escritores noveles barajan, rifan y meten los nombres de los posibles prologuistas en una urna cerrada y luego introducen la mano mirando a otro lado y sacan el nombre del posible beneficiario. Cervantes, el gran Miguel de Cervantes Saavedra, temiendo fuera descalificado, pues en su época para obtener la licencia de impresión del Rey, era necesario el concepto favorable de un padrino, llenó no solo El Quijote de comentarios, sonetos y prólogos, que atribuía a escritores apócrifos, sino también a todas sus novelas ejemplares y entremeses, mojigangas y sainetes.

 

El prólogo es tan serio que algunos escritores eluden tamaña responsabilidad. Otros se hacen los locos y dejan pasar el tiempo hasta que el autor se cansa de esperar. Recuerdo que un amigo mío me mandó una obra que tenía tres mil quinientas treinta y dos páginas escritas a máquina, a un espacio, con una sangría de un centímetro y medio en hojas de oficio. El libro era tan voluminoso que cuando mi amigo me lo envió de Bogotá, fue tanto el miedo y temor que le tuve, que lo puse en la cama y encima le puse tres almohadas. Allí permaneció casi dos años, y solo vine a tener descanso y sosiego en mi alma, cuando una mañana me llegó por correo el mismo libro ya editado, con más páginas, con diez notas de presentación y dos prólogos bien confeccionados por dos ex presidentes de la república fallecidos.

 

El prólogo se diferencia mucho de la crítica. Mientras el primero busca como ya dijimos, dar lustre a la obra, al autor o al mismo prologuista, la crítica no. Esta tiene como objetivo el libro y sobre ella caerá todo el peso de la investigación. El crítico es libre de expresar su opinión respecto a la obra. El prologuista por lo general está condicionado a decir frases que eleven el ego del autor, ya sea, porque hable de la obra o exprese opiniones acerca del aquel. Algunos prologuistas, frente a tanta responsabilidad, optan por usar un lenguaje ambiguo y erudito, y aunque la mayoría de las veces distrae al lector u oyente, son aceptadas por el plenario o público.

 

Por lo general el prólogo siempre se ubica al principio de la obra, es el primer texto compacto que se encuentra en el libro. Algunos críticos le dan el nombre de liminares o también preliminares.

 

El prólogo se diferencia de la Introducción, en que ésta, es una presentación más del contenido, de la manera cómo se realizó la investigación, temas que se abordaron, lugares visitados, sin consideración al autor. También es necesario distinguir el Prólogo del Prefacio. Este expresa la intención de una obra antes de que se haya escrito.

 

Para Gérard Genette, el prólogo entra en el campo denominado paratexto: esto es, cualquier texto que se sitúa en la periferia del texto literario: el título, el subtítulo, la dedicatoria, el lema, el prólogo o prólogos, el epílogo o ultílogo o ultimólogo, las notas, glosas o escolios al margen o al pie, las sobrecubiertas, las fajas, los capítulos desechados, los borradores, etc.

 

Soy de los que piensa que construir una historia, ya sea desde la fábula o desde realidad, no es nada fácil, pues en ambos casos es necesaria una investigación. De allí que, a excepción de aquel mamotreto que puse de almohada durante casi dos años y que fue un martirio para mi cada vez que lo veía, siempre he escrito con seriedad y profesionalismo los prólogos o la presentación que me han solicitado, porque creo que es una distinción o halago que hace el autor a la persona escogida para tal oficio.

 

En todo caso, el prólogo de este libro no busca dar lustre ni al autor, ni a la obra, ni al prologuista y menos hacer crítica literaria o evaluarnos con el rasero del vecino, nada de eso. Este libro está orientada a agradecer a narradores y narradoras, poetas, cronistas, investigadores, ensayistas,  periodistas, dramaturgos, historiadores y a aquellos escritores y escritoras que sacrificaron gran parte de sus ilusiones, escribiendo cada día y cada noche en una máquina de escribir o en computador y generosamente alguna vez me obsequiaron  un ejemplar y, naturalmente decirles que estos aún están vivos, a pesar de las hornadas de ratones y cucarachas que los acechan, en las baldas, plúteos y anaqueles de mi biblioteca.

 

 

 

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[1] Del griego πρόλογος prologos, de προ~, pro~ - delante~, y lógos, palabra, discurso.

[2]  Cuando un libro es controversial se esperan ataques. Entonces, antes de publicar el libro, se le antepone un prólogo en su defensa. Ese proemio se denomina galeato, significando que es el casco o escudo para protegerse de esos ataques. El término galeato viene del latín galeātus, derivado a su vez de galea (casco). De ahí también el verbo latino galeāre (cubrir con un casco).

 

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