'Mi nombre es...'

May 13, 2020

A las bellas mujeres que en la
Pila bautismal recibieron este nombre.


Desde la mañana en que el profesor de literatura universal, un anciano bonachón de chivera nevada y puntiaguda y bigotes ensortijados que vestía siempre como un bacán, de camisa guayabera mangas largas de rayas blancas y azules, y pantalones negros y corbata roja, cuando yo culminaba mis estudios superiores en la universidad local, hizo un alto elogio de mi nombre remontándose a lo más profundo de las raíces griegas, siempre lo llevé con orgullo, al expresarlo y al escribirlo ante los demás, pues hasta ese día, le había reprochado a mis padres que me hubiesen bautizado con un nombre de vieja que, ante mis amigas y amigos se me llenaba la cara de pena y de vergüenza.


También en mi memoria aún recuerdo mi primer día de clases, cuando apenas tenía cinco años, en el jardín infantil de mi pueblo que lo atendía la señora Altagracia Dos Santos, y al que asistíamos todos los niños y niñas de mi edad, mis compañeritos se rieron y se burlaron al escuchar cuando yo dije que mi nombre es…


-Tienes nombre de señora, me dijo Iluminada de los Espíritus, una niña de mi edad que llevaba gajos rizados en su frondoso cabello rubio y usaba gafas de vidrio grueso por la naciente miopía.


Cuando llegaba a casa y contaba a mis padres lo que pasaba en el colegio, ellos me explicaban que así se llamaba mi abuela y también mi bisabuela y mi tatarabuela y que era una tradición en la genealogía de la familia de mi padre llevar ese nombre. “A la mierda la tradición y también mis abuelas”, pensaba yo a mi corta edad.


Recuerdo mucho a papá, que a veces se las daba de poeta, me decía que ese era un nombre muy importante, porque lo habían llevado varias mujeres de algunas cortes del viejo mundo, cuyos reinos jamás me mencionaron. Hasta mi tío Quinoja, que a veces anda de viejo mandarino y otras de Fauno erótico alborotado, hacía siempre una defensa del nombre de mi abuela, explicando y argumentando que lo importante no era el nombre sino la persona, pero siempre terminaba con una conclusión: el nombre refleja la personalidad de quien lo lleva y que además, éste está signado, mucho antes de nacer la persona, por el inexorable dios Destino en la frente de quien lo ha de llevar, “igual que a la entrada de la gruta de cada mujer escrito está el nombre del hombre u hombres que por allí entrarán, para bien o para mal, para el amor o para el odio”, según las tradiciones islámicas.


Siempre me decía ven acá mi nena, que te voy a decir tu nombre en verso:

La sílaba Eu a tu nombre da eufonía/
Después suena la en el sonoro diapasón/
ya casi vemos que lía tu corazón/
grítalo al mundo con mucha alegría


Recuerdo que desde pequeña fui una niña precoz, comencé a decir mis primeras palabras cuando tenía seis meses, mientras me pegaba como un político avezado a chupar en la teta de mamá sin importar el lugar que fuera y mis primeros pasos, sin ayuda de nadie ni de nada, los di cuando alcanzaba los ocho meses. Y como si fuese un ave de mal agüero, la madrugada en que nací, contaba papá, mis gritos fueron tan grandes y sonoros, que algunos pájaros enmudecieron y otros cambiaron de voz; el búho que todas las madrugadas ululaba en el chopo del anciano campano, metió el pico entre las plumas; el cuervo que graznaba alegre, se escondió en el hueco del medicinal sancuaraño; el turpial que cantaba el himno nacional anunciando la hora del ordeño de las vacas, esa madrugada se olvidó de la letra; el sinsonte que imitaba la voz hueca de Fidel Castro diciendo el discurso de instalación de la Asamblea del Pueblo y hablando mal del imperialismo norteamericano, se olvidó del cubano y comenzó a imitar a Chávez, y, lo más extraordinario, hasta el gallo que anunciaba el polvo de la despedida, sin decir mú, desde el cogollo de la milenaria ceiba que daba sombra en el patio, se tiró a cacarear como una gallina vieja. Otros cerraron el pico. Si, el pico, ninguno de esos otros pájaros
bullangueros dijo nada ese día.


Con el paso de los años, a medida que dejaba de ser niña, me fui convirtiendo en una mujer; de la escuela de primaria ingresé al bachillerato y luego a la universidad. Cuando pasaba con mis amigas ante los jóvenes desconocidos, los piropos más bellos y frases llenas de cariño, eran para mí.
-Para el bombón de mirada dulce como un caramelo, decían.


Luego cuando tenía oportunidad de conocerlos y sabían mi nombre lenta y pausadamente se retiraban, ¡uf, qué nombre tan feo!- decían. Le cogí entonces cierta tirria y antipatía a mi nombre, pues muchos de mis amigos y amigas para molestarme, creo que no eran mis amigos, me llamaban por los dos nombres, si así como les digo, por los dos nombres que papá y mamá me habían maculado en la pila bautismal, y que fueron recibidos con alegría por mis padrinos, Eurípides Ludovico, y mi madrina Eleodora Prudencia, ¡qué vergüenza! Cierta vez que a la casa de mis padres, llegó el notario del pueblo, y cuando ansiosamente esperaba el coqueteo de los jóvenes de mi edad, le pregunté si yo podía cambiar mi nombre por el de alguna de esas mujeres famosas de la historia como Goldameyer, Jacquelinekenedy, Isadoranorden, Leididiana, Isabellacatólica, Gretagarbo, Estefaníademonaco, Teresadecalcuta, Elizabethtailor, Briggitbardó, Isabeldeinglaterra, o que simplemente me llamara Maríaestuardo.
 

-Pero mija, me dijo con el tono paternal de los escribanos de pueblos, si tu nombre es el más hermoso de cuantos hay en el santoral romano, y la Santa mejor hablada porque es la que mejor expresa la lengua. Nunca entendí la última frase de su discurso.


Desde ese día jamás volví a contarle a nadie sobre la vergüenza que sentía por mi nombre. Los pocos novios que tuve, cuando me escribían cartas de amor, ponían mi nombre entre comillas como si se burlarán de él. Pienso que el hecho más bochornoso fue el día en que iba a contraer nupcias. El templo estaba abarrotado de parientes, familiares y chismosos. La orquesta que había contrato papá tocaba los más bellos porros de mi tierra y yo por la emoción tenía hasta el último pelo de punta.


Cuando el cura me preguntó “Señorita... quiere a... por esposo”, mi novio se quedó serio, miró al cura a los presentes y después a mí y me dijo: “tú eres... tú te llamas así, ese es tú nombre”, y salió corriendo por la nave central de la iglesia. Jamás volví a verlo.


Y lo peor era cuando llegaba a las fiestas, pues siempre había alguien de mis compañeros que para molestarme, se subía a la tarima y decía “acaba de llegar la señorita....recibámosla con un fuerte aplauso”. A lo largo del recorrido de las clases, pues debido a mi nombre cambié de colegios en varias ocasiones, siempre mis profesores decían usted es la niña que más y mejor habla, por eso tiene el nombre bien puesto. Jamás comprendí el sentido de aquellos comentarios.


A veces, cuando en los amaneceres en el horizonte Alba, uncía los caballos de Helios, pensaba en el significado de mi nombre, y me erguía con orgullo en la cama y consideraba que era tan valiosa como Amaltea, la cabra que amamantó a Zeus, Diana o Venus, la belleza y el amor, Temis (La Justicia), Astrea (Diosa Virgen), Penélope, la fidelidad conyugal, Hebe (La Juventud) y me sentía feliz, con ganas de salir corriendo a las calles, saltar y gritar con orgullo mi nombre.


Pero fue desde aquel día glorioso en que el profesor de Literatura Universal me descifró la etimología de mi nombre y hasta hoy, han pasado muchas lluvias. En el ejercicio de mi profesión conocí otras personas, hombres y mujeres, amigas y amigos, a quienes jamás les demostré pena ni vergüenza por mi nombre, todo lo contrario para hacer honor a él hablaba más. Los que me escuchaban, que eran otros amigos, me decían haces honor a tu nombre. Y después de aquella boda frustrada, tuve muchos novios y cientos de amantes, unos de buena prosapia y otros de malas ralea, hasta que llegó uno que supo dónde estaba mi gracia y, cosa rara, él no se enamoró de mí, sino de mi nombre: es lo más hermoso que he oído, me susurró al oído. Y entonces recordé lo que me decía Quinoja, el tío mandarino que aún sigue alebrestado buscando zagalas por las tierras colombianas: que toda mujer a la entrada de su gruta trae escrito el nombre del hombre o de los hombres que por allí entrarán. Y mi gruta no iba a ser la excepción.

 

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