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Siluetas

July 22, 2018

 ÁLVARO LOZANO GUTIÉRREZ, autor de esta crónica, es uno de los diez finalistas del Premio Nacional de Crónica CIUDAD PAZ.

 

Hay cosas que uno termina de entender con el tiempo. A veces porque una nota o un libro cae en tus manos y te revela un detalle, un dato que antes parecía  nimio,  una epifanía  que  recoge  las piezas que no encajaban y las llena de sentido.  En ese momento podemos reconstruir imágenes y recibir una respuesta que tal vez antes nadie nos dio.

 

Al mirar la casa, levantada al sur de la capital, recuerdo como alguna vez soñamos tener con un lugar en el mundo, un pedazo de tierra para compartir nuestras vidas. Muchas veces he hablado con ella y no obstante hoy es diferente, ha prometido contarme como Luis desapareció hace casi veinte años.

 

- Mire solo tengo esta fotografía, la guardó mi suegra. Las demás las rompí o las quemé.

Gloria es una mujer que casi llega a los cincuenta. Todavía guarda los rasgos bellos de las mujeres de Santander que llegaron a Bogotá buscando mejores oportunidades para trabajar y tal vez estudiar. Sus ojos grandísimos, lejos de reflejar tristeza alguna, son vivaces, expectantes como buscando robarle a la vida un poco de alegría.

 

- A él lo conocí en el trabajo, en una ferretería. Era alto y recuerdo que hablaba muy bonito… usted dirá qué tan boba, pero se parecía mucho a Jorge Negrete. De novios duramos casi dos años hasta que un día me dijo que nos casáramos, que quería tener conmigo una familia y recorrer todo el país juntos. Luego vino Daniel, nuestro hijo mayor. En ese tiempo vivíamos en arriendo por los lados de Santa Lucía, pero nos aburría mucho sobre todo porque la dueña de la casa molestaba por todo. Si uno lavaba, si una bombilla permanecía encendida más de la cuenta o sólo por desquitarse cuando nos veía felices.

 

¿Fue cuando vinieron a Usme?

- Si, Luis le compró el lote a un amigo por los lados de Alfonso López. Lo que más recuerdo es que no había barrio, solo potrero. Una señora tenía una tienda que era donde prestaban el teléfono. Y hacia un frio de muerte, eso fue lo que más duro me dio. Pero verlo construir la casa con sus manos los fines de semana me consolaba y hasta me daba alegría.

 

Tiempo después se consiguió un mejor trabajo en una empresa donde ensamblan carros. Fueron buenos años. Tenía un buen sueldo y hasta prestaciones y bonificaciones. Antes de quedar embarazada de María nos fuimos a Cartagena y de ahí conocí Santa marta y Barranquilla. Eso si los fines de semana no rebajábamos las idas a cine. Nos podíamos ver hasta tres veces la misma película en el rotativo del teatro México. Si le digo la verdad a veces entre la oscuridad de la sala me volteaba para mirarlo de perfil y me asombraba cómo se parecía a Jorge Negrete. Algunas veces fantaseaba que no se había muerto y que se había cansado de la vida de lujos al lado de María Félix, que había venido para buscarse una princesa con la cual tener sus hijos y construir una casita.

Alias Wilmer mueve nerviosamente las manos y me pregunta por cuarta vez si tengo un cigarrillo para regalarle. Paramilitar confeso es un hombre de piel oscura y acento paisa. En lo que llevamos hablando se ha tomado cuatro tintos rebajados con aguardiente. Gesticula y, a veces, es grandilocuente al explicar lo que pasó.

 

- Ese día cogimos a varios farianos cerca del Fortul. No sé si usted conozca, eso queda por los lados de los llanos orientales. Es una zona donde los comunistas se habían tomado todos los municipios. Extorsionaban y mataban a su gusto, y eso les duró hasta que llegamos nosotros. Eran tres muchachos que no llegaban a los veinte y un señor mayor, aunque no tanto, que tenía por ahí sus cuarenta. Uno estaba herido en un brazo, y, eso si, olía muy feo, hermano, como que se estaba pudriendo. Yo, entonces, le disparé, pero no porque me diera pesar, es que a mí esas cosas me dan mucho asco y, además, ellos eran carne de cañón. En cualquier momento le aplicábamos la ley de fuga.

 

¿Y cómo fue que se les escaparon?

- Eso fue lo más pendejo del mundo. Un mariconcito recién llegado de la costa que se la pasaba pegado a un radio día y noche. El atembao no hacía más que escuchar vallenatos y hablar de una noviecita que había dejado por allá en el pueblo de él.  Fue como a la segunda noche antes de trasladarlos para ajusticiarlos como se debe, cuando se le salieron del cuarto por el techo y se le volaron.  Los buscamos por cielo y tierra y hasta nos metimos en las casas de los campesinos. Pero nada, como si se los hubiera tragado la tierra, hermano.

 

La tienda donde nos reunimos en el centro de Bogotá es un cafetín donde todavía atienden las coperas. Las rocolas que antes funcionaban con monedas han dado paso a máquinas ultramodernas donde con un improvisado teclado se puede programar la música. Wilmer me pide que le ponga un par del Charrito negro y una canción de Fernando Burbano que se llama Soy un Príncipe a mi modo…

 

- Vea profesor, si nosotros hicimos lo que hicimos fue por salvar a este país del comunismo. Porque, ¿sabe usted qué es el comunismo? Hambre hermano… hambre. Si usted ve a Cuba esa pobre gente está todo el día haciendo fila para poder comprar una libra de arroz o una bolsita de azúcar. Entonces uno no puede dejar que una manada de guerrilleros y de intelectuales de universidad se tiren el país por que sí. No güevon, eso si no se puede permitir.

Una fotografía amarillenta de un hombre y una mujer en Monserrate reposa entre las estampas de la Virgen y un cuadro del Señor Caído. Las otras son imágenes familiares donde una madre y sus dos hijos han caminado su vida en la ausencia. La primera comunión de María, el grado de Daniel, un paseo a las orillas de un río en Santander. Y siluetas, muchas siluetas pegadas alrededor de todos los retratos.

 

- Lo que más me acuerdo de esa mañana es que Luis estaba alegre. Se levantó silbando los boleros que tanto le gustaban y se comió todo el desayunito que le preparé. Después me dijo que estaba pensando echar otro cuarto para cuando naciera la niña. Que se iba a llamar María como mi suegra. En la noche no volvió ni llamó ni nada, ahí fue cuando me comencé a preocupar. Si algo tenía Luis es que si se demoraba o algo, siempre llamaba.

 

¿Y cuánto tiempo lo buscaron?

- Al principio con mis suegros los buscamos por toda Bogotá. Fuimos a hospitales, estaciones de policía y hasta a la morgue ahí en el centro. Por donde no lo buscamos. Y fueron meses se lo juro. Lo primero que me dijeron cuando pusimos la denuncia es que si no estaba segura de que se hubiera ido con otra. Cuando se lo comenté a mis vecinas surgieron chismes. Que lo habían visto con una vieja de pelo negro azabache, que ese hombre era muy coqueto, que le pelaba el diente a todas y bueno a mí me entro la duda. No le niego Álvaro que yo siempre he sido celosa. Y entonces lo veía por todas partes con una mujer alta y elegante. Hasta que un día decidí que se había ido con otra, que me había dejado con Daniel pequeño y con una niña en la barriga… ese día me llené de odio.

- Montar un retén aquí en este país es lo más fácil del mundo, Los bandidos de la guerrilla lo han hecho por años ¿Por qué nosotros no? Yo les dije que se habían volado tres y entonces me tenían que traer tres, dos jóvenes y uno ya mayorcito. Que no me vinieran con maricadas y sobre todo que los que cogieran debía ser gente de lejos, para que en el pueblo no se dieran cuenta que se nos habían escapado los fulanos.

 

Wilmer se toma dos tragos de aguardiente directamente de la botella. De pronto, la voz ya no es la misma llena de seguridad y elocuencia. Ve hacia la calle y su mirada queda vacía. Los automóviles pasan indiferentes con las luces que empatan con un día que se acaba.

 

- Cuando nos subimos al bus pidiendo papeles, la mayor parte de libretas de servicio militar era de primera, pero la gente estaba tan asustada o tan apurada que ni lo miraban a uno. Yo les dije a cuáles bajar. Al principio alegaron: que tenían afán, que los iban a sancionar en el trabajo… cosas así ¿me entiende? Pero después de dos gritos se quedaron callados y se subieron al camión sin protestar. Cuando íbamos saliendo de Bogotá los bajamos y los matamos. De un tiro en la cabeza a cada uno. Yo ni me acuerdo que estaban gritando. Dos horas después los dejamos a la entrada del pueblo con el letrero ‘No más FARC’.

 

¿Por qué guardó las cedulas?

- No se hermano. Porque quería saber a cuantos había matado, por curiosidad, de pronto por lástima. Cuando revisamos la ropa, uno de los muchachos tenía plata y un radio, en cambio el tipo mayor solo unos papeles viejos: unos de chance y unas boletas de cine.

- Mi suegra nunca perdió la esperanza de que Luís apareciera. Ella siempre ha sido una mujer de fe. En cambio, yo me llené de odio. Rompí las fotos, quemé la ropa y hasta regalé las cobijas. Con el tiempo prácticamente regalé todo. Por eso, cuando mi cuñado me dijo que la cedula de Luís había aparecido por allá en los Llanos, escondida le tiré el teléfono… solo quería que me dejaran tranquila.

 

Dentro del proceso de desmovilización del bloque Centauros de las autodefensas Unidas de Colombia (AUC) una de las condiciones para acceder a los beneficios era confesar la verdad. Las versiones libres dieron a conocer la caja de Pandora que había sido la lucha paramilitar. Alias Wilmer no solo reconoció más de treinta asesinatos, sino que ayudó a ubicar los restos de sus víctimas.

 

- Con mi suegra y Julián viajamos al Fortul en Arauca, María no quiso ir. Allá un sacerdote nos recibió y nos dijo que lo esperáramos en una oficina. Nos mostró una copia de la cédula y nos dijo que la fosa común ya la habían ubicado. En ese momento, doña Estella casi se nos muere. Lo había buscado casi trece años y lo encontraba muerto.

 

Daniel no puede contener las lágrimas y sale a otra habitación. Pero desde aquí puedo escucharlo golpear las paredes, maldecir. A los pocos segundos sólo queda un silencio extenuado.

 

- Nos lo entregaron en una caja pequeñita. Eran solo los huesos. Yo le dije a mi suegra que no la abriera, pero no me hizo caso. Usted la hubiera escuchado no hacía más que gritar y llorar. En cambio, a mi como que se me pasmó el llanto. No podía decir nada. Sólo me aferraba a una caja fría, en eso quedó el amor de mi vida.

 

- Mi papá tenía un hueco en la cabeza y parte de la mandíbula destrozada, uno de los doctores de la Fiscalía me dijo que le habían pegado… Él era un tipo alto, fornido, me imagino que para arrodillarlo tuvieron que darle muy duro.

 

La puerta abierta descubre a una anciana y una mujer joven. Estella lleva en sus manos un álbum de fotos que revelan un pasado alegre junto a un hijo que ha quedado suspendido en el tiempo. Una me llama la atención: es la boda de Luis y Gloria. Era un hombre de ojos grandes, sonrisa amplia y un peinado que evoca a las estrellas del cine de oro mexicano.

- Yo le enseñé a odiar a mis hijos. A odiar ¿me entiende? Por muchos años pensé que Luis me había dejado, que yo no era una mujer bonita y que estaba en otro lado burlándose.

 

La anciana llora. Yo bajo los ojos llenos de vergüenza. Siempre se siente vergüenza ante la madre de un hijo asesinado. Sus manos revelan la bondad de los que ya han perdonado, incluso lo imperdonable. ¿Y las siluetas? ¿Qué significan las siluetas al lado de las fotografías?

 

- Es Luís que yo sé que no se perdió ningún momento con nosotros… mire, mientras hablábamos, estaba recortando otra… es para usted.

 

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