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Pervitin

March 1, 2017

Esta narrativa irracional nos está matando.

 

Dos ejemplos:

- El atentado terrorista con bomba en La Macarena, que causó la muerte a un Patrullero del ESMAD, heridas a otras 38 personas y afectación a varios inmuebles, fue tratado en el tuit de Presidencia como un ‘incidente’.


- José Manuel Sierra Sabogal, alias ‘el zarco Aldinever’, responsable de los frentes de las Farc concentrados en Uribe (Meta), calificó el historial terrorista de ese grupo armado como una suma de ‘imprudencias’.


Estas dos píldoras para la desmemoria son sencillos ejemplos sobre cómo se aclimatan procesos políticos y sociales mediante el uso de un lenguaje ficticio y prefabricado.


El bastardeo histórico es un tema pendiente en Argentina, donde la narrativa oficial desapareció, maquilló o alteró cualquier referencia al terrorismo sanguinario de la izquierda radical en tiempos de democracia, en los 70s, antes de la dictadura, no en la represión. Una suerte de negación enfermiza que mantiene en la impunidad la justicia debida a miles de víctimas masacradas por unos ‘jóvenes idealistas’ que amnistiados terminaron ocupando altos cargos de gobierno en las administraciones precedentes.


Aquí debemos comenzar ese debate. Superando el sesgo de los contenidos del Centro de Memoria Histórica, la prensa diaria hace importantes contribuciones para evitar llamar las cosas por su nombre: para ciertos personajes los secuestros son ‘retenciones’, las extorsiones son ‘impuestos’ y los asesinatos son ‘ajusticiamientos’. El reclutamiento de menores pretende dejar de ser forzado y quieren convertir la violencia sexual y los abortos en libres y consentidos, como si con la omisión de la palabra dejaran de ser crímenes sistemáticos.


Este delirio conceptual no es casual ni inocente. Es paralelo al confuso galimatías de los Acuerdos, induce al error y deja espacios para el sometimiento vía ‘fast track’. Es una especie de negación similar a la de los adictos, quienes minimizan la importancia y trascendencia de sus eventos para justificarlos, proyectando en los demás las culpas. Es una forma de evadir realidades presentes, proyectándose a un futuro ilusorio, imaginario.


Esto me recuerda la reciente intervención de Norman Ohler en el ‘HAY Festival’ de Cartagena, con ocasión de su libro ‘High’ Hitler’, en el que presenta su investigación (no ficción) sobre el uso extendido de fármacos y estimulantes en el Ejército, la población alemana del Tercer Reich y sus líderes.


El autor afirma que el Pervitin, un alcaloide patentado en 1937 que contiene metanfetamina (actualmente conocida entre los consumidores como ‘cristal’, la misma de la serie ‘Breaking bad’), se distribuyó en Alemania como medicina de venta libre en los años 30: “En Berlín se convirtió en una droga de elección, como cuando la gente toma café para aumentar sus energías. La gente tomaba muchísimo Pervitin, en todas partes. La compañía quería que el Pervitin rivalizara con la Coca Cola. Esta droga hacía sentirse eufórica a la gente que la tomaba, lo cual encajaba con el estado de ánimo general antes de la guerra”, dijo Ohler en una entrevista a DW. El Pervitin fue restringido para venta con fórmula médica en 1939 y sólo declarado ilegal en 1941.


De otra parte, la cocaína, el alcaloide derivado del proceso de las hojas de coca cuya patente industrial inicial perteneció a Merck farmacéutica (lo que da origen al término coloquial ‘merca’), es una “droga simpaticomimética con propiedades estimulantes y euforizantes del SNC [sistema nervioso central]” que “causa hiperestimulación, alerta, euforia, sensación de fuerza y poder”, según lo precisa el doctor Patrick G. O’Connor, MD, MPH, Yale University School of Medicine en la mismísima página web de Merck.


Me aventuro a preguntar: ¿Podrá existir alguna similitud entre la euforia de ‘La Paz’, el lenguaje negacionista imperante y la narrativa que se pretende imponer, con los efectos anteriormente descritos? No lo creo, en la medida en que la paz verdadera no necesita fármacos para sostenerse en los corazones y las mentes de los colombianos. Pero, a veces la irracionalidad y la incoherencia de algunos pareciera se originara en algún espacio alterado de inconsciencia. Baste ver las cruzadas de opinión en redes, plagadas de insultos y nulas en respeto y argumentos, más parecidas a una yihad fanática que se cree destinada a anular o aislar cualquier oposición al proceso.


Todos los colombianos de bien anhelamos, trabajamos y luchamos día a día, de una u otra manera, por lograr la paz real y tangible, que nos congregue en un mismo propósito, sin divisiones, que nos proteja de continuidades que nos sometan -esas sí- a más sufrimiento, como el dolor que embarga a la familia Garibello por el infame y previsiblemente impune asesinato del Patrullero.


Ya es hora de salir y hacer un Frente Cívico Republicano, capaz de recuperar el poder de las mayorías democráticas y de pensar -en positivo- en un país de prosperidad real y transparente. Hay que tener el valor de recuperar la Constitución y las instituciones que sostienen una democracia republicana.
 

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* Rafael González Richmond es abogado, egresado de la Universidad del Rosario. Ha sido asesor del Ministerio de Defensa Nacional y del Ministerio de Hacienda y Crédito Público.
 

 

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