¡SUMÉRGETE! ATRÉVETE A NADAR

* ¿Cuántas veces nos hemos arrepentido de habernos quedado solo en el intento?

¿Cuántas veces hemos estado al borde de iniciar algo y el miedo nos impide hacerlo? Y, un tiempo después, nos hemos visto de lejos mirando aquello que pudo haber sido y no fue. ¿Cuántas veces nos hemos arrepentido de habernos quedado solo en el intento?

“El único riesgo en la vida es no arriesgarse”. Me gusta esta frase de J. R. Briggs, autor del libro ‘Cuando Dios te dice que saltes, ¡salta!’. Los temores, los miedos, las malas experiencias del pasado y —sobre todo— la falta de fe, nos llevan al fracaso. Y es un fracaso aún mayor, el fracaso de ni siquiera haberlo intentado.

Es la voz de ese duendecillo interno que te grita: “Tú no puedes”, “para qué lo intentas si ya a otros les fue mal”, “eso no es para ti”, “es mejor pájaro en mano que mil volando”, “pon los pies en la tierra y deja de soñar”.

A veces estás a punto de lanzarte al agua, y otra vez aparece el endiablado duendecillo que te advierte con una pregunta que de sopetón frena todo tu impulso: “¿Y si te va mal?”. De nuevo los sueños se hacen añicos al estrellarse sobre los peñascos del temor. Es el fantasma del miedo que paraliza y que nos hace ver sólo limitaciones y no el gran potencial que hay en nosotros.

En esta sociedad competitiva donde todo avanza a pasos agigantados, rendirse no es una opción. Pelea, pelea la buena batalla y si pereces que perezcas.

Yo no sé qué es lo que has intentado hacer por muchos años, pero si tú no lo haces otro lo hará. No hay nada que produzca una sensación de impotencia, tristeza y dolor que ver a otros conquistar los sueños de aquello que pudo haber sido tuyo. Es triste perder batallas sin haber intentado siquiera pelear.

En esta sociedad competitiva donde todo avanza a pasos agigantados y en cuestiones de semanas nos quedamos rezagados, rendirse no es una opción. Pelea, pelea la buena batalla y si pereces que perezcas. Pero aún sobre los escombros de la aparente derrota, eres en realidad un ganador. Has ganado experiencia, has aprendido la manera de hacerlo de una forma mejor. Y lo más importante, has enfrentado tus propios miedos, has fortalecido la confianza en ti mismo. Y esto me gusta, le has creído a Dios.

No se trata de darse coces contra el aguijón. No es cuestión de actuar de una manera irracional, ilógica y contra todo pronóstico (aunque a veces hay que hacerlo de esa manera). Se trata de calcular, analizar los pros y los contras, mirar más allá del horizonte, empoderarte y lanzar la piedra contra ese Goliat que te paraliza.

Me encanta cuando nuestro manual de instrucción, la Biblia, nos recuerda que la fe nos permite movernos en el camino de lo que aparentemente es imposible. Jesús, el Hijo de Dios, dice en el evangelio según San Marcos (9:23): “Si puedes creer, al que cree todo le es posible”.

Y basta echar una mirada a la Biblia en el libro de Hebreos para ver a los titanes de la fe. Todos ellos, “por la fe conquistaron reinos, hicieron justicia, alcanzaron promesas, taparon bocas de leones, apagaron fuegos impetuosos, evitaron filo de espada, sacaron fuerzas de debilidad, se hicieron fuertes en batallas, pusieron en fuga ejércitos extranjeros” (Hebreos 11:33-34).

Me encanta como la Biblia define la fe: “Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve”. A veces nos quedamos paralizados convenciéndonos a nosotros mismos que lo que estamos a punto de intentar es una tarea imposible, o que las posibilidades de fallar son muy altas.

Pero como dice mi madre, haciendo gala de la sabiduría popular, “lo único seguro en la vida es la muerte”. Lo demás, todo lo demás, exige un grado mayor o menor de riesgo. La misma vida requiere de esfuerzo, trabajo, dedicación. “Para comer huevos hay que quebrarlos”, dice doña Carmen refiriéndose a la parte que nos toca hacer, esa parte que nadie puede hacer por nosotros. Si fuera fácil, cualquiera lo haría. No te preguntes si es fácil, convéncete de que es posible.

Una de las preguntas que más daño nos hace cuando intentamos emprender algo es: ¿Y si me va mal?, eso me ha hecho fracasar miles de veces antes de intentarlo. Y la única manera que he encontrado para vencer ese gigante que me atemoriza es replantearme la pregunta: ¿Y si me va bien?

Nelson Mandela, el padre de la moderna Sur África, lo dejó muy claro: “Siempre parece imposible hasta que se hace”.


Era muy niño cuando aprendí a nadar y a montar a caballo, era tan pequeño que no recuerdo la edad exacta. Vivíamos en un pueblo estancado en el tiempo, en las estribaciones de la Sierra Nevada de Santa Marta (norte de Colombia). No teníamos acueducto, así que parte de la vida social diaria transcurría en el río Chimila. Solo recuerdo que comencé a sumergirme en el agua poco a poco hasta que un día estaba flotando, y sin darme cuenta me hallé nadando.

Y todo comenzó porque --venciendo mis temores infantiles-- me atreví a poner un pie en el agua. Igual me pasó con los caballos que tenía mi padre, un día, haciendo de tripas corazón, fui capaz de poner un pie en el estribo, y poco tiempo después ya estaba cabalgando.

¿Qué es lo que te aleja de tus sueños? ¿Qué es lo que te impide poner un pie en el estribo y cabalgar por las montañas y llanuras de la vida? ¿Qué es lo que te frena para sumergirte y nadar en aquello que te apasiona? ¡Salta! ¡Sumérgete! ¡Atrévete! Todo es posible para el que cree.