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Malas decisiones

April 1, 2019

Por Álvaro Carbonell Núñez   

En Puerto Colombia, un bello rincón Caribe donde en las noches estrelladas, las olas con su espuma azotan la playa como queriendo poseerla, Gilberto Rosas Rojas fotógrafo de profesión de nacionalidad israelita, se encontraba desesperado por los resultados de los exámenes médicos que se había realizado. El galeno y una trabajadora social se encargan de comunicarle la infortunada noticia. Sale a toda prisa del consultorio y se interna en el primer bar que encuentra en su camino. Consume licor por horas tratando de olvidar que padecía cáncer. Por su mente pasó suicidarse como solución al problema y raudo se dirigió al viejo muelle del puerto que no era puerto. No tuvo el valor de hacerlo, no se atrevió a sumergirse en las profundas aguas ya que los alrededores al antiguo embarcadero, se encontraban amantes furtivos que haciendo lecho en la arena hacían del amor un rito, extasiados en el rumor de las olas al acariciar la playa.

 

Durante casi un mes se vuelve asiduo cliente de la única cantina del pueblo, haciéndose amigo de Pedro el cantinero, a quien lo comenta sobre su penosa enfermedad, le expresa su deseo de concluir con su vida y le pregunta si no conoce a una persona, que por una considerable suma de dinero fuera capaz de hacerlo. La necesidad de dinero por la situación deplorable en que se encontraba hacen que Pedro acepte, a pesar de saberse incapaz de acabar con la vida de nadie. Le sigue la corriente y le expresa que él lo haría.

 

Inmediatamente, Gilberto acuerda con Pedro. Al día siguiente la entrega de un cheque de 100 millones de pesos y un revólver 38 largo Smith and Watson para consumar el hecho. Todo se lleva a cabo como se esperaba. Pedro renuncia a su trabajo en el bar, recibió de Gilberto el arma y el cheque que hizo efectivo en el único banco del lugar. Vivía solo por la muerte de su esposa, le sobreviven cuatro hijos que hacían su vida aparten, en un país vecino. Les gira la mitad del dinero y el resto lo gasta en viejas deudas y diversión, al tiempo que Gilberto trata de organizar el poco tiempo que le queda de vida. Sin demora se dirige a la funeraria del pueblo, donde adquiere el féretro más costoso y lo lleva a su vivienda.
 

La espera se hacía eterna. Gilberto poco salía tratando de alargar un poco más su vida, paradójicamente Pedro hacia lo mismo, las pocas veces que salía del corregimiento de Salgar de donde era nativo, a escasos dos kilómetros de la localidad de Puerto Colombia, temía una agresión de su moribundo cliente ya que en ningún momento iba a acabar con su existencia.
 

Un mes después, Gilberto recibe una llamada de su médico quien le expresa que por un error de laboratorio le había diagnosticado cáncer, pero al verificar los últimos exámenes se habían percatado del error.


Sintió una mezcla de tranquilidad, rabia y temor al mismo tiempo al saberse sano, pero consiente que su vida pendía de un hilo por su propia decisión.

 

Viaja a Barranquilla, ciudad vecina y recurre a los rabinos líderes espirituales, quienes gustosos le brindan su ayuda, consistente en localizar a Pedro y ofrecerle la misma suma de dinero que Gilberto había pagado, pero esta vez con el fin de no matarlo.

 

Al día siguiente los Rabinos localizan a Pedro, quien los recibe desconfiado, pensando que podía ser una trampa de parte de las autoridades. No musita palabra alguna obligando a los visitantes a expresar el motivo de la visita. Estos entregan un cheque que Pedro hace efectivo al día siguiente, al tiempo que la antigua estación del ferrocarril y la plaza estaba atestada de artistas que reclamaban por el olvido en que estaba sumida la cultura, quienes deciden hacer un performance, aduciendo la problemática por la que estaba atravesando el sector de los artistas. Para ello habían logrado que Gilberto Rosas les prestara el ataúd, para que en él, uno de los artistas maquillado con heridas de sangre, yaciera representando a la cultura.
 

En ese preciso instante Pedro salía del banco y fue abordado por dos atracadores, quienes lo asesinaron para robarle el dinero. Su cuerpo quedó tirado en medio de la calle, al no tener dolientes ni propiedades en el pueblo, el Alcalde decide hacerse cargo de las honras fúnebres y toma prestado el féretro de los reclamantes (artistas) y a la fuerza se lo lleva a la funeraria, donde se encontraba el cuerpo inerte de Pedro y en él le dieron cristiana sepultura.
 

El estado económico de Gilberto era caótico. Para salir del problema había vendido su casa y su auto. Sólo aspiraba que la Alcaldía le pagara el dinero que él había gastado en la compra del féretro, millones de pesos, pero se llevó la sorpresa que le negaron su petición del dinero y se limitaron a devolverle un ataúd similar al suyo, que no fue del agrado de Gilberto, causándole un infarto que lo llevó a la muerte.

 

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