¿Colombia es una democracia?


En los años de mi infancia y adolescencia en el colegio había clases de cívica y de Historia de Colombia. Una excelente iniciativa que cumplía con el propósito de darnos unas reglas sencillas de convivencia y, al mismo tiempo, nos indicaba los valores esenciales para vivir en una verdadera democracia. Los maestros nos decían que nuestro país era la democracia más sólida de Iberoamérica. Para esos años en el resto del continente se debatía en dictaduras desde Argentina y Uruguay hasta Cuba. Era una época muy convulsionada, en medio del terror que le producía a EE. UU la posibilidad de que la influencia de la U.R.S.S se extendiera por toda América.

Cómo mi padre fue siempre político, un día cuando llegué a casa y le pregunté que si nuestra nación era una democracia. Me contestó que no y agregó que lo era formalmente, pero que el gobierno del pueblo y para el pueblo no era sino un sueño por realizarse. Esa es nuestra realidad.

En un país donde el principal foco de corrupción son las elecciones no se puede hablar de democracia. No sólo sucede la compra-venta de votos en las presidenciales sino también en las parlamentarias, en las departamentales y en las municipales. Ese es el origen de nuestro caos, puesto que unos gobernantes que llegan mediante fraude organizado y engaños no tienen autoridad moral para corregir el curso de una sociedad enferma como la nuestra.

De otro lado, es bien sabido que ellos no creen en la democracia. Es más, les incomoda mucho. Ese profundo concepto filosófico que emerge de dicha palabra, implica pensar en el bien común muy por encima de los deseos más personales. Precisamente por eso, no puede haber coherencia entre lo que dicen y lo que hacen. Todos hablan de bienestar general pero sus actos los desmienten. Un sólo ejemplo basta. En el país se ha decretado, desde hace décadas la educación primaria gratuita. Pero no se ha implementado de manera efectiva y siguen debatiéndose mecanismos idóneos para lograrlo. Y todos saben que no es una cuestión económica sino de falta de decisión política. Se le asigna un presupuesto magro, porque lo que predomina es indiferencia del gobernante de turno para con los asuntos fundamentales como son educación, salud y trabajo digno. Por el contrario, con sus actitudes de señores feudales se sienten que son dueños de la vida y honra de los demás y por eso, no interesa nuestro crecimiento como personas. Poco importa si podemos cumplir nuestras metas en la vida. Lo único que les interesa es mantenernos sometidos a sus caprichos.

No se dan cuenta, además, que negarle un alto nivel de educación a los colombianos tiene consecuencias muy graves para el crecimiento integral del país. El atraso de nuestra nación es directamente proporcional a la falta de instrucción de sus habitantes. Es absolutamente antidemocrático que un jefe de Estado sea tan miope como para no darse cuenta que su decisión de favorecer a unos pocos trae consecuencias deplorables. Los industriales, los financistas, los grandes ganaderos y agricultores pierden competitividad cuando aquellos que trabajan para estos grandes emporios no están adecuadamente calificados para cumplir con eficiencia y celeridad las labores que les han sido encomendadas. Así pues, el querer mantener este sistema injusto e inequitativo no nos permite ir hacia adelante.

La pobreza, que es el producto de la confluencia de varios factores, no se puede superar si no se aborda como prioritario el desarrollo educativo integral. La indiferencia del Estado colombiano alarma. En las principales ciudades de nuestro territorio existe una pequeña franja de población que vive de manera aceptable. La gran mayoría subsisten o sobreviven en la desesperanza. A la falta de oportunidades, de trabajo digno y adecuadamente remunerado, se le suman el hacinamiento, el hambre, las muy precarias condiciones de sus viviendas, un deficiente sistema de salud, vías de acceso en pésimo estado, dificultades de transporte y como si fuera poco, carencia de centros educativos bien dotados. ¿Y qué hacen los diferentes mandatarios? La respuesta es nada. Ni solucionan los problemas inmediatos y mucho menos los mediatos. Mantener este país en desorden es la consigna para impedir que las pocas familias que nos han gobernado dejen el poder y así sigan deshaciendo a su antojo todo intento de caminar hacia un progreso seguro y estable.

Es fundamental pensar que Colombia no será una democracia hasta que no se busque una transformación esencial, donde quede atrás la mirada despectiva de los jefes de Estado. Si no cambian las prioridades, jamás nos acercaremos al sentido profundo de dicha palabra. La forma en que se ha venido destruyendo a Colombia, no por la violencia de las bombas, sino por la indiferencia de los que tienen en sus manos las decisiones transformadoras de nuestra nación y que usan toda su inventiva, para ejercer esa violencia pasiva que se traduce en el menosprecio a los derechos fundamentales, consagrados en la Constitución del 91 y mucho antes. Mientras no seamos capaces de entender que nosotros, los ciudadanos de bien, tenemos el destino del país en las manos y no tengamos el valor de rebelarnos votando a conciencia, por alguien a quien de veras le quepa el concepto de democracia, estaremos viviendo bajo el oprobioso régimen que nos tiene secuestrados en el hambre y la pobreza. Se trata de una dictadura disfrazada de libertad, pero dictadura al fin y al cabo…

Cartagena

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