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México y Colombia: ¿Hermanos políticos o de sangre?

June 1, 2018

"El precio de desentenderse de la política es ser gobernado por [las peores personas]”.  

Platón  

 

México y Colombia son como dos hermanos con historias similares; comparten un mismo idioma, ambos poseen una gran riqueza cultural, una gastronomía exquisita y paisajes impresionantes. Estas dos grandes naciones, albergan en su territorio a personas cálidas, alegres y hospitalarias, e incluso se encuentran unidos por iconos tan representativos como el Nobel de Literatura Gabriel García Márquez.

 

Y así como tienen virtudes en común, también ciertos defectos. Por ejemplo, la afectación que históricamente les ha ocasionado el narcotráfico, las grandes crisis de inseguridad, la decadencia económica y problemas específicos como la desnutrición infantil, numerosas cifras de desapariciones forzadas, desplazamiento forzado interno en masas y políticos ambiciosos que se han enriquecido a costa de su afectación.

 

Así pues, es sobre este último tema que centraremos nuestra atención; pues la mayoría de los puntos negativos son consecuencia directa de los enemigos de la patria, que lejos de preocuparse por el crecimiento y desarrollo de nuestros países, sólo se han enfocado en obtener beneficios de carácter personal. Además, por la época electoral en la que nos encontramos, conviene reflexionar sobre el punto, antes de elegir a que cuidadores encomendaremos a estos virtuosos pero vulnerables hermanos.

 

Haciendo un recuento de la trayectoria política de ambos, podremos apreciar de manera general a ciertos partidos que han buscado la manera de perdurar en el poder a costa de lo que sea; sin saber aprovechar la oportunidad que tanto piden al pueblo cuando se encuentran en campaña, al momento de ocupar la silla presidencial.

También, es fácil observar e identificar las injerencias de personajes en funciones que deberían mantenerse al margen, pero que no son capaces de desprenderse del color que en su momento representaban como aspirantes al cargo, entre ellos alcaldes, senadores, gobernadores y hasta los propios Presidentes de la República. Todo un sistema organizado en la solidez de la corrupción y la ambición.

 

En ambos países las elecciones se encuentran marcadas por dos tipos de candidatos: unos de extrema derecha y otros de izquierda emergente. El primer grupo con respaldo de expresidentes como Vicente Fox Quesada, Felipe Calderón Hinojosa y Álvaro Uribe Vélez, se encuentra conformado por Iván Duque Márquez y Ricardo Anaya Cortés. El segundo de ellos liderado por Gustavo Francisco Petro Urrego y Andrés Manuel López Obrador; ambos en busca de una oportunidad para materializar sus promesas de campaña o demostrar que son iguales a los mandatarios anteriores, sin importar su ideología y el premio que divulgan como mejores alcaldes del mundo.

 

Si hablamos de etiquetas, a los de extrema derecha se les ha señalado como corruptos y responsables de crímenes de lesa humanidad; a los de izquierda, se les tacha de populistas y autoritarios. Además, ambos hermanos se encuentran bajo amenaza de convertirse en su primo Venezuela, como si éste fuera la oveja negra de la familia latinoamericana y México y Colombia, los ejemplos virtuosos y sin defectos, que todos quisieran seguir.

 

Lo cierto es, que hoy dos grandes naciones se encuentran divididas entre simpatizantes fanatizados que buscan la manera de imponer su manera de pensar sobre sus opositores.

 

Sin importar el grupo al que pertenezcamos, no debemos olvidar que el voto más que un derecho es una obligación que tenemos como ciudadanos, porque es a través de este ejercicio democrático que día con día se construye la historia de nuestra nación.

 

En este sentido, antes de ejercer nuestro voto convendría preguntarnos de manera consciente y sin influencia de familiares, amigos, jefes o la televisión ¿a qué resultados aspiramos? y ¿quién nos los puede ofrecer? ¿Qué candidato nos ofrece un mayor cambio o si consideramos no necesitar transformaciones radicales? ¿Qué es lo que arriesgamos? Realizar un análisis de costo-beneficio, poner en una balanza nuestra realidad actual, frente aquello que podemos perder o ganar.

 

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