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En América, la esperanza es lo último que se pierde

July 22, 2018

FÉLIX MANZUR JATTIN, autor de esta crónica, es uno de los diez finalistas del Premio Nacional de Crónica CIUDAD PAZ.

 

Era domingo electoral.

 

En medio del ventisquero y el inaguantable sopor del mediodía, caminaba Rocío. Venía apesadumbrada y adolorida. Andaba como un desperdicio humano, asqueada de tanta saladera y de un pueblo lacerado por un clientelismo que llora maldad.

 

Llegaba del cementerio. De esa fría y lúgubre necrópolis donde, sin lápida de mármol, sin cánticos, ni Cura, ni familiares, ni dolientes, había enterrado en una tumba prestada y en un sarcófago de camajón, a la hija que tenía con Eduardo Serruchero, candidato a alcalde, su amante de toda la vida.

 

Recordaba y se refugiaba desconsolada en su desgracia. Caminaba por la destapada y polvorienta calle, acompañada con la única persona que aparentemente aliviaba su dolor: la comadrona y partera Lucinda. Sus hermanos, primos y padres, son pregoneros o capitanes de Perucho Promesero, líder político del pueblo La América. Protector y jefe del padre de su hija que murió de hambre y acababa de sepultar. No la acompañaron al sepelio; por ningún motivo podían abandonar la ayuda al líder político de sus afectos, menos en un día tan crucial e importante como lo es la elección popular de alcalde. La muerta para ellos podía esperar en su fosa. Perucho, conocido de autos, resoluciones, edictos en cortes, tribunales, juzgados y fiscalías; además de jefe político, era el gamonal del pueblo. Todo lo dominaba. Su meticulosa metodología constituía una red donde nadie escapaba. Señor y dueño de un feudo podrido, donde el tráfico de influencias, la marrullería ramplona y humillante, hacía que el pueblo se le rindiera con creces.

 

La hacienda La Colombia era la preferida de Perucho Promesero. Miles de hectáreas constituían su señorío. Su tatarabuelo, un andariego gallego que vino a probar fortuna desde la península Ibérica, la adquirió a punta de engaño y látigo.

En la violencia fratricida y partidista afianzó su poder económico con triquiñuelas y malabares dignos de un hechicero. Canjeaba con los incautos indígenas de la zona, tierras por comida, ron y baratijas de su tienda ‘La Conquista’.

 

En el pueblo se comenta, inclusive, que en sus haciendas, cientos de indígenas formaban cuadrillas de desmontes y ordeñerías. El único salario que merecían era una precaria alimentación. Los alojaba en miserables barricadas al lado de las porquerizas y pesebreras; los pobres nativos eran trasladados a campos de la hacienda en zorros tirados por yuntas de bestias, junto con la barbasca, el heno y la boñiga de los cerdos que debían arrojar a los pastizales para su fertilización.

Al heredar la hacienda, después de varias generaciones y morir también su padre, que fue el precursor de la dinastía política, Perucho alivió en algo la situación de los trabajadores. Por cierto, habían servido también en la hacienda por cuatro vidas y generaciones; la de sus bisabuelos, abuelos, padres y la de ellos mismos; les quitó la miserable ración; pagaba un salario que ni siquiera llegaba a la mitad del mínimo establecido por el Gobierno. Las liquidaciones de cesantías las realizaba el inspector del pueblo, amigo de libaciones y francachelas del gamonal.

 

Eran tiempos difíciles; el hambre azotaba el gaznate y las exiguas panzas de los habitantes del pueblo. El Gobierno Nacional, quebrado, arruinado por los desfalcos de los de cuellos blancos, arrinconado por los requerimientos de ajuste fiscal del Fondo Monetario, mandó al físico pavimento a más de un millón de personas. La mayoría de los empleados del pueblo quedó cesante. Perucho, que era amigo y financiaba a los paracos para que protegieran sus haciendas, les mandaba la cuota cesante política que tenía, para que los reclutaran en las autodefensas. Otros se metían a la guerrilla. Sin embargo, el Gobierno acabó pactando la paz con los insurgentes.

 

Rocío recordaba cómo, por amor al hombre de su vida, había sacrificado todo; la dignidad, su propia hija y hasta la vida misma. Fue el fruto de las noches prohibidas, malditas y azarosas, lo que había sepultado su futuro.

 

El corazón latía por Eduardo; sintió ánimos de aproximación reprimidos. Rocío también trajo a su mente cuando Eduardo se casó con Amparo Montesinos, hija de un concejal, pero no la había dejado a ella, su novia de toda la vida, y la tenía preñada. Con las dos se sentía bien, como lo habían hecho toda la vida su abuelo y su padre. Él no podía dejar de tener tampoco su principal y sucursal en amoríos y lujuria, como es la costumbre en el trópico ardiente y folclórico. El pueblo La América hervía de la farsa electoral.

 

El kiosco de Perucho era un corral de humanos. Estaba en plena campaña proselitista, pululaban personas de villorrios, barrios, veredas y corregimientos. El grajo nauseabundo se confundía con el menticol de patico de las puticas del pueblo, que también querían pescar en río revuelto.

 

Como nadie iba a los burdeles de Mañeco por falta de billete, Perucho les tiraba dinero por el voto; otros pedían para comprar medicinas, sacarse muelas y dientes podridos; y uno que otro vicioso, para comprar drogas.

 

A pesar de su desgracia, recordaba cuando fueron amantes. Hicieron el amor como tiernos y salvajes hijos de Dios; copularon en potreros, cantarinos arroyos, árboles, ríos, corrales y vaqueras. Dieron rienda suelta a sus instintos; disfrutaban del afrodisíaco y acogedor trópico; doraban sus cuerpos desnudos expuestos al canicular y quemante astro sol, se exponían también hasta los resplandores del ocaso, del crepúsculo triste y melancólico; igualmente en la calma de las noches de plenilunio.

 

Se alojaron mucho tiempo en la pequeña y rústica habitación; vecina, por cierto, de la que tenía el padre de Eduardo, quien era capataz de la hacienda. Vivieron su mundo de ensueño e ilusiones, de momentos estelares, de ingenuas o hermosas manifestaciones exentas de prevenciones y egoísmos que matan el amor.

 

El campo, las montañas, los árboles, los pétalos de las flores silvestres y la policromía del arco iris, eran la salvación y el olimpo de los amantes. Sin embargo, abandonar el campo se convertiría en algo premonitorio para su odisea.

En el pueblo mucha gente se pudría en la miseria absoluta, unos cuantos se gloriaban en la opulencia mezquina y excluyente. Los políticos y avivatos se forraban del dinero ajeno. Las empresas públicas, después de exprimirlas, saquearlas y arruinarlas, se volvieron cloacas inservibles.

 

Al finalizar el día de las elecciones y terminar el conteo de votos, Eduardo cabalgaba adusto, orgulloso y acartonado en el brioso corcel, el alazán. Encabezaban una manifestación popular de regocijo por la maquinaria política aceitada con dinero, tierra y sangre, lo había hecho alcalde. El patrón cabalgaba a su lado; vigilaba celosamente todos los ademanes de su protegido. De repente Rocío, que parecía un escombro humano, cabizbaja y llorosa, se atravesó al frente de su caballo, queriendo decirle lo de su hija muerta por física hambre y abandono. Éste la golpeó con el caballo y tiró al suelo. Eduardo la miró despectivamente de reojo, con su patrón, y la ignoraron; lo mismo a la turba que apestaba a ñeque, jolgorio y ron.

Rocío se levantó tímida, sonriendo al infortunio y a la desgracia. Sabía que en el pueblo de América… la esperanza es lo último que se pierde, así esté jodida y postrada, y que con el proceso de paz pactado la situación mejoraría.

 

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