2.420 MUJERES, víctimas fatales durante 2017


Entre el primero de enero y el 30 de septiembre de este año fallecieron a causa de lesiones fatales de causa externa 2.420 mujeres, 413 de ellas eran menores de edad, y 2.007 mayores de 18 años.

660 fueron asesinadas, 319 se suicidaron, 870 fallecieron a causa de accidentes de tránsito y 571 en forma accidental, según reporte del Instituto de Medicina Legal .

Esa cifra, en aumento cada día, cobra especial significado en Colombia al conmemorarse el 25 de noviembre el ‘Día Internacional de la Eliminación de la Violencia Contra la Mujer’.

En promedio, más de dos mujeres fueron asesinadas y más de una se suicidó cada día durante los primeros nueve meses del año.

La realidad es que en Colombia: “cada cuatro días una mujer es víctima de feminicidio, es decir, es asesinada por su pareja o expareja; cada 32 minutos una mujer es víctima de violencia intrafamiliar, cada día 21 niñas entre diez y 14 años son víctimas de violencia sexual”, de acuerdo con la organización Sisma Mujer.

‘NO ME MIRE…’ “No me mire directo a los ojos, no soporto eso…”, dice Juanita Guzmán*, una mujer de 43 años, delgada y baja estatura que durante más de “14 años que parecían eternos” soportó en silencio las violencias de que era víctima por parte de su compañero.

Ella, nacida el 15 de abril de 1983, en Arauca, y domiciliada en Engativá, Bogotá DC, desde hace cuatro años, dice que creía que los maltratos eran normales en todos los hogares.

“Yo había tenido un novio –Esteban– antes de haber conocido a Édgar. Con él conviví cerca de seis años y me dio un hijo”, dice mientras nos muestra la foto del joven.

Pero, “el amor o el encanto se acabó un día… Por nada me gritaba e insultaba a quien estuviera conmigo. Me fui de su casa con mi hijo… Como mis padres no me aceptaron en su casa, alquilé una pieza donde una vecina. Ahí conocí a Édgar”. “Al principio, Édgar me enamoraba cantándome, me decía que él me aceptaba con todo e hijo. Yo le creí”. Juanita guarda silencio.

“Me demoré para dar el paso de ir a vivir con él. Yo esperaba que me propusiera casarnos, pero nunca lo hizo. Me dijo vamos a vivir, así nada más. Al año ya estábamos conviviendo. Todo parecía ir bien. Me encargaba de arreglar la casa, alistar la ropa y preparar los alimentos. Dejé de trabajar por fuera, porque él me dijo que ganaba lo suficiente para que estuviéramos bien. ¿La verdad? No nos faltaba nada. Pero, como a los seis años, me dijo que él no tenía por qué pagar la escuela del muchacho, que no era su hijo, aun cuando el niño siempre le decía papá. ¿Qué podía hacer? Le dije ‘él es tu hijo, casi lo criaste, ¿por qué cambiaste?’ Sólo me respondió: ‘No es mío. Y no me has dado un hijo que sea mío’. Ese día empezaron los problemas. A veces no llevaba mercado, tampoco me dejaba trabajar por fuera… Como pude hablé con las maestras para dejaran que el niño siguiera en la escuela… Hasta que mi mamá lo acogió en su casa cuando ya era adolescente. Creo que se llevaron bien desde el primer día que se conocieron”.

Le preguntamos qué decía el padre biológico del niño. Ella afirma que “desde que nos separamos, no volvimos a encontrarnos. Nunca buscó al hijo, y yo no lo iba a hacer porque no quería volver a escuchar sus gritos y sus insultos”.

“Un buen día, Édgar llegó furioso, correa en mano. Trató de pegarle a mi hijo, pero le dije que no le pusiera la mano encima. Entonces me pegó, una y otra vez. Me dejó la piel marcada y un dolor en el pecho que me quemaba. Fue la primera vez, la primera de muchas, porque cada vez que quería, sin que hubiera razones, me golpeaba con la correa, me empujaba contra la pared, me lanzaba al piso, me gritaba cosas horribles y dejaba de llevar mercado o pagar los servicios”, dice mientras sus ojos se enturbian bajo lágrimas que trata de disimular.

Hace cuatro años decidió que era suficiente, con miedo armó una maleta, se dirigió a la estación de buses, compró el pasaje hasta Bogotá, donde la esperaba una amiga araucana que la había apoyado para que dejara el infierno en que vivía. “Me vine con mi maletica para Bogotá con cuatro pesos en el bolsillo. Mi amiga me esperaba en la Terminal de Transporte. Ella me ayudó a buscar trabajo. No quiero que Édgar sepa dónde estoy. Él sabe que me fui de su casa y del pueblo. No quiero verlo nunca más. Nunca más”.

Juanita y miles de mujeres han sido o son víctimas de diferentes violencias cada año en Colombia. Sin importar el estrato socio-económico al que pertenecen o la comunidad en la que han crecido, la violencia las ha afectado física, sicológica y materialmente.

“No me mire directo a los ojos”, repite Juanita mientras se despide. “Cada vez que me miran directo a los ojos, siento que vendrá el correazo, el empujón…”

LESIONADAS 31.