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Colombia: el país de la violencia pasiva

June 16, 2018

En psicología se habla con frecuencia de la agresión pasiva. Los estudiosos de estos temas la definen como esas actitudes que parecen inocentes pero que definitivamente dañan al otro. En muchas ocasiones existen individuos que tienen la “virtud” de meter el dedo en la llaga y luego sonreír como si no hubieran dicho nada y continuar hablando de cosas banales como fútbol, la canción de moda, el sitio más chic de la ciudad o aquel balneario donde se reúnen los miembros de la farándula. La mayoría de las veces los heridos se quedan callados, tratan de que no se les note el desconcierto y prosiguen su día moviéndose como sonámbulos. El dolor de la citada agresión la envían al lugar más recóndito de su ser. Cierran la puerta, botan la llave y esperan que el tiempo olvide ese momento. Todos sabemos que es casi imposible lograrlo y que de tarde en tarde volverá con sus lágrimas para empañar los momentos amables.

 

En el caso de los colombianos hay que decir que desde que tenemos memoria nuestros diversos gobernantes nos han maltratado como si fueran unos expertos en agresiones pasivas. Muchas veces pareciera que los descalabros los hicieran, como dijo el Tuerto López: “Sin ninguna intención en la pared”. La realidad es que más que un agravio acá se trata de violencia, de violencia “pasiva” si se quiere, pero igual de abominable y peligrosa que aquella que se ejerce empleando la fuerza física.

 

Hay que detenerse en algunos ejemplos para ilustrarlo. En diciembre de 1928, se llevó a cabo una horrenda matanza en la Zona bananera. Ese episodio, al inicio del siglo XX, da comienzo a una serie de crímenes organizados por el Estado. Por supuesto que se trata de un acto de violencia. Sobre eso no hay duda. Pero lo que no se considera como otro gesto de agresión desmedida son esas acciones que no se perciben como procedimientos irregulares pero que   se llevaron a cabo por un gobierno indolente y deshumanizado. Es bien sabido, por ejemplo, que jamás se protegió a las viudas e hijos de los jornaleros asesinados. No hubo ninguna acción gubernamental para mitigar tanto dolor. Por el contrario, la miseria, el olvido, el desamor los hundió y lo ocultó de frágil memoria de los colombianos.

 

Al igual que en los hechos anteriores, son muchos más los incumplimientos de los mandatarios colombianos que aquellos momentos en que responde de manera solidaria. Así que sus actos de violencia pasiva, esa que no se presenta con un cuchillo o un arma en la mano, sino que se evidencia en la tendencia a rehusarse a actuar y se prometen cosas que nunca llega a concretarse. Entonces emerge la sonrisa hipócrita que asegura que cuidará a los niños que crecen en la miseria pero que nunca será capaz de solucionar nada. La lista de abusos y negligencia es larga, muy larga.

 

Hemos visto como acá no se pueden esperar las acciones efectivas del Estado. Hablemos de asuntos esenciales que constantemente son violados y que no se cumplen sino en muy pocos casos. Comencemos por el principio: En Colombia, según la ley, la salud, la educación, el derecho al trabajo digno, no son han sido considerados derechos fundamentales, así la Carta de las Naciones Unidas lo haya establecido hace muchas décadas. Es una realidad por todos conocido que cada uno de estos aspectos una especie de viacrucis que termina por convertid Imaginemos un escenario cotidiano. Cualquier colombiano de ingresos bajos siente un dolor estomacal y debe ir a un atenderse. Conseguir una cita implica armarse de paciencia, estar dispuesto a soportar la negligencia de los funcionarios. Desde que se busca entrar a un centro de salud todo lo que sucede es enfrentarse a una serie de respuestas que llevan por delante la palabra “no”. No se puede, no sabemos cuando, no esta el doctor, no, no y más no, a cada pregunta que se formula. Así que el afectado sale del hospital no únicamente con dolor en el cuerpo sino también agredido en su dignidad. Y ¿por cuántas veces al día debe padecer un colombiano pobre esta situación? Sin exagerar ni haberlo sufrido, me aventuro a decir que un promedio de tres o cuatro veces. De tal modo que es una suma de humillaciones contenidas que se van acumulando en su cotidianidad día tras día, semana tras semana, todos los meses, por muchos años. ¿Duele? Sin duda. ¿Hay solución? Parece que no.

 

Sin embargo, si se rebela, si se cansa de ser víctima y agrede o reclama airadamente se le sindica. Cae todo el rigor de la ley sobre él, se le condena sin oportunidad de defensa, se le adjudica el calificativo de “resentido social” cuando en realidad su reacción obedece al instinto de supervivencia. La violencia pasiva de los que ejercen el poder ha sido una constante en el país. Despoja a los débiles de cualquier derecho elemental. No podemos mentirnos más. La violencia colombiana es el resumen de múltiples acciones atrabiliarias de unos gobernantes que sólo se han ocupado de satisfacer sus ambiciones personales. No se puede pensar en la Paz, con mayúscula, hasta que no se derrote tantos egocentrismos centenarios.

 

 

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