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Urge buscar 'Acuerdo sobre lo fundamental'

March 16, 2017

No es fácil para el ente colectivo, creo que nunca lo ha sido, perdonar a quienes han causado heridas. No es fácil perdonar las ofensas, los ataques, los desaires, los desaciertos, los odios, las venganzas, los rencores, los olvidos, las traiciones… Pero es necesario. Es necesario que como sociedad asumamos una actitud que permita reconstruir el tejido social, siempre y cuando podamos -como proponía Álvaro Gómez Hurtado- lograr un ‘Acuerdo sobre lo fundamental’.


Un acuerdo que permita consolidarnos como sociedad sin que se ahonden –aún más– las diferencias. Un acuerdo que nos facilite priorizar qué y para qué funcionamos como colectividad, y que los postulados de equidad, justicia y desarrollo social sean priorizados a la hora de definir consensos.


Un acuerdo que nos permita identificar lo que nos une, pero –sobre todo– identificar qué es lo fundamental. El respeto a la vida y a la dignidad del ser humano que construyan el camino hacia la paz. Una paz real, una paz cercana a todos y a todas. Una paz interiorizada en una Colombia que clama transformaciones urgentes. Una Colombia en la que todas las corrientes políticas y filosóficas tengan cabida, sin exclusiones. Con respeto al disenso. No es fácil, porque mientras se habla de paz, hay quienes promueven el odio, el rencor y el resentimiento. No es fácil, porque no nos hemos puesto de acuerdo en lo fundamental. No es fácil, porque ya son muchos quienes no se sienten representados en las decisiones de la institucionalidad.


Una institucionalidad corroída, en parte, por hechos de corrupción. Respecto de este tema, la pregunta que debemos formular es: ¿sólo hay corrupción entre quienes detentan el poder o ejercen funciones en el sector público? Sabemos que no. Los actos de corrupción –hacer pedazo lo que está bien– comienzan a desarrollarse en la vida cotidiana: cuando alguien se ‘cuela’ en la fila, cuando otro evita pagar el pasaje de transporte público, cuando ‘compra’ productos de contrabando o pirateados, cuando soborna al agente de policía, cuando el agente de policía ‘busca’ obtener un ‘algo adicional’, cuando alguien hace ‘uso’ y ‘abuso’ de las relaciones para lograr beneficios particulares, cuando ‘logra’ que le contraten a cambio de favores, cuando recurren a la ‘trampa’ para ganar el examen…


Sí. Quienes detentan funciones públicas, antes de hacerlo, ya eran ciudadanos o ciudadanas en ejercicio que pretermitían el cumplimiento de deberes cívicos elementales. Por lo que no es difícil concluir –hecho ya sabido– que no es un Gobierno u otro el que está infestado. Es la prueba de que como integrantes de la sociedad hemos sido permisivos y omisivos con las conductas dolosas (no me refiero solo a las tipificadas como delito). El imperio del facilismo y de la trampa fortalecido con dineros del narcotráfico y de la corrupción han socavado las bases éticas de la sociedad.


Siempre he sostenido que la más terrible de todas las violencias es la corrupción, porque ésta engendra a las otras violencias.


Parecería que todo está por hacer. Eso sería lo mejor, pero no es así. Grandes e importantes avances ha tenido nuestra Nación en la consolidación de las instituciones democráticas. Cierto es que hay una dicotomía social entre el pensar, el decir y el actuar. Por ello, reitero, urge acordar qué es lo fundamental que nos permita evitar el caos, y enfrentar con decisión el reto de recomponer el Estado de Derecho.


De eso se trata. Que como sociedad aprendamos a convivir en paz, respetando las diferencias que nos individualizan y aceptando que las mismas nos fortalecen como colectividad. Urge, como lo he expresado en múltiples ocasiones, que el primer paso fruto del consenso sea fortalecer principios y valores que nos permitan hallar la senda idónea hacia el país que soñamos. Un país en paz, incluyente, tolerante y respetuoso de las diferencia.
No es fácil la tarea, pero tampoco es imposible. Sólo tenemos que desarmar la palabra y acorazar nuestros corazones en esa búsqueda. Paso a paso…

*   *   *

En la pasada revista CIUDAD PAZ, el columnista Fernando Martínez Cure propuso debatir sobre las corrientes pacifistas con el fin de facilitar la toma de decisiones en torno a las mismas, en aras de promover el ahimsā (principio de la no-violencia).
Aun cuando busquen un resultado similar, coincido que el pacifismo –pasivo e inocuo– no es sinónimo de no-violencia –persuasión a través del activismo político sin recurrir a la fuerza física–. Cuando Jesús urgía no responder los ataques y ‘poner la otra mejilla’, promovía el pacifismo. En cambio, Gandhi1  –gestor de la no-violencia– propuso el satyagraha (aferrarse a la verdad) como mecanismo político eficaz. Sostenía que la no-violencia2 era un estado perfecto, por lo que la ahimsā absoluta no se podía alcanzar y que quien alcanzase la no-violencia “simplemente sería un hombre”, no un santo.
Por su parte, el francés Pierre-Joseph Proudhom3 auguraba, en 1853, que “nunca seremos perfectos”.


Así lo creo. No hemos sido, no somos ni seremos seres humanos perfectos. Porque llevamos a cuestas nuestra naturaleza… Esta que arrastra hacia el odio o conduce hacia el amor. Ya Thomas Hobbes4 lo había preconizado: las pasiones del ser humano5 le lanzarían a una “guerra permanente de todos contra todos”, porque según él, “el hombre es un lobo para el hombre”. Hobbes sostenía que la búsqueda de paz tenía origen en el miedo a la muerte.6


¿Nos dejaremos apabullar por la condición humana sometidos por el leviatán? O, racionalmente, ¿procuraremos la paz ejerciendo nuestro derecho a la no-violencia?


Por mi parte, opto por la segunda opción. Un compromiso real y objetivo con la búsqueda y concreción de la ahimsā. Es decir, ejercicio orientado a promover la no-violencia como mecanismo efectivo que permita el logro del Estado Social de Derecho instituido para garantizar el pleno ejercicio de los derechos ciudadanos. Un Estado orientado a satisfacer las necesidades de la Nación, para lo cual es imperativo lograr un acuerdo que nos permita identificar lo que nos une, pero –sobre todo– identificar qué es lo fundamental para el supremo bien de la colectividad.

 

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1 Mahatma Gandhi, (Porbandar, India británica, 1869 - Nueva Delhi, Unión de la India, 1948). Abogado. Conocido también como Bāpu, ‘padre’ en idioma guyaratí. Desde 1918 perteneció al movimiento nacionalista indio. Practicó la huelga de hambre, rechazó la lucha armada y promovió ahimsā (no violencia) como medio para resistir al dominio británico.
2 “La no violencia es un estadio perfecto. Es un objetivo hacia el cual se mueve toda la humanidad de forma natural aunque inconsciente”. Fuente: https://es.wikipedia.org/wiki/Mahatma_Gandhi.
3 Pierre-Joseph Proudhom (Besançon, Francia, 1809 - París, 1865). Político socialista. Uno de los padres del pensamiento anarquista y del mutualismo. Autor de Qué es la propiedad (Qu’est-ce que la propriété, 1840); Sistema de las contradicciones económicas o Filosofía de la miseria (Système des contradictions économiques ou Philosophie de la misère, 1846).
4 Hobbes, Thomas. (Westport, 1588 - Derbyshire,  1679). Filósofo inglés. Teórico del absolutismo político. Autor de Leviatán (1651).
5 Hobbes: “Pero ninguno de nosotros acusa por ello a la naturaleza del hombre. Los deseos, y otras pasiones del hombre, no son en sí mismos pecado. No lo son tampoco las acciones que proceden de estas pasiones, hasta que conocen una ley que las prohíbe. Lo que no pueden saber hasta que haya leyes. Ni puede hacerse ley alguna hasta que hayan acordado la persona que lo hará. (Leviatán, XIII).
6 Hobbes. “Las pasiones que inclinan a los hombres hacia la paz son el temor a la muerte; el deseo de aquellas cosas que son necesarias para una vida confortable; y la esperanza de obtenerlas por su industria”. (Leviatán, XIII).

 

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