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El rincón de los corruptos

January 21, 2018

Las grandes ciudades como las más pequeñas, villas, pueblos y veredas del más remoto lugar de la tierra desde los comienzos de la humanidad, siempre ha habido un lugar, café, parque, taberna, cantina, posada, en donde diariamente se reúnen corruptos activos y también en uso de buen retiro, unos para hacer de gurúes, shamanes y oráculos  de los nuevos aspirantes a ocupar cargos ya sea en la administración pública o en los cuerpos de elección popular. Ocupan sitios de privilegios como si estuviesen en su casa y allí vociferan sobre cosas fútiles, pero cuando es de repartir botines, tajadas y contratos lesivos al erario público, bajan la voz y solo entre ellos murmuran.


Cartagena, la de Indias, la blasonada y aristocrática ciudad, nunca ni en tiempos de la Revolución ni ahora ha sido ajena a esos Rincones de los Corruptos que se encuentran al paso cuando se llega a un café lujoso o de medio pelo, ya sea en el centro histórico, barrios residenciales, restaurantes lujosos o en los lugares más apartados. En muchos de esos lugares frecuentados,  siempre hay un rincón para los corruptos, el que la mayoría de las veces cuidan meseros y meseras, pues esperan de sus clientes una buena propina.


El Automático y la Gruta Simbólica de Bogotá, el Café Moka y las cafeterías Sucre y Colombia de Cartagena, el Pez que Fuma y Caimán Parao de Mompox, que fueron sitios de reunión de poetas y bohemios, de artistas y filósofos,  no escaparon a esa laya, pues allí también los corruptos ubicaron su hábitat, instalaron sus carpas y cada mañana y cada tarde llegaban a la hora precisa para conversar sobre sus asuntos y sus botines.


E nuestros días es muy fácil identificarlos cuando se entra a un café, siempre hay dos o más reunidos alrededor del jefe, que tiene un periódico o revista en la mano, a veces lo abre y da la impresión que estuviese leyendo, miran de reojo a su alrededor, interrumpen el paso, beben agua y café, café y agua y durante horas “cachetean” el espacio que ocupan. Allí en esas reuniones el correveidiles que hace de jefe explica el repartimiento del botín, de las normas que se tejen, de los contratos, en fin, analizan la mejor manera de tumbar el erario público, ya sea en las oficinas del Estado o en las privadas que manejan dineros públicos.


En el Egipto de los faraones, en la Grecia de los filósofos y en la Roma de los Césares, el corrupto  caminaba seguido por una nube de clientes: cuanto más larga era su corte, más se le admiraba como personaje, igual que en nuestro tiempo. Catón, el censor, sufrió hasta 44 procesos por corrupción.  Cicerón reconocía que: “Quienes compran la elección a un cargo se afanan por desempeñar ese cargo de manera que pueda colmar el vacío de su patrimonio”. Bertolt Brecht, en su obra sobre Julio César escribe: “La ropa de sus gobernadores estaba llena de bolsillos”. Mateo Alemán, en su novela picaresca Guzmán de Alfarache, cuenta como los nobles compraban los cargos al rey para sacarles provecho con sus siervos. A Pedro de Heredia, apenas habían pasado tres años de fundación de la ciudad, cuando el rey le hizo el primer juicio de residencia, por haber falseado un informe y en 1554 se lo llevaron preso para España por corrupto y murió en el camino a causa del naufragio de la nave.


En cierto sentido, los corruptos siempre han tenido un Rincón de privilegio, un rincón en un lugar público, a donde llegan cada día con puntualidad, pues quieren mostrarse. Muchos de ellos son maestros de la apariencia, además veleidosos, frívolos y lujuriosos. No pierden la ocasión de desnudar con la mirada a cualquiera chica, chico o dama que se les atraviese, son como el camaleón, utilizan la estrategia del camuflaje. En medio de las tormentas conservan las apariencias.


Y aquí en Cartagena, la de Indias, hay un sitio especial, muy especial, a donde llegan cada mañana con la puntualidad de la amante fea. Ya a estas horas deben estar reunidos, en círculos, aparentando que leen revistas y saben de lo que acontece en el mundo, mientras escuchan a su jefe y urden toda clase de trampas, tramoyas y triquiñuelas para hurtarse los bienes públicos, los bienes que le pertenecen a la sociedad, pero ellos en su rincón se los reparten como el mejor ponqué del día. Y si quieren comprobarlo, entren al café más cercano de su residencia y allí encontrarán el Rincón de los Corruptos.

 

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