Los líderes huérfanos


“En su mejor momento, el hombre

es el más noble de todos los animales;

separado del derecho y la justicia es el peor”.

Aristóteles

A veces los observo, los escucho y trato de entenderles. Ellos son hijos de hombres o de mujeres asesinados en medio del conflicto, en algunos casos por venganza, por oposición política, o por odio. Ellos lideran procesos desde laderas opuestas en momentos de nuestra historia reciente, y tienen en común ser huérfanos de la violencia.

Algunos de ellos, tal vez sin perdonar a quienes les arrebataron a sus padres o a sus madres, sanaron las heridas y avanzan en la construcción de un mejor futuro. Otro, más dolidos aún por los terribles hechos, buscan resarcir el pasado. Pero todos esperan que un día la justicia esclarezca los crímenes y que los responsables intelectuales y materiales sean juzgados y condenados.

Son huérfanos de la violencia que por años ha desangrado diferentes rincones de la Patria… Varios de ellos eran niños o niñas cuando les arrancaron al padre o a la madre del hogar, otros eran jóvenes que fueron casi testigos de los crímenes. Son huérfanos que lloraron durante días las muertes de sus progenitores y han padecido las ausencias a lo largo de décadas que parecen eternas. Las heridas siguen abiertas y aún en sus ojos se asoman lágrimas de dolor, y en sus rostros se denotan expresiones de impotencia. Algunos de los hijos e hijas de los inmolados adelantan luchas de transformación política y social, gestas contra de la corrupción, en contra de las violencias que consumen la cotidianidad de nuestro pueblo, en contra de injusticias e inequidades. Luchas en sendas que permite la democracia, que como en cualquier cuadrilátero de boxeo presenta esquinas enfrentadas.

Algunos de los líderes, hijos e hijas de asesinados a finales del siglo pasado.

Son huérfanos de la violencia y líderes de sus historias que influyen en la determinación de lo que queremos o no como país. Hoy, eso tienen en común quienes son aguerridos antagonistas y dirigentes políticos o sociales: Álvaro Uribe Vélez (senador por el Centro Democrático), los hermanos Rodrigo Lara Restrepo (senador por Cambio Radical) y Rodrigo Lara Sánchez (alcalde de Neiva por Alianza Verde), María José Pizarro (representante a la Cámara por Decentes), Iván Cepeda Castro (senador por el Polo Democrático), los hermanos Juan Manuel Galán Pachón (ex senador Liberal) y Carlos Fernando Galán Pachón (ex senador por Cambio Radical y candidato independiente a la Alcaldía de Bogotá), y José Darío Antequera Guzmán (activista por la memoria histórica y asesor en la Cámara de Representantes), por citar algunos de esos hijos e hijas que perdieron violentamente a sus padres o a sus madres.

No son los únicos huérfanos, por supuesto. La justicia ha probado que durante años, en esa época aciaga, se realizaron múltiples homicidios comunes, la eliminación de dirigentes de la Unión Patrótica (partido derivado de los acuerdos de paz entre el gobierno de Belisario Betancur y las Farc), la reorganización de las guerrillas (particularmente del ELN), la existencia activa del EPL y del M-19, los asesinatos de funcionarios del Estado por parte de los capos narcos, la persecución contra dirigentes sindicales,[1] el fortalecimiento del narcotráfico, el surgimiento del narcoterrorismo… “En este periodo la tasa de homicidios se triplicó en Colombia al pasar de 25 homicidios por cada 100.000 habitantes en 1974 a 79 en 1991”.[2] Entre 1998 y 2012 se registraron 331.470 homicidios en Colombia.[3]

Se afirma que las guerrillas ejecutaron 24.482 secuestros, perpetraron 3.900 asesinatos selectivos y 343 masacres, causaron más de 700 víctimas civiles en acciones bélicas, reclutaron a casi 4.000 niños y niñas, efectuaron 854 ataques a poblaciones, 77 atentados terroristas, más de 4.323 ataques a bienes civiles y despojaron cerca de 800.000 hectáreas de tierras a pequeños y medianos campesinos.[4]

Los grupos de autodefensas ilegales, por su parte, ejecutaron 8.902 asesinatos selectivos, 1.166 masacres que dejaron 7.160 muertos, efectuaron 371 casos de tortura y sevicia, reclutaron a más de 1.000 niños y niñas y obligaron a pequeños campesinos a abandonar más de 800.000 hectáreas de tierra.[5]

Pero, hoy, nos referiremos a algunas de las víctimas que simbolizan esa violencia. A los hijos de periodistas y dirigentes políticos y sociales que fueron asesinados durante la década de los 80 e inicios de los años 90.