LA ECONOMÍA Y EL ESPÍRITU

* Rumbo económico de América Latina conduce hacia la verdadera violencia, cuando la rabia sea más poderosa que el miedo.

“Los humanos existimos unos para otros”.

Marco Aurelio


En el período medieval, feudal, en Europa, las comunidades humanas se estructuraban básicamente sobre la religión que a su servicio tenía la política y la familia.


Seres poderosos, los eclesiásticos, para su conveniencia, habían sembrado la idea de que se puede perderlo todo menos el alma. La propiedad espiritual era lo más importante.


La política, aliada con la religión, era un factor que ayudaba a la expansión de la Verdadera Fe. Se estableció que el poder del rey y de la nobleza venían desde el mismísimo Dios, quien los denominaba intermediarios para administrar y recibir su justicia.


La familia era donde se aprendían esos rudimentos de la fe, que en el caso de la nobleza era una fe mucho más ilustrada y sofisticada.


En el siglo XVIII esa organización feudal de la Cristiandad medieval se desmorona con la Ilustración. La religión queda reducida al ámbito privado de la conciencia. Sin embargo, los ilustrados, que comprendían la importancia de la religión, aceptaron al Dios cristiano como el principio del Universo, pero insistiendo en que la construcción de la sociedad era un asunto humano. El cristianismo perdió su pleno protagonismo en la configuración del mundo de los hombres.


Sin el dique de los principios cristianos, la ambición y la codicia, el egoísmo y la mezquindad que, de hecho, manejaban los poderosos, se desbordan y se confirman como una característica del ser humano. Lo que queda es una pretensión de paz en forma de equilibrio económico. Se impone estructurar una especie de pacto social.


Surgen actividades intelectuales que buscan el desarrollo de los pueblos mejorando sus condiciones de vida material. En ese camino aflora una ciencia social, política, histórica y matemática: la Economía.


El hombre no inventa nada, sólo descubre o interpreta. Dos personajes fundamentales interpretaron la economía de manera diferente: el inglés Adam Smith (1723-1790), considerado el padre de esa ciencia, quien en su teoría del Capitalismo combina la historia, la naturaleza humana, la ética y el desarrollo económico.


Se consideraba así mismo un filósofo moral, entendió y expuso la idea de un sistema de organización social como alternativa a la articulación societaria vigente desde la Edad Media. Vio la economía como la organización de la producción, según la división del trabajo a partir de un capital, que tiene como impulsor la búsqueda del propio interés. Hablar de su teoría no es hablar sólo de economía, sino referirse a un modo de configuración social. La idea que subyace en el fondo de este filósofo pragmático es que el ser humano es un potencial competidor frente a los demás, de su propio interés.


Proyectó una manera de articular la sociedad. La organizó sobre lo visible: la propiedad y el poder, más que sobre lo intangible: la conciencia y el espíritu. Smith lleva a cabo la posibilidad de vivir en armonía social, bajo el supuesto de que la mayoría de los hombres piensan más en los intereses externos que en el bien interno.


Otra personalidad que descolla en la Economía es el judío alemán Karl Marx (1818-1883).


Sus profundas teorías económicas y filosóficas fueron convertidas en ideologías políticas que contrariando la democracia desembocan en dictaduras de un partido para terminar en tiranías de un solo individuo que condujeron al desastre. El socialismo, desde el punto de vista netamente económico, tal como lo desarrollaron los dictadores, fracasa a largo plazo porque adolece de cuatro (4) defectos fundamentales en su implementación:

· En primer lugar, abolieron la propiedad privada y la reemplazaron por la del Estado, distorsionando el factor del incentivo.

· Segundo, no permitieron mecanismos para descartar métodos de producción ineficientes.

  • En tercer lugar, erradicaron el mercado.

  • Cuatro, el método económico que crearon bajo el ala de algo que denominaron comunismo, con su ausencia de propiedad privada y de mercado libre, impide la coordinación económica entre el sistema de división del trabajo y el capital.

El sistema Socialista implementado en la URSS, en China o en Cuba no reflejó nunca los verdaderos ideales marxistas y terminó por reproducir, peor, los mismos vicios, desigualdades, privilegios y corrupción que le critican al Capitalismo. Si bien Marx partió del equivocado supuesto de que el ser humano puede prescindir de la ambición y el egoísmo para vivir de modo igualitario y sin clases sociales, nunca concibió una nación comunista tal y como la conocimos en la ex Unión Soviética, China Popular o Cuba. Las ansias de poder degradaron el ideal marxista de la existencia de una sociedad sin clases.


El capitalismo de Estado de los socialistas no dista mucho del capitalismo privado del Capitalismo en cuanto a los resultados prácticos de miseria de una gran mayoría, sojuzgada por el dominio y preponderancia de élites, porque técnicamente, tanto las políticas del Capitalismo como las del Socialismo carecen de mecanismos que neutralicen motores perversos que también mueven la economía, y que generan una peligrosa injusticia y disensión que ambos sistemas sólo pueden mantener y controlar con la amenaza de las armas.


Estas dos teorías económicas fueron determinantes en el siglo XX. Muchos de los argumentos que esgrimen tanto Marx como Smith son necesarios para sostener una sociedad económicamente saludable.

El sistema dominante implica que (...) unos cuantos poderosos se aprovechan de la situación precaria de muchos otros seres a los que agotan su tiempo y su energía.

El fracaso del comunismo no impide conceptuar que finalmente una humanidad consciente tendrá que asumir un sistema económico mucho más equitativo, seguramente en un futuro tan lejano que habrán desaparecido las fronteras.

El futuro del capitalismo está lejos de un colapso, pues una de las ventajas que lo acompañan es su capacidad para innovar creativamente, actualizarse y reactivarse dinámicamente como sucedió con la gran labor de economistas, políticos y genios del marketing, que impulsaron con gran dinámica la idea de una “evolución económica” a la que denominaron alegremente libertad de mercados, apertura, neoliberalismo o globalización.


El sistema dominante implica que para aumentar su poder económico mediante procesos que multiplican sus ingresos, unos cuantos poderosos se aprovechan de la situación precaria de muchos otros seres a los que agotan su tiempo y su energía.


“USA y los países europeos se industrializaron, se hicieron poderosos y hoy consideran ideal el planteamiento del Capitalismo pues finalmente se llegó a que ese sistema se rige por la ley del más fuerte, por lo que desde un comienzo prosperaron a nuestras expensas, y resultamos siendo dependientes de sus economías.


Bajo ningún punto de vista somos países capitalistas. Pertenecemos a ese tercer mundo sin el cual no es posible que funcione el Capitalismo de los países desarrollados. Los valores más preciados que nos vende el capitalismo: libertad, libre competencia, propiedad privada, son principios que funcionan pero si parten de la premisa de una igualdad de oportunidades, que no es nuestro caso. Aquí, el capitalismo se torna en plutocracia, en dictadura de unos cuantos dominantes poderosos sobre multitud de dominados débiles, exhibiendo como naciones un desarrollo ficticio en complicidad con dirigencias condicionadas que presentan índices “positivos” que realmente son utilidades de grandes grupos económicos/financieros.


El sistema capitalista se desvirtúa en la América Latina por nuestra carencia de infraestructura comercial e industrial adecuada y por una base cultural que no es propicia para enfrentar el desafío económico actual, donde las estructuras institucionales que tenemos no suministran garantías, por lo que la incertidumbre frente al futuro lleva a que en nuestros países se desarrollen toda suerte de comportamientos improductivos.


Nuestro capitalismo internacional es un canje que beneficia solamente a una de las partes, a costa de la calidad de vida de multitud de seres humanos. El déficit que genera este proceso es 'generosamente' compensado por un alto nivel de endeudamiento, absorbido por la corrupción.


Y nuestro capitalismo interno es un proceso de subdesarrollo, contaminado por subsidios o asistencias que buscan amainar la miseria, una 'caridad' que sólo consuela y produce dependencia.


Estamos atrapados entre dos concepciones filosóficas, políticas y económicas europeas que nos trasladaron con sus antagonismos. Manejamos el Capitalismo y el Socialismo como doctrinas que hemos potenciado a polémicas pasiones que polarizan e incitan a enfrentamientos estúpidos, dramáticos, mortales, convirtiendo a esta región en campo de batalla, donde todo el tiempo, políticos, dictadores y ejércitos de “Derecha” y de “Izquierda” han venido suscitando enfrentamientos y luchas fratricidas en pueblos ignorantes, distrayéndonos de los verdaderos problemas”.[1]


En Latinoamérica, para que haya un rico se requieren muchísimos pobres. Son sociedades donde la limitada independencia material que puede llegar a adquirir un pobre, le exige el sacrificio de entregar todo su tiempo y su inteligencia. Somos sociedades que una élite mantiene astutamente en el límite del desespero.


Supuestamente hay leyes que protegen la ínfima propiedad privada de la gran mayoría de pobres, pero realmente se elaboran para proteger los grandes intereses de unos pocos.


El trabajo en Latinoamérica atiende sólo a la parte material de la existencia, no asegura en absoluto la atención de la parte espiritual de reflexión y búsqueda. Es una actividad puesta al servicio de la producción, juega un papel fundamental en el conjunto del bien común, pero no deja tiempo para adquirir riqueza de orden espiritual. Y una multitud que se encuentra sin trabajo, se ve obligada a consumir su tiempo y su energía en cavilaciones y actividades de supervivencia.


En el caso de las naciones latinoamericanas, en los individuos que componen nuestras sociedades domina un espíritu egoísta, el hombre latinoamericano se muestra indiferente y trata a sus semejantes en función de los beneficios que le reportan.


La riqueza de unos cuantos en las naciones latinoamericanas es fuente de infelicidad, por la colosal desigualdad que se genera.


El desarrollo del capitalismo viene generando una sociedad materialista, consumista y hedonista que se ha olvidado de lo espiritual. Nos hemos hecho consumidores de violencia, de bullicio, hipnotizados por la informática, concentrados en sensaciones, en contra de la ecología.


La crisis a la que asistimos es una crisis ética porque la actividad económica se fundamenta en la conducta moral.


Requerimos del ámbito espiritual por la esperanza en un mundo mejor donde se cumpla la justicia, asunto que no tiene nada que ver con la religión. Debemos asumir un espiritualismo que no signifique solamente un mero código moral, ni una devoción que satisface psicológicamente.


El bienestar del hombre necesita incluir eficacia espiritual. Cifrar la prosperidad de los pueblos tan sólo en el desarrollo económico es desconocer qué es el hombre. También es cierto que sin desarrollo económico no se da una auténtica plenitud humana. El hombre, que es una unidad sustancial de alma y cuerpo necesita la propiedad material tanto como el carácter de lo espiritual.


El rumbo económico de la América Latina, como va, conduce hacia la verdadera violencia, cuando la rabia sea más poderosa que el miedo.


“No solo de la precariedad material, sino también de su miseria espiritual, debe ser salvado el hombre”.


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1. Daniel Bernal, Let´s make of Latin America something big (Ciudad Paz), 2020.

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