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Un cuento fantástico

January 13, 2020

La civilización europea fija sus raíces en dos grandes corrientes:

 

Los Indoeuropeos: conciben el mundo como una lucha dramática entre el bien y el mal, con una visión cíclica de la historia donde no hay principio ni fin. El hinduismo y el budismo, las dos grandes religiones orientales, así como la filosofía griega, que se caracterizan por una gran reflexión filosófica, tienen origen indoeuropeo. Creían en muchos dioses, eran politeístas y proféticos. Se desplegaron desde el Mar Negro y el Caspio por Irán, India, Rusia, Grecia, Italia, Francia, España, Inglaterra.

 

Los Semitas: con una lengua completamente diferente, se unieron en torno a un solo dios, eran monoteístas, con una visión lineal de la historia: un día Dios creó el mundo y un día lo concluirá, será el “día del Juicio Final” en que toda existencia terrenal será destruida y sólo perdurarán los buenos. Vienen originalmente de la península arábiga, pero se han venido desplegando por muchas partes, que incluyen regiones indoeuropeas.

 

La simiente de las tres grandes religiones occidentales, el cristianismo, el judaísmo y el islam, es semita. El Corán y el Antiguo Testamento están escritos en lenguas semitas. La palabra 'Dios' en el Antiguo Testamento tiene la misma raíz lingüística que la palabra 'Allah' de los musulmanes. En cuanto al cristianismo, sus raíces son semíticas pero el Nuevo Testamento fue escrito en griego, por lo que la teología cristiana está fuertemente influenciada por la filosofía helenística, indoeuropea. La historia y la religión semitas, se han multiplicado a través del cristianismo y el islam.

 

Los semitas escriben su historia en torno a Dios. Las raíces sagradas, las Escrituras cristianas, el Corán musulmán, la Torah judía, constituyen el núcleo de su existencia.[1]

 

Fueron esos los espíritus que arribaron al continente americano.

 

No sabemos tanto de los naturales que existían en lo que hoy es Latinoamérica, pero lo cierto es que eran asombrosos: con complejas estructuras sociales y técnicas, expertos en astronomía, definieron su idea religiosa a través de la naturaleza que los beneficiaba y podían ver y sentir a sus dioses en todo su esplendor. Eran hijos de los astros.

Fueron fatalmente ingenuos, sorprendidos ante la invasión de la “cultura” ibérica, militarmente muy superior, agresiva, genocida, ladrones de sus tesoros, dueños de todos los males y enfermedades, que asaltó su planeta, los arrasó y saqueó en nombre de su Dios verdadero.

 

Técnicamente, no fue perversidad, era la Conquista.

 

Mucho antes, en la distante China se registran actividades económicas organizadas[2] que nos confirman que desde siempre los movimientos económicos han estado embarcados con el poder y la riqueza, factores  que obsesionan al homo sapiens, que le fascinan y apasionan. Se propician conceptos, predisposiciones, batallas, guerras, que propugnan por defender, por complacer, por favorecer el poder. El comportamiento de la economía, sus teorías, sus teóricos, suscitan el bien y el mal, arrastran tendencias filosóficas, políticas, sociales, artísticas, ingenian tecnologías, producen películas, alimentan la literatura, crean herramientas, imponen modas, emociones, definen el look, todo.

 

Hoy el poder está en la cultura anglosajona, como alguna vez estuvo en la cultura egipcia, en los griegos, en los romanos. “Un mundo coherente formado por una lengua, unos valores, unas costumbres, un Estado, una economía, una música, una filosofía, una concepción del mundo, del pasado, del futuro. Comenzó a formarse en el siglo XVII con la doctrina del Estado Democrático elaborada por Hobbes y Locke. De ellos los ingleses aprendieron que el Estado nace de un pacto racional, para asegurar la paz y la prosperidad. ​Adam Smith fundó la ciencia económica legalmente para realizar el interés propio. Con Bentham, el fin de la moral es maximizar la utilidad de todos. Darwin pondría la competencia en la base misma de la evolución. Voluntad, pacto, utilidad, competencia, son la esencia del espíritu angloamericano”.[3]

 

A comienzos del siglo XX comienza a perfilarse claramente en el continente americano una comunidad que hoy, con todas las mezclas, cuenta con cerca de 650 millones de seres humanos cristianizados que interactúan en español y portugués en una vecindad espectacular de más de 22 millones de kilómetros cuadrados, que corresponden aproximadamente al 13,5 por ciento de la superficie emergida del planeta, con acceso pleno a sus dos grandes océanos y al casquete del polo sur, presentando una gran diversidad geográfica y biológica. En ella se encuentran todos los climas y es el hogar de numerosas especies animales y vegetales. Cuenta también con algunos de los mayores ríos del globo e importantes recursos alimenticios, energéticos y minerales.

 

Por ausencia de criterios de unión, por ignorancia e inconsciencia, esta sociedad maravillosa, poseedora de un poderoso mestizaje cultural, dueña de semejante riqueza, se encuentra en crisis. No irrumpe aún en la historia del desarrollo pues la realidad latinoamericana presenta una problemática compleja en cuyo fondo hay una crisis más que socio-económica, eminentemente humana, que entrelaza conflictos políticos/culturales, que no permiten una solución.

 

No existe una teoría sustancial, no se configuran conductas económicas defensivas que respalden los intereses latinoamericanos. Nuestros medios de comunicación, bienes financieros y una mano de obra barata permanecen puestos al servicio de monopolios nacionales y multinacionales. La historia de Latinoamérica ha sido la prolongación de la historia europea y de los Estados Unidos, somos tratados como objetos incorporados al horizonte de sus posibilidades.

 

Condicionados por una estrategia de desinformación e intimidación militar interna y externa, sumergidos en la infructuosa retórica de conceptos y políticas contrapuestas que las estructuras del poder fomentan y que con su influencia financiera y política, utilizan para dividir y reinar, con una educación dirigida que anula desde la niñez cualquier tipo de conciencia social, programando a las personas en el apego exagerado a los bienes materiales, sometidos a un marketing implacable, los latinoamericanos mantenemos una relación económica de capitalistas débiles dominados vs capitalistas poderosos dominantes. Importamos multitud de productos lujosos de alta tecnología por costosas unidades, mientras nuestros dirigentes públicos y privados entregan nuestros recursos por toneladas y grandes volúmenes, a mínimos precios que fijan compradores del primer mundo. El injusto déficit que se genera es compensado con onerosos empréstitos de sus bancos, que nos mantienen sometidos y por el otorgamiento de espléndidos permisos de explotación de nuestros recursos naturales. Nos venden, nos compran. Somos esclavos modernos, llenos de incertidumbres. Con teorías complejas que protegen sus intereses, tienen al pueblo latinoamericano constreñido a sostener la excelente calidad de vida de muchos privilegiados en esta región y de millones en el Primer Mundo. Técnicamente, no es perversidad, son mecanismos económicos. La maldad reside en quienes permitimos la continuación de este cuento.

 

Latinoamérica quedó atrapada en la Edad Media, cuando la civilización occidental se definió en el ámbito feudal y cristiano de acumulación de riqueza y se inventaron geniales dogmas que encantaban a condes, reyes y princesas, con ideas como que Dios es la fuente de todo poder.

 

Shakespeare lo expresó en boca de Casio, en Julio César: “Los hombres son señores de su destino. La culpa, querido Bruto, no hay que buscarla en las estrellas, sino en nosotros mismos”.

 

__________________

(1) Jostein Gaarder, “El mundo de Sofía, Historia de la filosofía”, 638 p., Ed. Las Tres Edades, ISBN: 84-7844-322-3.

(2) René Lüchinger, “12 Economistas más importantes de la historia”, 191 p., Ed. NORMA, ISBN: 978-958-45-3611-2

(3) Francesco Alberoni, Corriere della Sera, Milán.

 

 

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