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Educar para la Paz

May 6, 2017

Casi desde que se terminó la guerra de Independencia, Colombia ha estado en un conflicto político permanente. Bolivarianos y santanderistas, federalistas y centralistas, liberales y conservadores se han enfrascado en luchas estériles donde lo que ha primado son los intereses particulares sobre el progreso general.

 

Después del asesinato de Jorge Eliécer Gaitán el país entró en una confrontación armada y verbal permanente desencadenándose ese período desafortunado conocido como ‘La Violencia’ y que se ha prologado hasta nuestros días. Es evidente que todo se reduce a la lucha por el poder que apunta a una sola dirección: los apetitos desmedidos y el olvido absoluto por parte del Estado de las reformas sociales que le permitan a la nación dirigirse hacia un desarrollo satisfactorio en todos los campos, para convertirnos en un sitio pacífico donde se goce de una excelente calidad de vida. Son más de dos siglos desperdiciados en rencillas de todo tipo donde la vanidad y la soberbia siempre salen victoriosas y la muerte triunfa indicándonos que nos dejamos arrastrar por la intolerancia y la escasa inteligencia.


El país es para el mundo un territorio inhóspito. Hay que reconocer que es frecuente que hasta el más mínimo reclamo puede poner en peligro la vida de quien lo hace. Se dice, y las referencias periodísticas lo constatan, que incluso solicitar que se baje el volumen de la música a un vecino es motivo suficiente para cometer un asesinato. Se sabe que cuando se habla de estos grados de exacerbación psíquica no se está mintiendo. Por lo tanto, es indispensable cuestionarse sobre los valores que se difunden en la educación colombiana. Hay que tener claro que además de que el nivel de instrucción es muy bajo, la transmisión de una ética que garantice una convivencia armónica es casi nula. Se hace necesario e impostergable que los mayores esfuerzos estén dirigidos a cambiar el estado de desorden y abandono en que se halla postrada nuestra sociedad. Del mismo modo que existe una falta de preparación adecuada para la vida laboral también se dan una serie de acciones desafortunadas que impiden un avance significativo en lo que se refiere al respeto hacia el otro y al compromiso por mejorar las relaciones entre los seres humanos.


Es evidente que en esta nación se miente constantemente sobre los niveles de escolaridad, la cobertura, las condiciones  deplorables  en que miles de niños asisten a la escuela, (por no decir millones), la falta de una remuneración adecuada para los maestros y hasta  la precariedad de los salones de clase. Se sigue creyendo que si se oculta la realidad todo se solucionará mágicamente y que así se obviaría tener que realizar el mayor esfuerzo por salir del atraso en que nos encontramos. La desidia ha sido una constante. Es un hecho que difícilmente podría ser de otro modo, sobre todo si se tiene en cuenta que los ministros de educación no se eligen viniendo de la academia, ni son docentes que hayan vivido el día día la precariedad y fragilidad de nuestro sistema educativo, sino que, por el contrario, proceden de los estamentos políticos más corruptos dónde la capacidad intelectual es remplazada por el número de votos puestos en las elecciones.


Aún así, con tanto dolor y lágrimas, con tanta heridas aún sangrando se ha abierto para Colombia un pequeño resquicio por el que podríamos comenzar a construir una nueva sociedad. El acuerdo de Paz firmado entre el grupo insurgente de la Farc y el gobierno nacional es el inicio de un camino que, aunque empinado, largo y culebrero, puede cambiar el curso de nuestra amarga historia.


El primer cambio para iniciar la construcción de un nuevo país es enfocar los máximos esfuerzos hacia una reforma educativa de la que surja una mentalidad diferente, asumiendo la vida como ese proceso donde se la prioridad sea la creación de un consenso social que haga énfasis en el valor de la preservación de la vida y en la necesidad de oír, respetar y tolerar las ideas y opiniones ajenas por diferentes que sean.


Colombia no es pionera ni guía en educación. Eso lo sabemos nosotros y lo sabe el mundo. Sus estándares están muy por debajo de la media del mundo occidental. En Latinoamérica su desempeño es tan pobre que únicamente supera al Perú. Ese dato tan alarmante parece, sin embargo, no importarle ni a los padres, ni a los maestros y mucho menos al gobierno central. Se olvidan todos que la única forma de conseguir desarrollarse para dejar atrás la pobreza es logrando que la mayor cantidad de colombianos tengan una instrucción de calidad e integral, donde se funda el conocimiento del entorno, se capacite para realizar transformaciones significativas dentro de la sociedad e igualmente se determine, a través del ejemplo, que la vida humana es el valor supremo de toda sociedad.


Este país debe saber que el conocimiento científico, la investigación juiciosa y profunda asó como los trabajos de campo humanistas son la forma de llegar a superar obstáculos pero con sólo esto no basta. Es prioritario fijar parámetros donde se aprenda a actuar con honradez,  donde se sepa que la mentira debe erradicarse de la conducta habitual de los colombianos y  tener presente que la verdad nos libera, que los principios de autoridad no nos limitan para la vida sino  que garantizan un orden y un respeto de los unos hacia lo otros, que el abuso del poder no es un derecho sino un comportamiento patológico que debe ser sancionado ejemplarmente, que negar la realidad no evita los problemas sino que los acrecienta, que la responsabilidad social es una asunto de todos , no de un ente externo situando en un lugar invisible de la estratosfera, que la impunidad lleva a hechos de violencia siempre más desmedidos, que el valor de la justicia insobornable  es lo que resguarda nuestra vida, que la sabiduría consiste en amar al prójimo como a nosotros mismos, que el hablar de Dios entraña un compromiso con una ética inquebrantable, que no se puede ser plenamente feliz cuando el vecino se muere de hambre y  que el libre desarrollo de la personalidad no quiere decir permitir que los niños y adolescentes actúen  como si el centro del mundo estuviera en sus ombligos.

 

En fin, educar para la Paz es crear conciencia de que un cambio urgente e impostergable debe ser gestado entre todos y no aniquilarnos como lo hemos venido haciendo desde hace más de doscientos años. Se trata de no hablar tanto y de pasar a la acción para que esta Colombia, que decimos querer tanto, pase del atraso de tantos siglos a ser una nación considerada como ejemplo de un pueblo que salió de una larga crisis y supo verdaderamente que la violencia no resuelve nada y que el camino de la civilización es lo que verdaderamente se puede denominar la Paz. No es la Paz de los sepulcros. Es la Paz de la vida lo que todos queremos lograr porque tanto dolor debe ser enterrado.


Cartagena, mayo de 2017

 

 

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