Siluetas


ÁLVARO LOZANO GUTIÉRREZ, autor de esta crónica, es uno de los diez finalistas del Premio Nacional de Crónica CIUDAD PAZ.

Hay cosas que uno termina de entender con el tiempo. A veces porque una nota o un libro cae en tus manos y te revela un detalle, un dato que antes parecía nimio, una epifanía que recoge las piezas que no encajaban y las llena de sentido. En ese momento podemos reconstruir imágenes y recibir una respuesta que tal vez antes nadie nos dio.

Al mirar la casa, levantada al sur de la capital, recuerdo como alguna vez soñamos tener con un lugar en el mundo, un pedazo de tierra para compartir nuestras vidas. Muchas veces he hablado con ella y no obstante hoy es diferente, ha prometido contarme como Luis desapareció hace casi veinte años.

- Mire solo tengo esta fotografía, la guardó mi suegra. Las demás las rompí o las quemé.

Gloria es una mujer que casi llega a los cincuenta. Todavía guarda los rasgos bellos de las mujeres de Santander que llegaron a Bogotá buscando mejores oportunidades para trabajar y tal vez estudiar. Sus ojos grandísimos, lejos de reflejar tristeza alguna, son vivaces, expectantes como buscando robarle a la vida un poco de alegría.

- A él lo conocí en el trabajo, en una ferretería. Era alto y recuerdo que hablaba muy bonito… usted dirá qué tan boba, pero se parecía mucho a Jorge Negrete. De novios duramos casi dos años hasta que un día me dijo que nos casáramos, que quería tener conmigo una familia y recorrer todo el país juntos. Luego vino Daniel, nuestro hijo mayor. En ese tiempo vivíamos en arriendo por los lados de Santa Lucía, pero nos aburría mucho sobre todo porque la dueña de la casa molestaba por todo. Si uno lavaba, si una bombilla permanecía encendida más de la cuenta o sólo por desquitarse cuando nos veía felices.

¿Fue cuando vinieron a Usme?

- Si, Luis le compró el lote a un amigo por los lados de Alfonso López. Lo que más recuerdo es que no había barrio, solo potrero. Una señora tenía una tienda que era donde prestaban el teléfono. Y hacia un frio de muerte, eso fue lo que más duro me dio. Pero verlo construir la casa con sus manos los fines de semana me consolaba y hasta me daba alegría.

Tiempo después se consiguió un mejor trabajo en una empresa donde ensamblan carros. Fueron buenos años. Tenía un buen sueldo y hasta prestaciones y bonificaciones. Antes de quedar embarazada de María nos fuimos a Cartagena y de ahí conocí Santa marta y Barranquilla. Eso si los fines de semana no rebajábamos las idas a cine. Nos podíamos ver hasta tres veces la misma película en el rotativo del teatro México. Si le digo la verdad a veces entre la oscuridad de la sala me volteaba para mirarlo de perfil y me asombraba cómo se parecía a Jorge Negrete. Algunas veces fantaseaba que no se había muerto y que se había cansado de la vida de lujos al lado de María Félix, que había venido para buscarse una princesa con la cual tener sus hijos y construir una casita.

Alias Wilmer mueve nerviosamente las manos y me pregunta por cuarta vez si tengo un cigarrillo para regalarle. Paramilitar confeso es un hombre de piel oscura y acento paisa. En lo que llevamos hablando se ha tomado cuatro tintos rebajados con aguardiente. Gesticula y, a veces, es grandilocuente al explicar lo que pasó.

- Ese día cogimos a varios farianos cerca del Fortul. No sé si usted conozca, eso queda por los lados de los llanos orientales. Es una zona donde los comunistas se habían tomado todos los municipios. Extorsionaban y mataban a su gusto, y eso les duró hasta que llegamos nosotros. Eran tres muchachos que no llegaban a los veinte y un señor mayor, aunque no tanto, que tenía por ahí sus cuarenta. Uno estaba herido en un brazo, y, eso si, olía muy feo, hermano, como que se estaba pudriendo. Yo, entonces, le disparé, pero no porque me diera pesar, es que a mí esas cosas me dan mucho asco y, además, ellos eran carne de cañón. En cualquier momento le aplicábamos la ley de fuga.

¿Y cómo fue que se les escaparon?

- Eso fue lo más pendejo del mundo. Un mariconcito recién llegado de la costa que se la pasaba pegado a un radio día y noche. El atembao no hacía más que escuchar vallenatos y hablar de una noviecita que había dejado por allá en el pueblo de él. Fue como a la segunda noche antes de trasladarlos para ajusticiarlos como se debe, cuando se le salieron del cuarto por el techo y se le volaron. Los buscamos por cielo y tierra y hasta nos metimos en las casas de los campesinos. Pero nada, como si se los hubiera tragado la tierra, hermano.

La tienda donde nos reunimos en el centro de Bogotá es un cafetín donde todavía atienden las coperas. Las rocolas que antes funcionaban con monedas han dado paso a máquinas ultramodernas donde con un improvisado teclado se puede programar la música. Wilmer me pide que le ponga un par del Charrito negro y una canción de Fernando Burbano que se llama Soy un Príncipe a mi modo…