Historia de Nonata Finita


Entre la Mitología y la Tradición.

Andaba aún con la cauchera en la mochila, cazando codornices y domando babillas, cuando escuché por primera vez la historia fantástica de Nonata Finita, que para esos días era una dama ya anciana de noventa y siete años, viuda de tres matrimonios de asiento y dos amantes públicos, que vivía en su palaciega finca en las afueras de la Envidia, criando nietos, bisnietos y tataranietos, cultivando yuca y hortalizas y ordeñando cada mañana las vaquitas para beberse una buena totuma de leche caliente con panela melcochada y resignada sobre todo a cumplir los cientos cincuenta y cuatro años de vida por el encantamiento a que la sometió el mago la mañana en que ella lo había salvado de morir ahogado en las turbias aguas del Río Grande Magdalena, muy cerca de la Isla del Encanto. “Aquí mija, esperando el paso de los años”. Decía cuando alguien que pasaba, la saludaba del otro lado del jardín de trinitarias florecidas, en donde ella en las tardes se sentaba en su mecedora a rememorar el tiempo que para ella no pasaba.

Nonata Finita, que era la tercera hija natural de un cazador de manatíes, que para la época en que le arpegiaron el extraño sortilegio, tenía diecisiete años cumplidos y era asediada y acosada por los efebos que llegaban desde la ciudad en tiempos de vacaciones y no perdían oportunidad para lanzarles piropos y hacerles invitaciones a las huertas de sus padres, pues además de joven y bella era considerada uno de los mejores partidos.

Cuando el mago, a quien ella salvó de morir y emergió de la soledad fatídica de aquel cofre maravilloso, le dijo estrujándose las manos y alisándose el pelo brillante por la grasa Moroline, que le pidiera un deseo para él cumplírselo en prueba de agradecimiento, Nonata Finita, cubriéndose los pezones que querían salirse de la rala franela, mirando a sus compañeras de infancia y de aventuras, solo dijo con el rubor y la vergüenza propia de nuestras campesinas, “Señor Mago, deme muchos años de vida como tantos granos de arena tengo en la mano”.

El mago haciendo un encantamiento desapreció ante las jóvenes, y nunca más lo vieron y tampoco se acordaron de él porque en las horas de la tarde se embarcó en el fantasma de uno de los muchos buques de vapor que empezaban a sucumbir y a penar en las aguas del Magdalena, hasta esa mañana en que ochenta años después Nonata Finita vino a tener plena conciencia del deseo que le había pedido al mago. Fue entonces que Evangelina, la nalgona, que tenía una memoria prodigiosa, recordó aquella mañana cuando se bañaban cerca de la Isla del Encanto y gozaban de la frescura de la naturaleza. ¡Ay Mija, se está cumpliendo el anatema del mago!, le dijo Evangelina, mientras se bebía una totuma de café y miraba, no al futuro sino al pasado como si estuviese viendo la imagen de aquella mañana perdida entre el gorjeo de patos yuyos, aleteos de manatís y recuerdos de la juventud.

Recordó entonces Nonata Finita la mañana que ella se bañaba semidesnuda con muchas de sus amigas que ya habían muerto, cuando desde la orilla de la Isla vio que tiraban del tercer piso de un buque de ruedas un cofre grande. Ella se abalanzó primero a las aguas del río y a fuerza de nado, luchando contra las fuertes corrientes y los feroces caimanes y babillas que le disputaban el trofeo, logró asirlo y llevarlo hasta la orilla, mientras las otras amigas gritaban de alegría.

Lo abrieron y se llevaron una enorme sorpresa, porque adentro, reposaba un hombre de piel oscura vestido de negro y bien atado, corbata azul, manto rojo y un sombrero de copa. Era el mago. Recordó ese momento como si estuviese pasando. Fue entonces cuando cayó en la cuenta que seguía siendo la misma mujer joven, de piernas grandes y torneadas, senos firmes, erectos y bastante voluminosos y unas pocas hebras de plata en la frondosa cabellera y una pasión inacabable.

Y se asustó porque el hechizo había hechos sus efectos. Algunas de sus amigas y amigos de infancia y de juventud, habían muerto hacía mucho tiempo. Entonces recordó a Crispiniana, la pobre, que había muerto a los noventa y dos años. Atanasia, que usaba una peineta de carey a cada lado y un moño alto de quinceañera que tuvo tres maridos de asiento y una docena y media de hijos, murió cuando tenía noventa y cinco años. Fidelia, su amiga íntima que suspiraba cada vez que veía un gringo de la empresa Andian, murió virgen y sin que nadie le tocara ni un pelo. De sus amigas de infancia conservaba sus sueños y sus fotos veteadas de líneas amarillas por el tiempo. Cuando alguien la visitaba o pasaba por el frente de su casa y le decían que “pero señora Nonata usted nunca se pone vieja”, ella respondía con nostalgia y pesar: “el hechizo, mijo, el hechizo del mago”.

Siempre contaba a sus amigas y amigos, que en su hogar cuando era joven se distinguió por ser una infatigable lectora de cuanto libro llegaba a la casa de sus padres. Esa mañana, decía, cuando el mago me dijo que le pidiera un deseo, recordé que el día anterior había leído el mito de las sibilas[1] de Cumas, en que Deifoba cuando el Dios Apolo, le dijo que le concedería un deseo, ella sin vacilar le dijo, quiero que me de muchos años de vida, como granos de arena tengo en la mano. Yo siempre pensé que eso era mentira. Que era una invención de quienes escriben y escribieron textos sobre la Mitología. No obstante, con el paso de los días, meses y años, he comprobado que en mi se está cumpliendo el deseo que le pedí esa mañana al mago, y casi que en las mismas circunstancias de Deifoba, puesto que olvidé pedir que durante el tiempo de los años conservara también la frescura de mi juventud. Y aquí estoy solo lo que está quedando es mi voz.

Cuando yo tuve uso de razón y después de casi seis lustros, siempre pensé que la historia de Nonata Finita era una fantasía más de las muchas que en aquellos tiempos inventaba Evangelina Castro, la nalgona, que en las mañanas llegaba a la casa a beber café caliente, comer almojábanas y a contar lo que había sucedido y lo que iba a suceder. Pero el paso de las calendas demostró que no fue así.

Nonata Finita está viva, según me han dicho muchas personas de La Envidia que le han visto y que ella ha dicho que vivirá hasta el 204.., en su finca palaciega, cultivando hortalizas y bebiendo café amargo con limón y su totuma de leche, ya no de vaca, sino de bolsas, hasta que se cumplan los años y los granos de arena que ella misma contó y le pidió al mago que le diera muños años de vida, como granos de arena tenía en la mano, la mañana en que lo salvó de morir ahogado metido en un cofre cuando lo tiraron del tercer piso del buque en que viajaba en las turbias aguas del Río Grande de la Magdalena, muy cerca de la Isla del Encanto en donde se la cruz que identifica la tumba del Mohán.

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[1] Sibila: Mujer inspirada por los dioses, que tenía el poder de predecir el futuro. Las Sibilas estaban consideradas como el símbolo de la sabiduría humana. Del sustantivo sibila, derivan los adjetivos sinónimos: sibilítico y sibilino, que literalmente significan “que tiene sentido profético”.

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