Paz ‘regalada’

May 16, 2018

Nunca, nunca, la paz se ha dado por generación espontánea. Nunca, nunca, la paz ha sido regalada, envuelta en papel celofán y adornada con cintas multicolores.

 

La paz, esa que ansiamos cada día, ha de ser la conclusión de una tarea colectiva. Para lograrla habrá que trabajar día y noche, en cada rincón de la geografía nacional. Lograr consensos, construir realidades que nos unan como pueblo.

 

La búsqueda de la paz y la construcción de la misma exige continuidad, porque la paz regalada no existe. La paz no es el milagro que se espera en la mañana. Es el sueño de una Nación que durante más de medio siglo ha sido escenario de barbarie, dolor y sacrificios –muchas veces– inútiles.

 

Como escribiese Albert Camus en el periódico francés Combat[1], después de haberse enterado del letal ataque perpetrado el ocho de agosto de 1945 contra Hiroshima, “ante las perspectivas aterradoras que se abren a la humanidad, percibimos aún mejor que la paz es la única batalla que vale la pena librar”.

 

Sí. Para lograr la paz hay que librar batallas en las que no haya vencedores ni vencidos. En la que no haya muertos, desaparecidos, heridos, mutilados, secuestrados, impunidad, inequidad… La paz, ciertamente, “es la única batalla que vale la pena librar”.

 

En Colombia, a pesar de todo, no es así. Aquí, hay quienes creen que, al ser firmado el Acuerdo de Paz con las Farc, por arte de magia, al día siguiente la paz se posaría sobre Colombia y viviríamos felices para siempre. Pero, no fue así. Este no es un cuento de hadas. Nunca ha sido así.

 

Después de haber sido firmado el Armisticio de Compiègne, el 11 de noviembre de 1918, entre los Aliados y el Imperio alemán para dar fin a la Primera Guerra Mundial no llegó la paz definitiva a las naciones firmantes. El descontento y deseo de venganza incubó los horrores de la Segunda Guerra Mundial, permitiendo que Adolfo Hitler impusiera sus odios. Esa paz firmada se transformó –porque “El hombre es un lobo para el hombre”, según Hobbes– en genocidios, desapariciones, torturas y la explosión de dos bombas nucleares en Hiroshima y Nagasaki. En la primera de ellas, la bomba mató de un golpe, el seis de agosto de 1945, a más de 80 mil civiles.

 

Para dar fin a la Segunda Guerra Mundial, 49 naciones –Fuerzas Aliadas y Japón– firmaron el ‘Tratado de San Francisco’, el ocho de septiembre de 1951. Para que entrara en vigor hubo que esperar hasta el 28 de abril de 1952. Y hoy, ¿podemos decir que Europa, Asia, África y América viven en paz? ¿En paz con sus vecinos continentales? ¿El mundo vive en paz?

 

Y aquí, en Colombia, ¿cuántos tratados de paz han sido suscritos? El general Gustavo Rojas Pinilla indultó, el 22 de junio de 1953, a los alzados en armas. El gobierno de Belisario Betancur firmó la paz con las Farc, el 28 de marzo de 1984, y el nueve de diciembre de 1985 suscribió acuerdo de cese al fuego con dos facciones del Eln. Virgilio Barco firmó en 1989 tratados de paz con el M-19, con el Quintín Lame y con una facción del Epl. De todas esas guerrillas quedaron grupos disidentes, muchos de los cuales se mantienen alzados en armas hasta hoy (¿Lo duda? Ahí están los disidentes del Epl delinquiendo en el Catatumbo). Luego, el Gobierno de Álvaro Uribe firmó la paz con las AUC. Y hoy delinquen cientos de disidentes en las ‘Bandas Criminales’ o en diversos ‘Clanes’ del narcotráfico.

 

No hemos entendido que el libre albedrío impide que todos los integrantes de una agrupación guerrillera se desmovilicen y permanezcan, por meses y años, en ese estado.

 

Es fácil cuestionar lo que pasa en otros rincones de la Patria. Cada vez que –dolorosa y lamentablemente– fallece un niño desnutrido en La Guajira escucho “esa es la paz que querían los del ‘Sí’…”. Cuando asesinan a soldados o policías –aun cuando los responsables sean integrantes del ‘Clan del Golfo– aseguran: “esa es la maldita paz de…”. Cada vez que el Eln perpetra alguna acción contra la población civil o contra la infraestructura reiteran: “esa es la paz…”.

 

La ocurrencia de hechos de violencia –como los mencionados–, perpetrados por diferentes actores, no tienen relación directa ni indirecta con la firma del Acuerdo de Paz con las Farc.

 

No hay que olvidar que los grupos disidentes subsisten porque sus integrantes persiguen fines lucrativos impulsados por delitos trasnacionales, tales como el narcotráfico o el tráfico de armas. Perseguirlos es deber del Estado y de sus instituciones.

Pero la existencia de los mismos no implica el fracaso de un proceso. Las vidas salvadas desde las firmas de todos y cada uno de los tratados son razones suficientes para alegrarse.

 

Firmar un tratado no genera la paz. La paz hay que construirla, hay que desearla, hay que enamorarla, hay que coquetearle, hay que tenerle paciencia… Y librar la batalla de la vida por lograrla. Para lograrla entre todos, entre todas. Para que el odio y la sinrazón no se impongan transformando nuestras vidas en círculos del infierno.

 

 

 

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[1] Combat, periódico francés creado durante la Segunda Guerra Mundial, coordinado desde La Resistencia. En él escribieron Georges Altschuler, Albert Camus, Jean-Paul Sartre y André Malraux, entre otros.

 

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