Los días en que ella no deseaba vivir


“Cualquier momento del día o de la noche es bueno

para decir basta y poner fin a una etapa de tu vida

que hubieras deseado no vivir”.

Raimunda de Peñaflor

'Una juez ante el maltrato'

Poco, muy poco, se ha transformado la realidad de violencias contra la mujer en Colombia desde la expedición de la Ley 1257 del cuatro de diciembre de 2008. Lo cierto es que día tras día, año tras año, se reproducen e incrementan los actos de violencia física, verbal, económica o psicológica contra mujeres, niñas y adolescentes.

Las normas dirigidas a lograr la supuesta “sensibilización, prevención y sanción de formas de violencia y discriminación contra las mujeres”[1] no han conseguido disminuir las cifras de víctimas. A 1,042 mujeres les quitaron la vida durante 2018.[2] De ellas, 23 tenían menos de cuatro años de edad, ocho tenían entre cinco y nueve años; 56, entre 15 y 17; 172, entre 20 y 24 años; 120, entre 30 y 34 años.

Además, 476 mujeres se suicidaron el año pasado. 56 eran niñas entre 10 y 14 años; 65 eran adolescentes entre 15 y 17 años; 73 tenían entre 20 y 24 años.

Sin embargo, de acuerdo con la Ley 1761 de 2015,[3] no todas las muertes violentas de mujeres pueden ser tipificadas como feminicidios, ya que no todas las muertes obedecen al criterio de la norma.[4] Es decir, no a todas “las mataron porque eran mujeres”, aun cuando en muchos casos el victimario hubiese sido hombre.

Respecto de los agresores de las mujeres en casos fatales, el 28,78 por ciento fueron parejas o ex parejas, el 6,21 por ciento fueron familiares de las víctimas.

Teniendo en cuenta las circunstancias del hecho en el que las 1.042 mujeres perdieron la vida, apenas el 19,06 por ciento fueron tipificados como feminicidios,[5] el 28,47 por ciento se registró a causa de violencia intrafamiliar, el 5,69 por ciento a la violencia económica, el 15,84 por ciento debido a violencia interpersonal, el 6,68 por ciento por violencia sociopolítica, el 0,50 por ciento debido a violencia sexual, y el 23,76 por ciento debido circunstancias no especificadas.[6]

Adicionalmente, 40.337 mujeres fueron víctimas no fatales de violencia interpersonal; 10.071, de violencia intrafamiliar; 42.655 fueron víctimas de violencia de pareja.[7] Todas ellas potenciales víctimas fatales en caso de que ellas no reciban la requerida protección.

Es hora de decidir qué tipo de sociedad queremos construir. Es hora de asumir la corresponsabilidad de crear una cultura de respeto y tolerancia, o asumir la responsabilidad por generar una de violencia engendradora de violencias.

La cultura que practicamos se ratifica o se ‘normaliza’ con lo que se predica en los hogares, en las escuelas o en reuniones familiares, sociales o de vecinos; con lo que publica en los medios de comunicación y en las redes sociales, con la respuesta que se da a cada situación que se presenta. Es hora de evitar que se sigan multiplicando actitudes que fortalezcan en el ideario colectivo expresiones de desigualdad y discriminación.

Ahora te invito a realizar esté ejercicio. Cierra los ojos y piensa que lo que vas a leer ha ocurrido o podría seguir ocurriendo. Es la cotidianidad de muchas mujeres… Luego, abre los ojos y pregúntate: ¿Qué sentirías si algo así te pasara? Si le pasara a alguien cercano a ti, ¿cómo reaccionarías?

A las cuatro de la mañana de un lunes, ella (el nombre no importa) ya está en pié, respira un poco, prepara y bebe su café; comienza a preparar el desayuno de la familia, la despierta, viste a sus hijos, les lleva a la escuela, va apurada a su trabajo, sonríe para evitar que las personas juzgadoras la califiquen de amargada, cumple la rutina… a eso de las cuatro de la tarde, recoge a sus hijos, les lleva a casa, les cambia la ropa, prepara la cena y…

Está en su domicilio, confía en que es un lugar apacible. Allí, con su compañero de vida y sus dos hijos, pasa buena parte de sus días. No goza de lujos, y sí alguna hora de descanso. En la cocina, apenas una estufa de dos fogones, una nevera que contiene algunas presas de pollo congelado, media docena de huevos, vegetales frescos y tres jarras de agua fría para sortear la sed de estos días calurosos. En la alacena, dos kilos de arroz, papas, plátanos, aceite, fríjoles, lentejas y pastas.

Está allí, sentada en el sofá de dos puestos ubicado frente al nuevo televisor que distrae sus atardeceres. Finge concentrarse en la novela que emiten a esa hora, pero no ha logrado ‘cogerle’ el hilo. Incluso, ha bajado el volumen. Apenas se escucha un susurro que permite dejarle en breve letargo.

Sus hijos se distraen, sentados en el piso, armando sus casas soñadas, sus vehículos voladores, sus robots que todo lo pueden hacer. ¡Es la magia de la infancia! Discuten por las piezas, algunas veces porque son las del color preferido, o por los tamaños necesitados. No les dice nada, sólo les mira… Ellos resuelven el conflicto y siguen soñando.

Mira el reloj… Ya son las seis de la tarde, pronto llegará el hombre adulto de la casa. Ella se levanta, y vigila que todo esté bien en la cocina. Ollas a fuego lento. Lava la tabla de cortar, el cuchillo y el sartén utilizado. Seca los utensilios y los coloca en los sitios respectivos.

Llama a los niños, y les pide que le ayuden a ‘poner’ la mesa. Mantel, servilletas, platos, cubiertos, vasos… Todo está listo para la cotidiana cena familiar.

Son las siete de la noche, pero él no ha llegado. Ella le llama al celular, pero él no contesta. Ella le escribe y le envío el mensaje por whatsapp:

- “Hola amor, te estamos esperando”. Ella observa que él leyó el mensaje, pero no le contesta.

Ella se preocupa y también se molesta. Piensa que podría repetirse la historia del año pasado, cuando él le fue infiel con una de las cajeras del supermercado del barrio. Cuando él cambió la certeza del hogar por la intranquilidad de la aventura.

Va a la cocina y apaga los dos fogones que permanecían a fuego lento. Les sirve la comida a los niños, y les acompaña mientras ‘devoran’ la cena. Los alista para dormir. Primero, vigila mientras los niños se lavan los dientes y las manos, luego los acompaña al cuarto donde están colocadas las pequeñas camas. Un abanico de techo refresca el ambiente, les lee un cuento, les deja acostados y sale del cuarto dejando entre-abierta la puerta de la habitación.

Regresa al sofá, enciende el televisor. Tiene hambre, pero prefiere esperar que él llegue. Revisa constantemente el celular, él no le ha escrito ni le ha llamado. Ella se preocupa. Esa larga demora no es usual. No quiere imaginar lo peor.

Casi a las nueve de la noche, ella se duerme vencida por el cansancio.A las diez y media de la noche se despierta sobresaltada. Él llegó gritando…

- “¿Dónde está mi cena? ¿Qué pasa en esta casa? Uno se mata trabajando, pero nada funciona”.

- "Yo también trabajo... ¿Qué te pasa a ti que ni saludas?", le pregunta ella al enfrentársele con el corazón latiendo a mil.

- “¿Qué mierda de pregunta es esa?, ¿qué me va a pasar? ¿No ve que llegué con hambre?”, le grita él mientras se le cerca en actitud amenazadora.

Ella le mira y calla. Es muy tarde para otra discusión. Camina hacia la cocina, enciende los fogones. Siente que se demoran en calentar la cena.

En eso, él ingresa a la cocina. Ella siente el olor a alcohol que despide su compañero.

- “¿Estuviste bebiendo? Habías prometido que nunca más lo harías…”, comenzó a decirle, mientras le daba vuelta a la presa de pollo que estaba calentando.

Él le empuja hacia los fogones, ella trata de agarrarse a algo, pero sólo tiene ante sí la estufa a gas. Su mano derecha se quema con la llama. Él la empuja más. Ella grita de dolor. Él la agarra por cabello, y le empuja la cabeza contra la olla donde se calienta el pollo. Con la mano derecha y el rostro quemados, ella da gritos pidiendo auxilio.

- “¿Qué te pasa? ¿Por qué me haces esto?”, le pregunta llorando…

Él sigue ahí, de pie, amenazante. Ella llora desconsolada…

- “Ahora no vayas a llamar a tu mamá a quejarte… Porque si esa vieja me llama, verás lo que te pasará. Y, sírveme la comida, que tengo hambre”, le grita. Su rostro es una máscara de odio.

- “Espera… Espera… Me arde el rostro, me duelen las manos…”, le dice suplicante.

- “Lávase la cara, floja que es…”, le grita él.

- “Baja la voz, no despiertes a los niños…”.

Por toda respuesta, él le propina un gancho de derecha al rostro. Ella cae al piso. No se mueve. Él empuja con el pie derecho el cuerpo de la joven madre de sus hijos. Ella no responde. Él mira la comida, que permanece caliente en la estufa, da media vuelta y se va de lo que hasta ese día parecía ser un hogar.

Pasarán minutos antes de que ella despierte… Los fogones continuarán encendidos calentando una comida que no alimentará a nadie. Ella sigue ahí, en el piso de la cocina… Apenas empieza la semana…

¿Qué sentirías si algo así te pasara? Si le pasara a alguien cercano a ti, ¿cómo reaccionarías?

@Cpenavisbal

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[1] Ley 1257 de 2008. Preámbulo.

[2] Forensis 2018, Instituto Nacional de Medicina Legal y Ciencias Forenses.

[3] Tipo penal de Feminicidio en Colombia. Ley No. 1761 del 6 de julio de 2015 –o Ley Rosa Elvira Cely- por la cual se crea el tipo penal del feminicidio como delito autónomo y se dicta otras disposiciones”.

[4] Artículo 2, Ley 1761 se establece que “quien causare la muerte a una mujer, por su condición de ser mujer o por motivos de su identidad de género”, será juzgado bajo este tipo penal..

[5] Forensis 2018. “Analizando los casos de mujeres asesinadas en la circunstancia feminicidio, incluyendo aquella registrada de sexo masculino, encontramos que el 69,2 % de los casos se concentran en las edades entre los 20 y los 39 años”. Pág. 77.

[6] Ídem. “El escenario de los hechos nos dice que la vivienda es el lugar donde más asesinan a las mujeres, con un porcentaje de 33,27 y 335 casos; en segundo lugar está la vía pública con 32,77 % y 330 casos; en tercer lugar los espacios terrestres al aire libre con un 7,25 % y 73 casos”. Pág. 79.

[7] Forensis 2018. En 24.111 casos de violencia contra la mujer, el agresor fue compañero permanente, en 14.725 casos, el ex compañero permanente; en 2.001 casos, el ex novio; en 1.636, el novio; en 87 hechos, el ex amante; y en 95 casos, el amante. Pág. 204.

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