UNA REFLEXIÓN SOBRE EL TRABAJO

* A propósito del Día del Trabajo.

Mi padre dijo, cuando ya tenía 94 años: "Yo nunca he trabajado". Provenía de una familia acomodada que siempre pudo llevar una vida digna pero a la que no era posible vivir de la renta. Así que trabajó desde muy joven. Su primer empleo fue en los Censos Nacionales. Era abogado. Se especializo en Francia en Derecho Constitucional y eso en verdad lo apasionaba. Su interés por la política lo llevó al camino el periodismo de opinión. Escribía con mucho entusiasmo a diario. Se levantaba a las cinco de la mañana para poder realizar sus artículos de opinión y lo hizo siempre con gran entusiasmo. Tanto como político, como abogado y periodista sus ocupaciones laborales fueron un placer y no un aburridor modo de ganarse la vida.


Sus años de dedicación fueron una alegría para él. Tanto así que trabajó hasta un mes antes de morir. Estaba vinculado como director de la revista 'Crónica Universitaria' de la Universidad Sergio Arboleda. Me preguntaron muchas veces que yo por qué le dejaba seguir haciéndole y siempre contesté con la verdad: "Si se lo impido se muere". Efectivamente así sucedió.


Los seres humanos tenemos la necesidad de sentirnos productivos, no únicamente desde el punto de vista económico sino esencialmente para la sociedad a la que pertenecemos y para sentir que nuestro existir no ha sido en vano.


Sin embargo, muy pocas personas tienen el privilegio de trabajar en lo que les apasiona como le sucedió a mi padre. Por eso él sentía que lo que hizo durante su vida laboral para ganarse el sustento diario y así educarme, cumplir sus obligaciones monetarias, cuidar a su familia, llevar una vida digna no representó para él una obligación engorrosa y aburrida sino un placer incalculable.

¿Cuándo se cambiará esa mentalidad tan estrecha que han manejado por muchas décadas los gobernantes que hemos tenido?

En la realidad cotidiana, no sólo de los colombianos sino de mucha gente en el mundo, son muy pocos los que trabajan en lo que los apasiona. Conocemos directamente o por las informaciones de los medios de comunicación que son millones de personas en todo el planeta los que se ven obligados a realizar un oficio en condiciones de explotación laboral, pesimamente remunerados, que deben pasar por alto humillaciones diarias y a los que la vida se les va esperando un golpe de suerte para salir de la miseria y del hambre. Se les repite a diario que “el trabajo dignifica al hombre” pero sus sufrimientos son tales que esa dignidad no surge por ningún lado.


Miremos por un momento la situación de los trabajadores en Colombia y reflexionemos. Para realizar bien un trabajo urge que se haga con pasión, con genuino interés por aprender más cada día que pasa y con una responsabilidad inquebrantable. Eso parece ser muy sencillo pero que en países como el nuestro resulta casi imposible de realizar. Como bien sabemos, la falta de oportunidades laborales obliga a miles a subemplearse o hacerlo en labores informales, tienen que pararse en los semáforos para vender chucherías o limpiar los vidrios de los carros a cambio de unas pocas monedas. La carencia de una política pública seria, no discriminatoria, hace muy difícil que muchos hombres y mujeres digan lo que dijo mi padre. Conocemos, por ejemplo, a muchos albañiles o maestros de obra que soñaron con ser arquitectos o ingenieros civiles y tuvieron que trabajar desde su adolescencia y jamás pudieron entrar a una universidad por los altos costos de educarse. De otro lado, ¿Cuántos profesionales deben emplearse como taxistas o como cajeros en un gran almacén sin poder jamás retribuirle al país con en sus aportes en el campo del conocimiento para el que están capacitados?


¿Cuándo se cambiará esa mentalidad tan estrecha que han manejado por muchas décadas los gobernantes que hemos tenido? Hay que entender, de una vez por todas, que ese es el motivo por el cual no progresa en muchos campos nuestra querida Colombia. Reconozcamos: El trabajo en nuestra para muchos se convierte en un suplicio cercano a una esclavitud encadenada donde sólo se hace para no morirse de hambre.


Un hombre privilegiado, como mi padre, que amó su trabajo es una excepción. No la regla que nos rige. Tristeza infinita e indignación debemos sentir los ciudadanos ante un paisaje tan desalado…


Cartagena, mayo 2021 .