Villa María Selene: un barrio bajo su amparo


NAZLY MULFORD ROMANOS, autora de esta crónica, es una de los diez finalistas del Premio Nacional de Crónica CIUDAD PAZ.

El desplazamiento en los Montes de María y en toda la denominada región sabanera, llevó a Soledad, municipio del Atlántico, un gran número de familias desplazadas y también, una proliferación de nuevos asentamientos llamados villas. A mediados del año 2000 conocí en una de ellas, Villa María Selena, a Amparo Aguirre, una mujer que debajo de una mediagua se balanceaba con una bebé recién nacida sobre su hombro, mientras a su alrededor muchos niños debajo de un árbol, garabateaban sus primeras letras en hojas de papel.

En el lado norte de esa villa, Amparo iniciaba una labor de ‘seño’ que aún continúa.

Esa imagen de Amparo, una mujer grande, era el centro de muchos ojitos que la seguían de un lado a otro y me hizo pensar en una leyenda del Istmo de Tehuantepec en México: Clarissa Pinkola, refiriéndose al lenguaje corporal menciona a una tribu tehuana de coquetas y gigantescas mujeres de fuerte cuerpo y considerable volumen. Esta leyenda ancestral dice que “…las mujeres son la tierra y son redondas como ella, pues la tierra abarca muchas cosas”.

Así es Amparo, como la tierra. Asocio y reafirmo que ella tiene ese poder. Una niña que aprendió a defenderse de depredadores al acecho en zonas rurales de Sahagún (Córdoba). Es la octava de una familia extensa con trece hermanos. Su padre se fue a Venezuela abandonándolos y su madre, a la usanza de esos tiempos –cuando ella cumplió trece años- la envió a Barranquilla donde una familia para que la acogiera, ayudara en oficios domésticos y estudiara por la noche. Así terminó su bachillerato entre el Seminario San Luis Beltrán y Acolsure. Afortunadamente, esa familia reconoció su esencia y le dio afecto. Quiso entrar a la Universidad, pero un miedo extraño le impidió sumergirse en ese mundo de gente que aspiraba a ingresar a la Universidad del Atlántico. Le interesaba Idiomas o Psicología. Posteriormente, logró adelantar dos semestres de educación pre-escolar.

En 1999, un político donó un terreno para entregar lotes en este sector de Soledad llamado Villa María Selene. Allí, todos los domingos, empiezan a reunirse los dueños de los lotes y llevan máquinas para perfilar y limpiar las calles. Hacen ollas comunitarias, rifas para compra de cables y crean el Comité cívico Pro-desarrollo que empieza a establecer algunas reglas para la construcción de las casas, como por ejemplo, no permitir tablas, ni zinc, nada estilo cambuche, sino directamente demarcaciones vaciadas en concreto.

Como en distintos lugares del Caribe, los servicios públicos a los que todo ciudadano debe acceder, no estaban ni presupuestados o programados en ningún plan de desarrollo de Soledad como debería ser, y por el contrario, migajas de ellos eran negociados por número de votos en las elecciones. Así consiguieron postes, transformadores, y algunas tuberías de agua.

En ese momento, Amparo tenía treinta y dos años y una familia compuesta por su compañero, un niño y una niña. Todos los domingos se empiezan a concentrar a través del Comité cívico Pro Desarrollo, un grupo de mujeres que se convierten en aliadas y grandes amigas para toda la vida. Todas ellas dispuestas a ayudarse entre sí y a delimitar y promover el desarrollo de esa comunidad, pero ‘la batuta’ o el liderazgo se empezó a gestar en todos los poros de Amparo. Poco a poco, su serenidad y sus propuestas destinadas a abrir el mundo para “seguir adelante” brotan de su boca como si fuera una profeta, pero en realidad ha sido “la seño Amparo” y todo el grupo de amigas se llamará más adelante “Mujeres en acción”.

Consuelo, una integrante de este grupo dice: “Amparo es una persona que con su forma de ser, ha sabido ayudar a salir adelante a muchas personas y a la comunidad. Nos ha enseñado a ser luchadoras y vencer los obstáculos y así cumplir metas. En estos dieciocho años como líder y amiga ha llevado a la comunidad a un entorno de superación basado en principios”.

El 70 por ciento de la población que llegaba al barrio venía de todos los rincones de la Costa Caribe colombiana, traía consigo algunas costumbres bonitas impregnadas del sentido solidario de nuestros pueblos. Entre ese grupo de aliadas se cuidaban los hijos y especialmente los enfermos, seguían haciendo colectividades para comer, celebrar los cumpleaños y se atrevían a soñar, pese a las heridas o dificultades ocasionadas por la guerra. Había muchos niños y niñas y no había un solo espacio, guardería, jardín o escuela para ellos. Frente a esta sentida necesidad, Amparo se convierte en “la seño”. Su luz se vuelve seguridad, confianza y afecto y llega a niñas y niños ávidos de aprendizajes. Una de esas niñas, Delia habla hoy así de ella “La seño Amparo, así le decimos todos en el barrio, porque la vemos como esa mujer que enseña, guía y lidera a una comunidad, es una mujer fuerte, de mente abierta y con inquietud de siempre mejorar. Ella es una mujer de admirar”.

Es a través de los ojos de Amparo como llega la Fundación Cedesocial a valorar todo lo positivo de esta comunidad y decide acompañarla en su proceso de desarrollo social y de gestión para seguir creyendo que “la educación es la única vía” con el proyecto educativo CEINE.

De ella dice Yaneth Martínez, directora de Gestión de Cedesocial: “Amparo me ha enseñado a convertir espacios imposibles en paraísos para su comunidad, con perseverancia y empeño logramos construir y dar vida al proyecto educativo CEINE. Con este proyecto, Amparo adquiere un protagonismo relevante, transgrediendo con su actitud y sus acciones las barreras que desde los espacios ‘formales’ institucionales se permitían. Gracias a su persistencia y obstinación logró el reconocimiento y aprobación de la Secretaría de Educación Municipal y mantener por siete años el comedor escolar para 120 niños y niñas. Amparo ha logrado dar esperanza y movilizar oportunidades empoderando mujeres y educando niñas y niños. Su liderazgo es inspirador para afrontar situaciones adversas”.

Villa Selene está bajo su amparo y ojalá Amparo sea protegida por Villa Selene y todo el Universo, en este país dónde, según Indepaz, murieron ciento setenta líderes sociales durante 2017 y siguen cayendo en la profunda boca del silencio.

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