BADÍA, ORFEO DE LA HOJA DE LIMÓN

* Talaigua era un pueblo que se movía por inercia y por la voluntad de Dios.

A Pedro Mancera Ibáñez,

Mi amigo de infancia

Figura emblemática de nuestra música

A Cindy Zaret, su nieta,

que heredó sus virtudes para la música.


Se llamaba Badía Naizzir y todo el mundo en el pueblo lo conoció como el Orfeo de la Hoja de Limón, porque a lo largo de su vida, la hojita de limón fue su instrumento musical, a la que sacaba con la magia de sus labios y los respiros de su alma prodigiosa, notas musicales de un bolero, chandé, cumbia, merecumbé, pasodoble, ranchera, tango o vals, que eran ovacionadas con admiración y aplausos por gente de todas las edades y condición, que se arremolinaba a su alrededor para escucharlo y en medio de la alegría y el entusiasmo de los oyentes, que al finalizar el concierto le tributaban emocionados una salva de aplausos y llenos de alegría y de felicidad gritaban ¡Ese es Badía, el Orfeo de la Hoja de Limón!


En aquellos tiempos pasados, como otras poblaciones de la región, Talaigua era un pueblo que se movía por inercia y por la voluntad de Dios, ya que la principal actividad de sus habitantes era la pesca y la agricultura, pues vivía bajo el peso del abandono de las autoridades de la palaciega y aristocrática Mompox. Fue en medio de esa atávica desidia que surgió la figura de Badía, el hijo de Don David Abad Naizzir Yacub y Doña Lucía Elvira Martínez, cuya gran virtud consistía en hacer brotar de la hoja de limón que se llevaba a los labios, un enjambre de hermosas melodías. “Con estos ojos que se ha de comer la tierra, juro que las notas brotaban por arte de magia de sus labios y se elevaban como mariposas de vistosos colores”, me dijo Arcemarca, pocos días antes de morir.


Aún tengo las imágenes y recuerdos de Badía, el Orfeo de la Hoja de Limón, pues siempre atribuía las virtudes para hacer sonar bellas notas musicales a las enseñanzas de sus ancestros por parte de padre, un sirio libanés que había llegado con sus hermanos a finales del Siglo XIX y a principios del siglo XX, cuando se dieron las grandes corrientes migratorias de ciudadanos “turcos” hacía los pueblos del Caribe colombiano, en donde, por lo general cuando llegaban, lo primero que hacían era establecer en la plaza principal del pueblo, un negocio de comercio, que vendía de todo: desde un tractor hasta una mano de guineo manzano.


Para esa época perdida en las hendijas de mis recuerdos, hubo otros músicos muy famosos que aún las personas mayores los evocan en ese pasado glorioso de geniales artistas de la población, como fueron Don Nacho Pineda, Lucio Bravo, Julio Castillo, los hermanos Mancera Soracá, Samuel, Plinio, Arturo y Ciro, y el Dueto de los Hermanos Martínez, Rodolfo y Wilfrido, que dejaron arpegiadas en el cielo de Talaigua ramilletes de hermosas melodías, llenas de bellas notas musicales que arrancaban con el estro de su alma a las cuerdas del tiple y de la guitarra, para celebrar un cumpleaños, honrar el alma religiosa de sus tradiciones o para llevar serenata a una novia despechada.


Para Badía, que tuvo la virtud de ser un prodigioso narrador, cualquier lugar era su proscenio para contar historias o para tañer la hoja de limón y despertar el alma adormecida de sus paisanos. Era mediano de estatura, de buena presencia, de piel blanca, cabellos lacios con los que se hacía un bucle que le daba un toque de artista del cine de la década de los años veinte, alegre y gran narrador de historias que, según él mismo decía las sacaba de las conversaciones con Seherezade.


Una de las grandes cualidades de Badía, además de su proverbial inventiva, era que se sabía de memoria muchas leyendas de músicos creados por él o inmersas en la Mitología, las que contaba con lujos de detalles, mientras la gente escuchaba con atención y entusiasmo. Algunas personas comentaban que en las mañanas cuando iba a La Envidia, la finca de su padre, lo primero que hacía era arrancar de uno de los árboles de limón una hoja tierna y verdecita que se llevaba a los labios para entonar bellas melodías, que atraían cientos de pájaros, algunos escuchaban y otros con sus trinos acompañaban la sinfonía. Era un espectáculo sentir el ruido del silencio en medio de aquellos árboles que servían de Proscenio a su concierto.

Para Badía, que tuvo la virtud de ser un prodigioso narrador, cualquier lugar era su proscenio para contar historias o para tañer la hoja de limón y despertar el alma adormecida de sus paisanos.

En los atardeceres de venado, y mucho antes que Helios se durmiera y Nyx desplegara el manto de la noche, se sentaba en las raíces de las ceibas milenarias que estaban a la orilla del Gran Padre Yuma y allí comenzaba a tañer melodías con la magia de su alma y el virtuosismo de la hojita de limón. Pero lo más extraordinario era que a la orilla se arremolinaba toda clases de peces, desde bagres, moncholos, sardinas y barbules que sacaban la trompa y se disputaban un lugar privilegiado para escuchar la música encantada. “Babillas y caimanes se disputaban a coletazos un lugar privilegiado”, solían decir algunas personas de aquellos tiempos pasados. Los pájaros errantes que en los meses de febrero y marzo en sus migraciones anuales, oscurecían el cielo no fueron sordos a la magia de las notas musicales ya que en silencio bajaban del cielo y ocupaban un sitio de privilegio sin tener en cuenta el pájaro de al lado.

Otras veces contaba historias sacadas de las entrañas de su prodigiosa imaginación y las mezclaba con personajes de la Mitología. Se sabía de memoria las cualidades de cada una de las nueve Musas, hablaba de la lira de Orfeo, el hijo de Calíope, la Musa y de Eagro,[1] rey de Tesalia y siempre concluía su relato diciendo que era descendiente de Erato, la Musa.


Al igual que el mítico Orfeo, que recorría los pueblos y ciudades el entorno seguido de bandadas de animales domésticos y salvajes, los que apaciguaba con su Lira, Badía, hacía otro tanto con la melodía de la Hoja de Limón, entre las poblaciones del entorno. Ahí viene Badía, decían cuando llegaba a alguna de las poblaciones circunvecinas.

Cuando alguien le preguntaba sobre los atributos de la hoja de limón para convertirla en instrumento musical, solo respondía “es una hoja mágica que al unirla a los labios cobra vida y a medida que se sopla y sopla modulando el viento, emergen las notas y melodías que nos introducen a un pentagrama mágico, inexplicable, maravilloso”. Y luego agregaba, y la hoja debe estar de acuerdo con la melodía de la pieza musical. Todo depende del tamaño, del grosor y de la edad.


Lo cierto fue que nunca nadie supo, ni siquiera su hermano Rafael y sus hermanas Yamile y Farides, como fue que una mañana de brisas y tempestades, salió al patio de su casa y arrancó de un palo de limón una hoja que se llevó a los labios y la puso a sonar. Fue algo mágico, porque cesó la tormenta y el techo de la casa de cinc se llenó de pájaros de todas las clases, que escucharon en silencio el primero de los conciertos que para gloria de Orfeo daría en sus muchos años de vida.


Cartagena de Indias, julio 6 del 2º año de la Pandemia.



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[1] Otra versión dice que Orfeo era hijo de Apolo y de Clío.