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Esperanza

August 1, 2017

La comunicación parece un concepto en decadencia. El gobernante más poderoso del mundo no logra encontrar un vocero adecuado para comunicar su discurso y hacer comprensibles sus decisiones. Al mismo tiempo, el cabecilla de “la revolución más avanzada del hemisferio” amenaza, insulta y balbucea en lenguas ininteligibles, mientras fracasa en aplastar la justa rebeldía del bravo pueblo. Estertores agónicos de un tirano empobrecido.


El poder de la palabra es un bien muy preciado para un verdadero líder. Todo mensaje que represente o que esté destinado a movilizar un conglomerado social debe ser asertivo, profundo y creíble. Y ya no importa su tamaño: un tuit tiene 140 caracteres capaces de paralizar la atención y plantear debates de opinión entre millones de personas en un instante. Y hasta ganarlos.


Colombia ha parido verdaderos genios en el arte de comunicar en distintos ámbitos, incluido el político: Alberto Lleras Camargo, Laureano Gómez, Jorge Eliécer Gaitán y especialmente el presidente Álvaro Uribe Vélez son maestros en la movilización de ideas y la canalización de la energía de todo un pueblo. Muchos ansían sus pronunciamientos. Los añoran. Incluso viven de ellos.


El ejercicio de la presidencia es un tema aparte. Conjurar las amenazas exige comprenderlas, interpretarlas y dimensionarlas oportuna y adecuadamente. Para neutralizarlas se necesita el respaldo, el sacrificio y la voluntad inquebrantable de todo un pueblo, no sólo de una mitad. Enfrentar desafíos que ponen a prueba el valor y la templanza de una Nación y prevalecer, requiere de mensajes claros, coherentes y llenos de esperanza. 


Nuestro Nobel de Paz calla la mayoría del tiempo y cuando habla, muy pocos creen. Su bandera de “La Paz” hábilmente vendida hace un lustro, luce hoy deshilachada y deslucida en manos del único presidente mas desacreditado que Maduro. Rodeado de escándalos, corrupción y cortinas de humo, ve impotente como sus alfiles le abandonan poco a poco. La “mínima diferencia” que tanto duele aún, es cada vez más grande y evidente.


La promesa de un ‘nuevo país’ -próspero, equitativo y educado- es un cascarón vacío acosado por la incompetencia de un aparato estatal diseñado para gastar, por la falta de justicia efectiva y por favorecer a unos adversarios vencidos que se dan mañas para mutar su derrota en prebendas.


El reto de su sucesor será enorme y extremadamente complejo. El poder corrosivo de la mermelada y las mentiras ha causado daños extensos a la estructura constitucional e institucional, al punto de no poder descartar el riesgo de otra reforma, la segunda en 30 años. Eso tiene mal cariz.


Si tuviéramos una paz verdadera, cimentada en la unión y el propósito común de construir, los riesgos serían manejables. Pero el lenguaje cínico y retador, la amenaza, el chantaje de aquellos acostumbrados a usar la brutalidad y el engaño para arrebatar, encaramarse y aferrarse al poder, no son factores que puedan ignorarse ni tolerarse. Deben ser contenidos y rechazados con la fuerza de la legitimidad democrática republicana y de la justicia bien aplicada, antes de que logren enquistarse en el gobierno.


Es momento de consolidar el esfuerzo de todos los años, décadas que debimos sacrificar para derrotar a los violentos que hoy posan de salvadores y de falsas víctimas. No es en tribunales confeccionados a la medida de sus intereses donde se hará justicia, ni en comisiones sesgadas donde se hallarán las verdades que necesitamos para reconciliarnos.


Las normas amañadas no resolverán los conflictos, ni los medios manipulados podrán enseñarnos la cultura de la convivencia pacífica. No son obras untadas de sobornos las que lograrán el desarrollo social y económico, ni librarán al campo de la pobreza.


¿Cómo puede haber paz sin seguridad jurídica, sin emprendimiento que genere buen empleo, sin innovación competitiva que produzca riqueza? ¿Acaso es posible sostener la seguridad y la integridad de la Nación con impuestos que asfixian al ciudadano, sin defender la propiedad o sin atraer la inversión? ¡Hoy sabemos que en 3 años la Fuerza Pública se redujo en 10%!


Admitiendo como medianamente cierta la promesa de desmovilización, el desarme parcial y creyendo sincera la voluntad de reinserción de una parte (no todos) los amnistiados, aún hay esperanza de conformar un liderazgo capaz de retornar al camino correcto, de encontrar la unión que nos dio la victoria, de hallar en nuestros genuinos valores y principios la razón de luchar por una herencia perdurable para nuestros hijos.


La verdadera esperanza del pueblo colombiano está en el legado de trabajo, trabajo y más trabajo, grandes esfuerzos y algunos sacrificios. Ese cuyos efectos aún se perciben y que resiste los intentos de demolición que pretenden debilitar lo construido con tanto empeño y valor. No podemos seguir dando marcha atrás. La Patria Republicana aún vive y prevalecerá sólo en democracia.


Ñapa: El enroque en Bruselas ratifica la infinita soledad y la desconfianza del Jefe de la difunta 'Unidad Nacional' en sus propios escuderos. ¿Quién resucitará en el anunciado relevo de gabinete?

 

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