La despedida de un Gobierno

May 1, 2018

LO QUE EL COLECTIVO SOCIAL DEBE SABER Y RECONOCER   

No pretendo hacer en esta oportunidad, una defensa ni un balance de lo qué tan bueno o qué tan malo fue el gobierno del presidente SANTOS, que se encuentra en este momento en el ocaso. Hacer balances pensando en los editoriales y los titulares de la prensa, y más en época electoral, no es un buen ejercicio, o por lo menos, no es responsable. Pero colocar en la mesa, sin partidismos, sin sectarismos y sin odios sembrados y encarnados, los hechos de un Gobierno, debe ser la tarea de análisis, no de historiadores sino de todo el colectivo social.

 

PAÍS ACOSTUMBRADO A LA GUERRA

Colombia, no vamos a decir que sólo en los últimos setenta años, sino casi desde su temprana república, ha vivido bajo el influjo del conflicto armado. Sólo un breve espacio de tiempo, el que va comprendido entre 1890 y 1892 podemos considerarlo como los dos años en que Colombia vivió en absoluta Paz. Esto sucedió durante el Gobierno de Carlos Holguín, un chocoano que había portado la banda presidencial desde 1888. Se puede decir, como él mismo lo afirmara durante su balance ante el Congreso de la República, que no se disparó un solo tiro de fusil, y ningún colombiano cayó bajo el influjo de los odios partidarios, ni de la confrontación de armas.


Es decir que desde 1892 hasta nuestros recientes días, casi siete generaciones completas, no han vivido en un país que no se levante con la zozobra de las balas. Por ello, el esfuerzo de un Gobierno por conseguir la paz, mal negociada o bien negociada, con avances o con retrocesos, debe hacernos reflexionar sobre el destino promisorio de un país que debe involucrarse en nuevos espacios mas allá de las desavenencias, los odios y las masacres, a las que nos acostumbramos. Hoy, pocos llevamos la cuenta de los días en que no hay un solo herido, mutilado o convaleciente de guerra en los dispensarios médicos militares en todo el país. Ese grandioso suceso, solo ese, debe hacernos reflexionar sobre sí valió la pena girar el timón de las políticas del estado de la guerra a la paz. Y es que la paz, no es siempre gratuita, y siempre estará pavimentada de espinas, por cuanto siempre se edifica sobre un pasado que nadie quiere repetir.

 

Hoy no hablamos de liberales, conservadores o comunistas, tampoco de chusma ni chulavitas, hoy el discurso se volvió de ultraderecha o de izquierda, lo que nos hace pensar que no hemos superado los discursos, para llevarlos a la acción. La verdadera política, escribió el doctor Belisario Betancur en el libro La pasión de gobernar, es llevar los consensos a la acción, traducida en bienestar para la patria. Esa patria que es grande en rincones de Vichada o Vaupés, donde hay pocos votos pero mucha patria. Infortunadamente patria olvidada, y ocupada por quienes han escogido esa lejana patria para delinquir.

 

Este gobierno, en mi criterio, correrá la misma suerte que el del doctor Virgilio Barco Vargas, hace treinta años. Los colombianos tenían una buena imagen de su Presidente, al que consideraban honesto, pero al Gobierno –con su rótulo– lo marcaron con la tinta de sangre que bañó al país, en esos años aciagos. Pero con el paso del tiempo, su imagen creció, cuando empezaron a dar frutos los programas del Plan Nacional de Rehabilitación, el programa de Escuela Nueva que acabó con el analfabetismo y colocó al país en el primer orden de Latinoamérica al erradicar en menos de diez años el analfabetismo. Se creció cuando las Naciones Unidas reconocieron que en cuatro años se le entregó más tierras a los indígenas que durante todos los programas de reforma agraria en cincuenta años previos. Se le reconoce hoy como el padre de la reforma constitucional de 1991, porque su Gobierno fue el gran impulsor del cambio institucional para convertir a Colombia en un estado moderno, amén de que lo consiguió trayendo las primeras redes tecnológicas y el cable submarino que nos conectó con el mundo. Una economía positiva que creció por encima del cinco por ciento y mostró al mundo que nuestros productos como el café, las flores y las ricas frutas de nuestro trópico, bien podían ingresar en mercados asiáticos y europeos, donde eran casi desconocidos nuestros sabores y aromas.

 

Este Gobierno, el que terminará el siete de agosto, podrá contar en sus páginas de historia, que produjo una revolución en la manera como nos ven desde afuera, para bien de Colombia, así tenga muchos detractores. El Premio Nobel de Paz no visibilizó solamente al galardonado, colocó a Colombia en la esfera mundial en temas de reconciliación y productividad que antes eran impensables para un País como Colombia a la que solo se le veía hasta en películas como un territorio de bandidos narcotraficantes y pobres. Llegar hoy a un aeropuerto en Europa o a los Estados Unidos, ya no es motivo de angustia, miedo o vergüenza.

 

LAS SOMBRAS QUE PERMANECERÁN

Sin embargo, también permanecerán unas sombras, que son ya imposibles de enrumbar. La falta de precisión en temas como la migración venezolana, la falta de un manejo adecuado de la economía hace tres años, nos llevó a la imposición de una reforma tributaria odiosa y recesiva. Una carga impositiva y un costo de vida que la han sentido todos los órdenes sociales.

 

En el pasado, las reformas tributarias producían efectos en la clase media en promedio, pero esta última ha afectado todos los órdenes económicos, especialmente el productivo, lo que ha hecho que la migración de capitales, que creíamos establecidos como propios, dejen unos saltos en la estabilidiad productiva. No es causada como el Gobierno dice, debido a la recesión de los mercados internacionales, puesto que Colombia no ha estado conectada a ellos de manera incidente.

Los coletazos de economías foráneas no deben golpear la nuestra si se toman medidas a tiempo y de la manera correcta. El rumbo de la economía, en manos de un Ministro poco audaz y más impositivo, promotor de tasas altas y poco competitivas, ha mostrado la cara mas negativa durante estos ocho años que están terminando. Y es que cuando la economía es incierta todos los panoramas parecen opacos. Es por ello que muchos logros del Gobierno no se visibilizaron porque la economía doméstica no se sentía bien.

 

Otra de las sombras que nos deja este Gobierno, fue la falta de liderazgo y decisión para implementar una reforma a la justicia profunda y estructural. La congestión de los despachos judiciales, la lentitud en la administración de una justicia efectiva, la implementación de sistemas penales no aplicados en tareas procesales, la congestión carcelaria, el alto número de procesos desistidos son un símbolo de que el colectivo ni cree ni confía en la justicia, y que más bien, le parece un sistema anacrónico de impunidad, en el que reverdece el crimen y diezma la seguridad. Si bien es cierto, las tasas de homicidios han bajado ostensiblemente, no así los hechos relativos al hurto, y delitos ‘menores’ a los que por verlos de esa manera no están siendo combatidos con la precisión que un sistema penal y judicial debe abordarlos. No debe existir delito pequeño, pero si una Justicia suficiente, eficaz y con mecanismos útiles para confrontar el crimen sea del tamaño que sea.

 

Una reforma agraria, que se quedó en los titulares de prensa y en las expectativas de campesinos y víctimas. El anuncio de un programa de restitución de tierras, que debió fronterizar la capacidad del Estado para ejecutarla, se quedó en las intenciones y en el miedo por la diezmada muerte de los líderes y liderezas que visibilizaron la posibilidad de un retorno al campo como una acción de reparación a 60 años de desplazamiento y pobreza.

 

Es decir, el Gobierno con la Ley de Víctimas y restitución de tierras, mató al tigre y se asustó con el cuero. Y ese susto, tiene represada la posibilidad de que cinco millones de colombianos tengan posibilidad de ser propietarios de lo que un día fue suyo. No es un secreto que el microtráfico y el cultivo de bases alucinógenas se dispararon en estos últimos cinco años, producto de la baja de la guardia en combatir el tráfico no como una política impuesta sino como la necesidad de blindar a la sociedad de los efectos negativos en todos los órdenes, del ingreso del delito a la cadena productiva de la economía. Este tal vez, en mi opinión, es el lunar más visible de este Gobierno en su lucha contra las drogas. El discurso de la legalización no puede frenar combatirlo mientras sea el negocio de narcóticos una fábrica de muerte y crimen.

 

En síntesis, y así lo esperamos los colombianos, los esfuerzos por construir la paz deben valorarse por poco o por mucho que se haya avanzado. Los resultados de un acuerdo se verán reflejados, si así lo queremos en el largo tiempo.

Todo esfuerzo por lograr la paz debe ser aplaudido y apropiado para poder conseguir una paz estable y duradera. De eso debemos encargarnos todos, no sólo el Gobierno.

 

Mi deseo, para bien no sólo del Presidente sino de Colombia, es que con el paso del tiempo los hechos positivos del Gobierno sean más gratos que como se miran hoy con la lupa de la mediatez y la parcialidad que suele cegarnos la conciencia.

 

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