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El sacramento masculino

April 1, 2018

“Si los hombres pudieran embarazarse, el aborto sería un sacramento”.   

Florynce R. Kennedy   

 

El manual no escrito de las buenas relaciones interpersonales y la convivencia pacífica, nos dice que hay temas, de los cuales, no debemos de hablar; porque nunca lograremos ponernos de acuerdo y por lo regular, terminaremos enfrascándonos en una discusión. Los clásicos son: política, religión, diversidad sexual y desde luego, el aborto.

 

Sin embargo, existimos personas que disfrutamos de la polémica y lejos de evadir alguna conversación o huir de algún debate, consideramos una obligación traer a la mesa aquello que está implícitamente prohibido o contemplado como incorrecto, pues son cuestiones que diariamente nos afectan, realidades inevitables que deben ser discutidas y analizadas.

 

Por ello, hoy hablaré de la interrupción voluntaria del embarazo como un derecho fundamental al que todas las mujeres deben tener acceso, porque converge con otras prerrogativas igual de importantes, que como todo derecho humano no están sujetas a la opinión pública ni a votación; me refiero a la libertad de decisión sobre su cuerpo, al ejercicio de su sexualidad, a la salud reproductiva y al acceso a la educación, la justicia y una vida digna.

 

La Organización Mundial de la Salud (OMS) define el aborto como “la interrupción voluntaria del embarazo cuando el feto todavía no es viable fuera del vientre materno”, es decir, cuando no existe posibilidad alguna de vida autónoma, asentando una clara diferencia entre concepción y nacimiento, entre feto y neonato.

 

Respecto a los criterios legislativos, existen múltiples posturas en el marco jurídico de cada país, algunas de ellas se oponen de manera radical a la interrupción voluntaria del embarazo, otras lo permiten bajo ciertas restricciones y en otras más, sólo debe observarse el tiempo establecido por la OMS, es decir, antes de las doce semanas de gestación. Organización que -dicho sea de paso- considera que las leyes restrictivas van asociadas a tasas elevadas de abortos peligrosos.

 

El común denominador de las legislaciones, contempla tres excluyentes que deben observarse para no incurrir en un delito: a) cuando la vida de la mujer se encuentre en peligro; b) cuando exista una grave malformación en el feto; y/o c) cuando el embarazo sea producto de una violación sexual.

 

En Colombia, la interrupción voluntaria del embarazo fue reconocida como derecho fundamental por la Corte Constitucional a través de la sentencia C-355 de 2006. En el caso de México, también está permitida, aunque internamente existen diferencias en las legislaciones de los estados o departamentos, resaltando la Ciudad de México, como un ejemplo de impulso a los derechos humanos al contemplar el aborto como “la interrupción del embarazo después de la décima segunda semana de gestación” y establecer, además, las excluyentes de responsabilidad penal señaladas con anterioridad.

 

Pero entre el ser y el deber ser, hay un gran abismo de distancia, que se vuelve oscuro ante la presencia de la doble moral de la ciudadanía, el fanatismo religioso, la falta de ética del funcionariado, el personal médico que tergiversa la objeción de conciencia y los grupos de ultraderecha, quienes alegan la defensa de la vida como argumento para prohibir u obstaculizar el acceso a otros derechos que son inherentes a las mujeres por el simple hecho de ser personas.

 

Siguiendo los principios básicos de los derechos humanos, ninguno de los que poseemos es más importante que otro; todos se encuentran unidos entre sí, formando un todo indivisible y progresivo ¿al negarle la libertad de decidir sobre su cuerpo a las mujeres no se les está afectando el desarrollo de su vida? ¿Por qué suponen que son ellas quiénes están obligadas a sacrificar sus planes por un embarazo que no tenían contemplado o qué es el resultado de una violación, de un ultraje a su cuerpo, de una mutilación a su dignidad? 

 

¿A cuenta de qué el Estado podría condenar a una mujer por abortar cuándo no ha sido capaz de garantizar su educación y seguridad sexual? ¿Con qué valor la sociedad juzga a sus hijas después de cosificarlas y disminuir su valía, a través del machismo y los estereotipos de género? ¿Dónde queda la justicia al insinuar que es obligación de las mujeres el utilizar métodos anticonceptivos, como sí la salud reproductiva fuese responsabilidad exclusiva de ellas?

 

Si hablamos de compasión ¿cómo demuestran la empatía y sensibilidad quiénes no consideran como excluyente de aborto una malformación grave? ¿Serán ellos quienes padecerán el dolor de los tratamientos médicos y apoyen a la madre con los gastos?

 

¿Qué clase de ética tienen los profesionales en medicina que no dan aviso a la autoridad competente cuando atienden embarazos de niñas y adolescentes de comunidades indígenas, escudándose en el respeto de los usos y costumbres?

Quienes consideran que al despenalizar el aborto aumentarán las cifras de casos ¿se habrán preguntado qué persona con un poco de sentido común pondría en riesgo su vida y salud sólo por experimentar la concepción? ¿No sabrán qué las decisiones contundentes son difíciles de disuadir? ¿Acaso no conocerán a ninguna mujer de alcurnia que sin arriesgarse pudo interrumpir su embarazo para “proteger el buen nombre de su familia” o no sabrán de alguna desdichada que perdió su vida por recurrir a alguna clínica clandestina?

 

A los que dicen “puede tener al bebé y luego darlo en adopción”, les pregunto ¿razonaron sobre la afectación emocional de la mamá? ¿Sobre el sentido que tendría traer al mundo a una persona por la cual no se siente amor y que podría terminar aumentando las cifras de niñas y niños en situación de calle? Porque luego son ustedes mismos quienes se oponen a la adopción homoparental, ¿No es acaso egoísta negarle el derecho a una familia, desviar la mirada cuándo en la calle se acercan a pedir su caridad o al ver con indolencia en las noticias las muertes por desnutrición?

 

Los interrogantes son muchos y yo, como el actor Michael Jay Tucker, pienso que “si el movimiento anti aborto utilizara la décima parte de la energía que gastan en ruido teatral y lo dedicaran a mejorar las vidas de los niños que han nacido en pobreza, violencia, y desatención, podrían hacer un mundo brillante”.

 

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