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Gustavo Rojas: el navegante que ancló en la paz

July 22, 2018

FRANCISCO TULANDE, autor de esta crónica, es uno de los diez finalistas del Premio Nacional de Crónica CIUDAD PAZ.

 

Gustavo Rojas dejó buena parte de su trabajo y todo su corazón en el río. Fue feliz en sus años de navegante, pero los rigores del conflicto armado le arrebataron la sonrisa. Y, finalmente, ancló en la paz. Hoy, cuando amigos y curiosos acuden a su parcela de El Samán, una huerta multipropósito repleta de productos agrícolas y de ilusiones, sus ojos se humedecen por los recuerdos de horas extenuantes en buques a vapor y grandes lanchas a diésel, que llevaban los productos comestibles ríos arriba hasta Florencia desde Puerto Rico, Caquetá y se regresaban cargados de insumos agrícolas, regalos y muebles.

 

Vinculado al Programa de Sustitución Voluntaria de Cultivos Ilícitos, PNIS, desde el año pasado, sueña con un gran trapiche para producir la mejor caña de la región. El sueño pinta de realidad con los primeros desembolsos del programa, que le garantizan la cuota inicial para embarcarse con éxito, en poco tiempo, en el cultivo de caña.

 

Don Gustavo ha vivido todas las zozobras y las violencias de los últimos 50 años. Hoy, sereno, afirma que tras la firma del acuerdo de paz y la vinculación al PNIS como no cultivador, vive como en un paraíso porque “se le acabaron todas las angustias”. Lo primero que venció este navegante empedernido de río fue la desesperanza. Su parcela se localiza exactamente en la vereda El Diamante, Corregimiento la Esmeralda, municipio de Puerto Rico, Caquetá. “Esto es un fracaso, una mentira, porque no hay ni diamantes ni esmeraldas. Ni mucho menos hay puerto. Y aquí nadie es rico”, decía frecuentemente con tono de amargura.

 

Don Gustavo ha pasado por todos los escenarios, incluido el desplazamiento por cuenta de la guerrilla, cuando sus hijos eran pequeños. Su vida comenzó en barcos de cabotaje que empleaban hasta 3 semanas para llegar de Puerto Rico a Florencia.

 

“No había carreteras. De Puerto Rico salían por el río los cargamentos de maíz, arroz, plátano y mucho pescado, cerdos y a veces, ganado en pie. “Al regreso partíamos de un sitio luminoso que era como el alma del río llamado Puerto Arango, muy cerca de Florencia. En Puerto Arango tomaban el curso del río Orteguaza, luego navegaban por el río Caquetá aguas abajo, subían por las aguas del Caguán y llegaban por el río Guayas a Puerto Rico. Estábamos en la puerta de la amazonia. Era muy duro el trabajo.  Vapor y leña”, relata. Ya en los años 80, llegan los barcos a diesel de 90 a 300 toneladas para transportar las remesas. Se veían barcos con 120 reses con destino a Florencia.

Gustavo, con espíritu de ahorro, vivía a bordo, en un discreto camarote. “Era una vida intensa”, cuenta. Lo que más recuerda de sus tiempos de navegante es que por esa época, su departamento, Caquetá, comenzó a “sonar” a nivel nacional por episodios protagonizados por el movimiento guerrillero 19 de abril, M-19. Numerosos jóvenes caqueteños, cansados de la falta de oportunidades, se enrolaron en el movimiento como opción de vida y de cambio. En el territorio, le atribuyen a esa circunstancia dos episodios muy sonados mundialmente.

 

En octubre de 1981, un comando del M19 secuestró en Medellín un avión Curtis C 46 de la empresa Aeropesca y en un osado periplo, lo aterrizó en la Guajira para recoger 500 fusiles y cajas de municiones. Luego, secuestradores, tripulación y carga volaron hasta el Caquetá y acuatizaron en el río Orteguaza. La mayor parte de los fusiles fue distribuida entre los combatientes en la región. En marzo de 1984, comandos armados del movimiento bloquearon las vías de acceso de las guarniciones militares y se tomaron puntos estratégicos de la ciudad de Florencia, en un claro desafío a las autoridades. Pretendían apoderarse la sede de la alcaldía, asaltar 4 bancos y realizar un acto político en una zona poblada de la capital del departamento. La reacción de las autoridades frustró el osado plan y 11 guerrilleros murieron en los combates de la zona urbana.

 

La Magnolia, el barco en que navegaba Gustavo, casi se choca con el fuselaje de la aeronave. Ya había llegado el ejército al lugar y había un intenso movimiento de tropas que los inmovilizó por dos días. Luego surgieron otros movimientos en buena parte del Caquetá, departamento que años después sería un territorio bajo el control de los insurgentes de las Farc.

“Nos dolió la violencia”

 

“Todos los campesinos empezamos a sentir la violencia. Nos dolía. Vivíamos con angustia. Jamás podremos olvidar que murieron muchos inocentes. Íbamos a lomo de caballo o caminando, cuando empezaban los tiroteos y los combates; solo nos quedaba rezar”, evoca Don Gustavo. En su caso, el panorama fue el peor porque la actividad del río se fue extinguiendo y no volvió a navegar. Tuvo que gastar los ahorros para establecerse en una vereda llamada La Tranca, Jurisdicción municipal de Milán, al occidente del Caquetá. Allí persistía la zozobra, pero sus hijos podían asistir a la escuela. La presión de la violencia no cedió y tuvo que engrosar la lista de los miles de desplazados por culpa del conflicto armado en Colombia.

 

Con amargura, casi sin esperanzas, abandonó su tierra y llegó a aventurar en El Diamante. Compró un par de cerdos, gallinas y empezó a trabajar también con panales y un cultivo pequeño de uva. Enfrentaba dificultades para sacar el producto y venderlo en el pueblo. Los problemas llegaron entonces disfrazados de cultivos de coca. La región se inundó de matas de coca y sus vecinos le preguntaban por qué seguía insistiendo con cultivos tradicionales mientras la coca la pagaban a buen precio y en efectivo.

 

Don Gustavo aguantó la presión y se negó a sembrar coca, convencido de que “no era un buen camino”. Además, alguna vez le escuchó decir a un recolector (“raspachín”), llegado de La Uribe, Meta, una frase que le rondó siempre la cabeza: “la plata de la coca se acaba ligero”.

 

Don Gustavo no bajó la guardia. La situación de orden público se agravó después con la llamada zona de despeje del Caguán o zona de distensión para las Farc en 1999, (42.000 kilómetros cuadrados), un intento del gobierno de entonces para propiciar un diálogo por la paz, y vivieron muchas tensiones con la presión militar durante los dos gobiernos del expresidente Álvaro Uribe.

 

Por fin un cambio

“Parecía que estábamos marcados para sufrir”, resume don Gustavo. Pero luego de la firma del acuerdo de paz en el segundo gobierno del Presidente Juan Manuel Santos, las cosas empezaron a cambiar en esa región martirizada por el conflicto. La carretera de Puerto Rico a Florencia le dio una nueva dinámica a la región. Y llegaron entonces los encargados de socializar con los vecinos y las juntas de acción comunal, los planes del PNIS.

 

La gente se sorprendía porque eran los propios guerrilleros de las Farc, aquellos que antes patrullaban con fusiles y equipos de combate, quienes ahora llegaban de civil, caminando al lado de soldados y policías, en sitios donde nunca había ingresado la fuerza pública. Curioso y acucioso, don Gustavo se matriculaba en cuanto curso ofrecía el Servicio Nacional de Aprendizaje, SENA. Por eso, sabía que llevaba un terreno ganado. “Resultó un buen alumno”, dice Carolina Ceballos, técnica agropecuaria que lo apoya hoy en la asistencia técnica del PNIS, en el cultivo de tomate.

 

El veterano navegante de río se vinculó como no cultivador de coca, comenzó a recibir los recursos económicos y se entregó de lleno al trabajo en el Samán. Cuida hoy su cultivo de Sacha Inchi, esa especie de maní amazónico que consumían los incas, que tiene omega 3, 6 y 9, reduce el colesterol y retrasa el envejecimiento de las células. “Es un producto ganador”, según Yuberny Quiceno, promotor rural de La Esmeralda.

 

Está en la etapa del recurso que proviene de la asistencia alimentaria y nutricional. Esta se da luego del primer año de vinculación, tras recibir 12 millones de pesos en pagos bimestrales. Luego le dará forma a uno o varios proyectos productivos que serán sostenibles de cara al futuro. En el predio el Samán, el visitante debe tener cuidado. Camina entre patos, gallinas y conejos. La huerta casera tiene cebolla, tomate ahuyama, frijol verde, pepino, cocos. Quiere producir alimentos concentrados. Tiene contratada la producción de huevos por un año. Y el Samán ya “huele a caña”.

 

“Por fortuna, a esta edad, se me acabaron todas las angustias. Por fin siento la paz. Me cambió la vida. Ya no hago bromas sobre el lugar donde no había esmeraldas ni diamantes, ni de un puerto que no era puerto ni era rico. De pura verdad, lo único que extraño es el río, y en especial, el álbum con todas mis fotos de navegante que se perdió en un naufragio en el Orteguaza, que casi me cuesta la vida. Pero aquí estoy”, suspira don Gustavo Rojas. Ya ancló en la paz.

 

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