Volver a pensar una política real


En nuestro tiempo la política se ha convertido en un ejercicio simple y ramplón de distribución y garantía de felicidad para cada individuo; y en esto nuestra sociedad ultraliberal es pionera. Por ejemplo, ninguna otra en otro momento de la historia pensó que lo público, las instituciones del Estado, la justicia, debían servir, o tenían como máximo fin, garantizar la felicidad a cada persona, de acuerdo con sus propias percepciones del mundo, e incluso, de acuerdo a sus deseos.

Ante el triunfo de una atmósfera igualitarista y economicista que ha privilegiado el placer personal frente al bien común, y que, este sentido, ha reducido la política a un análisis dialéctico (que además intenta solucionar a costa de todo), en el que solo existen oprimidos y opresores, minorías y mayorías, relaciones de poder, invisibilizaciones, etc.; el pensamiento y la acción política han degenerado en buenismo, y han olvidado su relación profunda con la cultura, la forma, el proyecto, la tradición: elementos que toda sociedad debe concebir en unidad para dar sentido y significado a su propia existencia y proyectarse a futuro.

Esto es lo que representa el triunfo del multiculturalismo, que ha significado al tiempo la derrota de la política en el sentido fuerte y también la victoria definitiva del globalismo como supresión de la diferencia real que constituye a cada pueblo - y paradójicamente, lo ha hecho en nombre de una diferencia Light y pasteurizada.

En este escenario es fundamental recordar que la política no está hecha para ajustarse a lo que cada cual cree que es placer, para satisfacerlo y garantizarlo. La política no es para que todos y cada uno sean felices desde su propia concepción del mundo, desligada de todo lo demás (los otros, los que han estado antes y los que vendrán). La política existe para buscar el bien común, y de este modo debe considerar a las minorías, pero sin permitirse atomizar a la sociedad, ni diluyéndose a sí misma, convirtiéndolas en el objeto fundamental del gobierno.

La política no existe para que cualquiera exija e imponga como derecho y libertad su propia inclinación, sus problemas, sus vicios y sus desviaciones. La política existe sobre todo para dar vida a un determinado proyecto cultural y espiritual en cada sociedad. La política, en este sentido, se vale del orden natural (que no está en contravía de la cultura, sino que le sirve a esta para estructurarla y darle sentido) y a partir de allí establece principios y valores que deben ser trascendentes, es decir, que deben ir más allá de cada individuo y del mismo presente, sirviéndose de la tradición y proyectándose a futuro.

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