La Grandeza de Antonio


Antonio es un hombre que hoy ronda los 69 años. Tiene viva en la memoria que se recorrió a pie el Valle, Nariño, Cauca y parte del Choco. Un día definió dejar la comodidad de la catedra en su universidad, para coger un fusil con el objeto de cambiar el país. Junto con sus compañeros intentaron cambiar la visión de la guerra insurgente declarando voz en cuello "Paz para el país, tregua a las Fuerzas Armadas y guerra a la oligarquía" y así lo hicieron por casi una década, pero la misma guerra y las necesidades de la gente les enseñaron que “el concepto más revolucionario que pueda existir es la paz”.

Con este convencimiento emprendieron la posibilidad de “hacer paz” y en este devenir, Antonio cambió sus caminos, ya no andaba por veredas y selvas, sino que marchó por calles y carreras de las grandes urbes, conversando e intentando acuerdos para el propósito de hacer la paz. En ese proceso, sus propuestas fueron contestadas por un ‘granadazo’ que se tragó una pierna, su voz y su tranquilidad. Su voz de paz sin fúsil, fue contestada con la fuerza de las armas. Muy a pesar de sus agresores, su intención se elevó por encima de la debilidad de su cuerpo “molido” y el acuerdo colectivo de “hacer paz” lo puso de nuevo en pie y en función de hablar y concertar.

Mientras Antonio se reponía lentamente, se impuso nuevamente la lógica de la guerra que arrasó y golpeó con fortaleza, no solamente a los mismos guerreros, sino a la sociedad entera. Allí empezó la verdadera grandeza de Antonio, cuando era medio hombre y empezó a insistir y abogar por la idea revolucionaria que le había costado medio cuerpo: la paz.

Fue un espacio complicado, pues a pesar de ver caer a sus amigos asesinados, asumió un liderazgo que no quería y llevó a su organización a transformar las instituciones del país en una Asamblea Nacional Constituyente. Y desde allí, después de ser la estrella de ese instante de la historia, volvió a lo local y empezó a construir de abajo para arriba, desde el municipio y el departamento, hasta el liderazgo nacional, volvió a empezar.

Construyó un nuevo partido, se midió electoralmente y al perder frente a un peso pesado de la ética y la coherencia como Carlos Gaviria, decidió “cargar la maleta”, “aportar desde la construcción y la humildad”. Antonio lo ha hecho una y otra vez, asumiendo la dirección y el liderazgo en grandes momentos de la historia de la Nación o siendo fiel gregario de gestas épicas que transforman el corazón de Colombia.

Difícilmente usted encuentra un líder con sus características, que sea capaz de despojarse de su ego, de esa intención perversa de ser siempre el primero, el siguiente de la fila, el ungido, paradójicamente, zafándose del complejo de Adán, tan propio de los políticos… al contrario su definición siempre ha sido entregarse a la convicción de que se puede construir país e historia, cumpliendo bien sea el papel protagónico o siendo el último extra del reparto, con humildad, con alegría, con convencimiento y coherencia.

Eso es Antonio, un líder experimentado capaz de construir desde la selva, el barrio o la nación; un dirigente con la coherencia suficiente para entender los aciertos y desaciertos; un conductor que valora suficientemente el papel de ser ayudante o pasajero; un comunicador de hablar enredado, cuya transparencia y compromiso con la palabra empeñada es inexpugnable y sorprendentemente claro; medio hombre, cuya grandeza no está en su físico, sino en el convencimiento de que la “Mayor Revolución es la Paz”. Gracias Antonio Navarro Wolf.

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