Objetividad y Libertad de Información


“No caigas en el peor de los errores: el silencio. La mayoría vive en un silencio espantoso. No te resignes”.

Walt Whitman

“Sean objetivos. Siempre”, nos repetían sin cesar durante los primeros años de ejercicio periodístico. Yo me preguntaba, y aún me lo pregunto, ¿qué es la objetividad? Porque diversas visiones confluyen alrededor de ese término. ¿Se refiere a la objetividad ética? ¿A la objetividad ontológica? ¿A la objetividad epistémica? ¿A la objetividad material? La primera de ellas está ligada a los valores éticos (morales, por lo general) de quien emite un concepto o transmite una información, la segunda hace referencia a la descripción cierta o real (cualidad inherente) de aquello que es relatado o analizado, la tercera versa sobre la conceptualización, es decir, constituye hipótesis acerca de lo que se habla o escribe, y la última tiene que ver con la comprobación fáctica.

Si la vemos desde el punto de vista jurídico, la objetividad es la “actitud crítica imparcial que se apoya en datos y situaciones reales, despojada de prejuicios y apartada de intereses, para concluir sobre hechos o conductas”.[1]

Podría decirse que para ser objetiva es indispensable carecer de prejuicios y ser ‘neutral’ respecto del tema abordado.

Pero, la realidad es que, ante el millón de temas posibles y verdades aparentes, seleccionamos unos pocos para desarrollar en las salas de redacción.

Si hablamos de hechos judiciales, ¿cuántas denuncias son instauradas cada día ante autoridad competente? Por ejemplo, por casos de violencia de género, al menos, 50; por delitos informáticos, 30 en promedio; por hurto a personas, más de 1.000; por corrupción, 100… Y así sucesivamente. ¿Cuántos de esos hechos se transforman en noticia? ¿Por qué escogemos un caso para reportarlo en la prensa? ¿Por qué ‘transformamos’ algunos de esos en ‘casos emblemáticos? Como el caso de la niña torturada y violada por Rafael Noguera en Bogotá DC, mientras otros hechos similares se pierden en el pasar de páginas, como el aberrante delito ocurrido en Campo de la Cruz, Atlántico, cuando 12 menores –entre ellos seis adolescentes– violaron a una niña de 12 años mientras grababan toda la ‘faena’. La Fiscalía les investiga por acceso carnal violento agravado y pornografía.

¿Por qué algunos hechos son ‘usados’ para rellenar las páginas de los periódicos o de las webs, los tiempos al aire de los noticieros y programas especializados en televisión, o ratos de noticias en los noticieros radiales? Acaso, ¿porque la libertad de información nos lo permite y porque la objetividad nos guía o porque nuestro ‘olfato’ periodístico nos impulsa? o ¿porque quienes ejercemos el periodismo nos dejamos tentar por los temas que nos apasionan?

La Libertad de Información ¿es la libertad de quién? ¿De quien investiga, de quien reporta, de quien edita, de quien decide si se publica o no? Ahí es, precisamente, donde incurrimos en error. La libertad de información no se refiere a quien reporta o al medio que informa, sino al derecho de la ciudadanía a conocer la realidad del entorno, el manejo de la ‘cosa pública’, el gasto del erario y el comportamiento de quienes ejercen la función pública. Por ello, Naciones Unidas considera que “la libertad de información es el derecho a tener acceso a la información que está en manos de entidades públicas”.[2] Por supuesto, esa libertad se deriva del derecho fundamental de la libertad de expresión,[3] que, a su vez, incluye los derechos de investigar, redactar, analizar, opinar y difundir por cualquier medio sin restricción alguna.

En este punto, los empresarios de los medios y quienes ejercemos el oficio tenemos el deber de evaluar qué y cómo lo hacemos.

Cierto ha sido que cada día, en los medios de comunicación ‘cuelgan’ a diario cientos (por no decir miles) de informaciones que reportan los ‘carga-ladrillos’. Normalmente se considera que esa labor es potestad de quienes ejercen jefaturas.

Hoy, como ayer, cada medio elige su orientación, pero no siempre de acuerdo con sus principios. Por supuesto, otros factores, como el comercial, influyen en la toma de decisiones. Además, no imagino a la senadora Paloma Valencia siendo columnista de ‘Voz’, ni al senador Iván Cepeda escribiendo con libertad en ‘La República’, por citar a algunos. Esa sí sería una revolución mediática que promovería el debate de ideas.

Hace un par de décadas se reconocían los diarios por su orientación política: El Tiempo, El Espectador y El Heraldo eran liberales; El Siglo, La República, La Prensa, El Colombiano y Diario del Caribe eran conservadores; Voz Proletaria era comunista. Desde esos periódicos ejercían la ‘defensa’ de las ideologías de sus fundadores, aun cuando sus directivas aseguraban que no avalaban las acciones de los candidatos y funcionarios de sus respectivos partidos. Eran evidentes las oposiciones a ultranza a los gobiernos contradictores, y los obvios ‘apoyos’ a las administraciones de sus gustos. Sólo veían lo que querían (o podían) ver. En alguna época se afirmó que, si “Samper no cayó, fue porque Hernando Santos lo sostuvo”.

Hoy, sin embargo, esa línea claramente identificable no es evidente para los lectores, escuchas o televidentes, porque se pretende (con justa razón) que toda la prensa sea transparente, honesta y objetiva, teniendo en cuenta que la libre circulación de la información y de las ideas es un derecho colectivo y un pilar fundamental del sistema democrático.

Otros intereses –no propiamente ideológicos– predominan en los medios de comunicación. El deber ser de éstos se desvanece, entre otras razones, ante las exigencias editoriales de los nuevos propietarios, a la carga que representa la necesidad de financiar las operaciones periodísticas, a la desbandada de patrocinadores, a la deserción de los usuarios (lectores, oyentes, televidentes) que optan por ‘enterarse’ de lo que está pasando sin tener que invertir para obtener un servicio informativo relevante y, lamentablemente, a causa de la urgencia de subsistir dignamente de los reporteros y redactores que –en muchos casos– aceptan condiciones salariales deprimentes o imposiciones editoriales que contraían el objetivo del oficio.

En este escenario, la libertad de información y la esperada objetividad son apabulladas por la conformidad de muchos para quienes parece ser suficiente lo que se dice en las redes sociales o se anuncia en medios radiales, digitales o televisivos, pero resulta increíblemente insuficiente para tener una visión contextualizada de la realidad o para fortalecer el oficio de informar, opinar o analizar.

Como si esa libertad fuese utilizada para promover el silencio sobre lo que es clave… Lo cierto es, repito, que ante el millón de temas posibles y verdades aparentes apenas son seleccionados unos pocos para desarrollar en las salas de redacción. La verdad, entonces, es sacrificada día a día sin que nos demos cuenta.

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[1] Cabanellas de Torres, Guillermo. ‘Diccionario Jurídico Elemental’.

[2] La Libertad de Información es parte integrante del derecho fundamental a la Libertad de Expresión. Resolución 59 de la Asamblea General de las Naciones Unidas (1946) y Artículo 19 de la Declaración Universal de Derechos Humanos(1948).

[3] Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos (1966) y la Convención Americana sobre los Derechos Humanos (1969).

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