'CUANDO OREN, NO SEAN COMO LOS HIPÓCRITAS'

* Los tiempos malos nos acercan a Dios y nos llevan a depender más y más de Él.

Dios responde a la oración, no hay duda, no porque nuestros argumentos lo convenzan sino porque conoce la necesidad que tenemos. Muchas veces nuestro clamor está cargado de muchas palabras y pareciera que quisiéramos impresionar a Dios. Es como si buscáramos convencer a Dios de que haga nuestra voluntad. Pero la oración sincera que brota del interior –y que ya el Todopoderoso conoce de antemano— es simple, sencilla, muchas veces tímida. Y sabes qué, eso toca el corazón de Dios.

Da la impresión de que desconociéramos la omnisciencia, omnipresencia y omnipotencia de Dios, atributos que únicamente le pertenecen a Él. Y es que cuando buscamos un lenguaje rebuscado o zalamero es como si se nos olvidara que Dios todo lo sabe, que Él está en todas partes y que tiene poder absoluto sobre la creación.

De hecho, Jesús refiriéndose a ese tipo de oración cargada de religión, legalismo y argumentos vacíos, nos dice: “Cuando oren, no sean como los hipócritas, porque a ellos les encanta orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas para que la gente los vea”. Y luego agrega: “Tú, cuando te pongas a orar, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora a tu Padre, que está en lo secreto” (Mateo 6:5-6).

No está diciendo Jesús que no se puede orar en público, pues de hecho Él oró en varias oportunidades de esa manera. Existen tiempos para la oración privada y tiempos para la oración pública o colectiva. Las dos tienen su lugar y su momento. Lo que Jesús está queriendo decir es algo más profundo, lo que Él quiere hacernos ver es que es muy importante lo que hay en nuestra mente y en nuestro corazón cuando hablamos con Dios (cuando oramos).

En repetidas ocasiones la gente pregunta cuál es la fórmula mágica para tocar el corazón de Dios. La respuesta es simple: hablar con Dios, pues eso es orar, no requiere de vanas repeticiones ni de ecuaciones precisas. La oración que llega al trono del Altísimo es tímida, sin ambiciones y sin pretensiones, pero al mismo tiempo es atrevida porque toca a las puertas del Dios creador del universo que inclina su oído para escucharnos.

El pastor y escritor Max Lucado, en su libro 'Todavía remueve piedras', nos dice: “Si está lidiando con la oración, tengo justo al hombre para usted: el padre de un hijo enfermo que tiene necesidad de un milagro. La oración del padre no es gran cosa, pero la respuesta y el resultado nos recuerdan que el poder no está en la oración, está en el que la oye”.

La historia a la que se refiere Lucado está en la Biblia en Marcos 9:14-27. En el relato bíblico Jesús llega al lugar donde la multitud está, pero de manera especial llega para extender la mano a un padre atribulado por la calamidad de su hijo. El muchacho sufría desde niño, y el padre sufría de igual manera con él. No hay manera de separar el sufrimiento de un hijo del sufrimiento de sus padres.

Es hora de empezar a orar más con el corazón y menos con el intelecto.

La súplica del padre fue sencilla, reverente, tímida: “Si puedes hacer algo, ten misericordia de nosotros, y ayúdanos”. Jesús escuchó al padre y le dijo: “Si puedes creer, al que cree todo le es posible”. El padre solo atinó a responder: “Creo”. Pero convencido de su incapacidad agregó: “ayuda mi incredulidad”. Pareciera decir: “Señor, si no es suficiente la fe que tengo, aun me basta tu misericordia”.

Jesús demanda fe, pero más allá de la poca o mucha fe el Hijo de Dios ve nuestro corazón, y lo que nos falte Él lo pone. Como dijo Max Lucado el poder no reside precisamente en la oración, sino en aquel que escucha nuestra oración. Solo se requiere una fe simple, sencilla y esa fe agrada a Dios (Hebreos 11:6).

A veces no entendemos por qué llega la tragedia a nuestras vidas, no alcanzamos a entender cómo es posible que todas las cosas (buenas y malas) nos ayuden a bien, como dice Romanos 8:28. Pero lo cierto es que los tiempos malos nos acercan a Dios y nos llevan a depender más y más de Él.

Este hombre de la historia de Marcos, había sufrido con la tragedia de su hijo desde que este era un niño. Y la oración y la impotencia de ese padre angustiado tocó el corazón de Dios. La oración fue sencilla y tímida, pero Jesús respondió con misericordia, con amor. Los milagros están cargados de eso: misericordia, amor, compasión.

El Salmo 34 en el versículo 6 dice: “Este pobre clamó, y le oyó Jehová, y lo libró de todas sus angustias”. Jesús respondió a la oración de este padre, respondió a su dolor.

Es hora de empezar a orar más con el corazón y menos con el intelecto. Que podamos presentarnos ante Dios con una oración sencilla, tímida, honesta. Jesucristo está interesado en nuestro problema y quiere ayudarnos. ¿Cuál es tu dolor? Abre tu corazón en oración a Dios.