Cartagena y la politiquería


La grave crisis por la que atraviesa “la noble e ínclita ciudad”, como dice el himno de nuestra Cartagena, deja perplejos incluso a aquellos analistas políticos más experimentados. Es casi impensable que se esté frente al mismo lugar que, desde los albores de su historia colonial hasta el momento de la proclamación de la Independencia absoluta de España, se había distinguido por el pundonor, valentía y carácter moral de sus habitantes. Parecería que algún hechizo muy potente ha adormilado a sus actuales moradores, que viven una especie de somnolencia permanente que les impide pensar y, lo que es peor, rebelarse.

Pero antes de proseguir en el análisis hay que meter el dedo en la llaga. No es el 'Corralito de Piedra' la única capital de departamento en Colombia que tiene un comportamiento tan anómalo. En Cartagena se han hecho públicos en el último año muchos escándalos políticos y financieros, es cierto, pero la nación entera está infestada por la pandemia de la corrupción y la debilidad de un Estado errático. El común denominador de esta nación ha sido, desde el inicio de su vida republicana, la manipulación y el ultraje por parte de una oligarquía perversa que tiene al país en el atraso. Si se hace referencia directa a ‘La Heroica’ es porque habito en ella y porque ésta es la ciudad de mis ancestros a los que vi luchar por un país más incluyente y equitativo desde niña.

Infortunadamente este comportamiento no es reciente. Hace años se viene observando esta perniciosa abulia frente a los hechos más graves. Todos critican, comentan, afirman estar hartos, pero permanecen muy quietecitos en las salas de sus casas. Como decían antes las señoras, se les pasea el alma por el cuerpo. Sin embargo, algo de verás escandaloso como el hecho de que un edificio se derrumbara en plena construcción dejando 21 obreros muertos y varios heridos hizo que las autoridades nacionales volcaran su atención en los acontecimientos recientes para que se pudiera ver el tupido bosque de corrupción, a pesar de que los espesos árboles de la politiquería intentaban tapar sus excrementos, con la misma diligencia con que lo hacen los gatos con los suyos.

Los cartageneros suelen reunirse en diversos rincones de la ciudad y comentar sobre la política interna. Bien sea en el Parque Bolívar, en el Palito de Caucho, en la Plaza Fernández Madrid o en algún sitio de mayor postín en Bocagrande. No importa el lugar, pero la conclusión es siempre la misma: La corrupción ha acabado con el país y lo que es más grave, con la ciudad. Sin embargo, podríamos suponer que ellos piensan que deben resignarse. Cuando llegan las elecciones para alcalde de Cartagena saltan a la palestra diversos candidatos. La población comienza a murmurar que uno está financiado por un “empresario” que lava dinero mal habido, otro por politiqueros inescrupulosos que, incluso han estado en la cárcel, los de más allá por los contratistas que tienen intereses en obras civiles de gran envergadura y así sucesivamente. Se creería que se han prendido las alarmas y que, finalmente, este pueblo indolente ha despertado. Vana ilusión. Aparecen las primeras encuestas y lo que se nota es que entre más cuestionamientos morales tiene un candidato, más gente está dispuesta a apoyarlo.

La conclusión más acertada es que ser ladronzuelo es una virtud y no un atentado contra la sociedad. Todos corren a estregarse, como si se tratara de solteronas vírgenes ante la presencia de un galán atractivo, aunque con fama de gigoló. Imaginan, en el colmo del candor y la bobada, que la gran torta de los contratos y las O.P.S alcanzará para que ellos, como en Ali Baba, que son los esclavos de los capataces o parientes lejanos de los cuarenta pillos del barrio, puedan volverse millonarios en un abrir y cerrar de ojos. Por su lado, las mujeres quedan convencidas de que contarán con el hada madrina que fue la maestra Suma Cum Laude de la encantadora maga que transformó a Cenicienta en la princesa mas envidiada de todos los tiempos. Y votan por lo peor que pueden escoger. Si los candidatos fueran Dios y el diablo, con certeza ganaría Satanás y lo justificarían diciendo: “Docto, ese es que va a ganar” ¡Cómo si el demonio pudiera lograr su propósito sin contar con los votos de los incautos! No se percatan de que ellos mismos son los culpables del fracaso administrativo de este lugar. Nadie más. Una vez conocido el resultado de las elecciones se van muy felices para sus casas porque triunfaron.

Con el correr de los días, las semanas, los meses y los años nada mejorará para los alegres y esperanzados electores. Pero, tengan la certeza de que algo nefasto estará pasado. Reaparecen con mayor fuerza el llanto y crujir de dientes, el hambre, la falta de empleo, las enfermedades que no son atendidas oportunamente, las escuelas donde los niños tienen que sentarse en el suelo, los atracos y balaceras en las puertas de las casas, los turistas ávidos de droga y prostitución infantil, la falta de servicios públicos básicos, las calles sin pavimento, inundadas y malolientes y con todas esas penurias aumentadas llega también la bien conocida frase “estamos en el mejor vividero del mundo” y en el Caribe aún más, porque, como dice la canción: “En el mar la vida es más sabrosa”. Cabe preguntarse si son eternos masoquistas, que entre más látigo reciben más lo disfrutan. Es realmente inentendible tanta propensión a seguir en la miseria y la humillación.

Los motivos que llevan a éste sombrío panorama se puede resumir en los siguientes hechos : el alcalde elegido no es autónomo simplemente porque está comprometido con bandas de delincuentes de todos los pelambres; llámense estas empresarios financistas capaces de sobornar a funcionarios para obtener licencias de construcción fraudulentas o adjudicación de contratos, casi de exclusividad, que les permitan ofrecer toda clase de productos, desde alimentación escolar hasta los adornos navideños pasando por el transporte de turistas, grupos musicales para las fiestas del 11 de noviembre, hasta uniformes, tanto para los alumnos de los colegios públicos como para los empleados de la Alcaldía, plantas ornamentales o banderas para las dependencias de las entidades distritales. Abundan las órdenes de prestación de servicios a precios astronómicos que, en general, son mal ejecutadas. Igualmente, les otorgan permisos a particulares para que puedan ejercer toda clase de actividades con negocios ilegales que pertenecen a individuos que se encuentran en la cárcel, o el pago de ‘favores’ a los politiqueros que han sustraído del erario el dinero destinado a la inversión social, para así poder participar en “acuerdos financieros” con un sinnúmero de testaferros. Por otro lado, se les compra la conciencia a los más pobres para imponer sus candidatos y seguir sometiendo a los cartageneros a toda clase de vejámenes. Es perfectamente comprensible, entonces, que el gobernante de turno, no tenga la autoridad moral para exigirle a nadie ordenar siquiera las zonas de parqueo o los espacios públicos por los que los peatones deban desplazarse y, por lo tanto, adolece de una absoluta falta de carácter que se traduce en que la ciudad permanezca al garete, ingobernable y sin un real mandatario. Bajo estas adversas condiciones Cartagena no es susceptible de mejorar, únicamente puede empeorar.

Pero los habitantes de la capital de Bolívar siguen votando, muy disciplinadamente, por aquellos que los mantienen en el atraso. Los estudiosos de las ciencias sociales: filósofos, psicólogos, sociólogos, politólogos, psiquiatras, neurólogos, economistas, antropólogos o historiadores tratan de explicar ese absurdo comportamiento. Afirman que puede ser el producto del hambre, la ignorancia, una predisposición genética, resultado de la mezcla de diferentes etnias o que se trata de cerebros que la desnutrición no les permite desarrollar su intelecto. Son investigaciones juiciosas, analíticas, basadas en observaciones y estudios estadísticos que concluyen en recomendaciones acertadas. Pero jamás se aplican, porque en Colombia hay que gobernar de espaldas a la Academia, no vaya a ser que las ovejas se salgan del redil y entonces si sería el caos financiero para los que se lucran malévolamente del Estado.

La verdad es que otros lugares en condiciones similares han logrado sacudirse y caminan con resolución hacía un futuro más promisorio. ¿Por qué? ¿Realmente creen que merecemos nuestra suerte? Aunque no quisiera aceptarlo, si se piensa detenidamente podríamos decir que la responsabilidad es toda de los ciudadanos. Simple y llanamente porque se prefiere la indignidad ya conocida a un bienestar por conocer. ¿De tontos? Si, claro. Pero, más que de torpes, lo que acá sucede es propio de una sociedad mayoritariamente conformada por cobardes. Un pueblo que tiene decencia y coraje no deja su destino en manos de sus verdugos. En Cartagena eso es lo que se viene pasando desde hace varias elecciones. Sus habitantes prefieren ser esclavizados a rebelarse. Por lo tanto, es entendible que sus “amos” los menosprecien y terminen fusilándolos. Los ciudadanos del común deberían asumir que son responsables de sus actos y que se comportan como críos, esperando que otros vengan a rescatarlos. Nada que hacer, eso fue lo que eligieron, ahora les resta tener la entereza moral de aguantarlo.

Cartagena

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