No etiquetes más, exigimos ideas

August 31, 2017

No nos etiquetes ni a mí, ni a nadie más. Esa es la petición, respetuosa pero tajante que formulamos desde la soledad conceptual en que nos encontramos. No queremos cargar en nuestras espaldas la etiqueta de los prejuicios y carencias de terceras personas, de los odios y desamores, de las ambiciones y luchas internas, de las rencillas y deseos de venganza. Tampoco queremos llevar el rótulo que imaginan justo y valedero, sólo porque así lo creen.

 

Cada quien es libre de pensar y actuar según su forma de sentir. Cada quien tiene el derecho a exigir respeto a sus acciones y comportamientos.

 

Acá, hoy, no se trata de la baladita de los años 70 en la que si yo decía azul, él decía rojo, pero el otro y la otra clamaban verde, amarillo… No. Se trata de que cada quien profese el pensamiento que sea de su agrado, con el que se sienta cómodo. Sin agraviar, sin ofender, sin incentivar odios y resentimientos. Sin estigmatizar.

 

Hoy, como ayer, urge que acordemos qué es fundamental en la construcción del país que soñamos. Necesitamos lograr consensos. Pero ello es difícil en este mar revuelto, donde las diversas esquinas se han transformado en generadoras de apuestas de rencor.

 

Sigo a los deportistas colombianos, me enorgullecen sus triunfos, y no me amargan sus derrotas. Me alegra cada vez que Katherine salta cerca de los 15 metros o cuando Nairo, Chávez o Rigoberto pedalean rumbo a la meta. Me alegra cuando Falcao, Bacca, James o Teo anotan goles. Me alegro por ellos, por sus logros basados en la disciplina y el esfuerzo. Pero no soy férrea cultora de sus triunfos.

 

Tampoco soy petrista, uribista, santista, serpista… No milito en toldas liberales, conservadoras, polistas, progresistas, verdes… por citar algunos de los sectores. En todos y cada uno de ellos reconozco válidas posiciones, así como creíbles procesos y compromisos.

 

Gustavo Petro promovió la Seguridad Humana en Bogotá –que tanto beneficio generó a las poblaciones con menos oportunidades de bienestar– al tiempo que se enfrascaba en controversias estériles con los medios de comunicación, pero estaba en su derecho.

 

Álvaro Uribe Vélez defendió las Convivir –tan cuestionadas hoy–, pero eran legales en su tiempo; y enfrentó con mano dura a los agentes que perturbaban el orden público, pero hubo quienes recurrieron a excesos y vulneraciones.

 

Claudia López ha enarbolado las banderas de la anticorrupción –necesarias e importantes para lograr el rescate del deber ser de la democracia participativa–, pero corrompe el ideario colectivo cuando insulta o agravia a sus contradictores políticos. Su discurso no es asertivo cuando descalifica, invitando a odiar o a estigmatizar.

 

Horacio Serpa –dicen– se mostró leal con el ex presidente Samper, pero se le señala por no haber sido leal con el pueblo colombiano, aun cuando fue uno de los padres de la Constitución Nacional que hoy nos rige. De hecho, fue uno de los tres presidentes de la Asamblea Nacional Constituyente.

 

He citado algunas de las personas que son contradictoras en el escenario político colombiano… Por supuesto, hay muchas más…

 

No estar de acuerdo con las posiciones e ideas de quienes transitan por sendas públicas, políticas o sociales es válido. Tales ideas pueden debatirse –exactamente– con ideas.

 

No estar de acuerdo con las ideas o propuestas de alguien es un derecho, más no por ello se debe recurrir al insulto. Cuando se recurre a insultos, agravios, descalificaciones o etiquetas, sólo se demuestra que se carece de ideas.

 

Lo terrible es el efecto de estigmatizar o insultar. El efecto de los odios endulzados por la retórica populista. El efecto de colocar a cada ciudadano o ciudadana de este país en esquinas opuestas, simulando imposibilidad de reconciliación. No se trata de un cuadrilátero de boxeo, diría que es un octágono, en cuyos ocho vértices se hallan las posibilidades de reconstrucción del tejido social, pero que hoy sólo anidan ocho posibilidades de desencuentro.

 

La polarización social tiende a incrementarse. Cada idea, cada concepto, cada posición recibe cantidades de militantes que se alinean, en muchas ocasiones, sin debatir lo leído o escuchado. Y quienes se manifiestan en contra o a favor de una idea son etiquetados y agraviados en no pocas ocasiones. Generan odio, rencor, resentimiento… Ciertamente no se trata de una filosofía de odio, pero si de una perspectiva de vida invasiva. ¿Cómo enfrentar ese sentimiento? Creo que la opción es dialogando, tendiendo la mano, escuchando, concertando.

 

Creo, como escribiera Voltaire: «No estoy de acuerdo con lo que dices, pero defenderé con mi vida tu derecho a expresarlo», o como expresara Noam Chomsky: «Si no creemos en la libertad de expresión de aquellos que despreciamos, no creemos en ella en absoluto».

 

Ambos filósofos promovieron –en épocas y circunstancias bien diferentes– el derecho a la libre opinión, y el derecho a que la misma fuese respetada, porque en últimas –paradójicamente–, «La libertad de expresión es decir lo que la gente no quiere oír», según el escritor George Orwell.

 

Cuando se escribe u opina reconociendo una posición válida, enseguida surgen los etiquetadores de oficio, prejuiciosos en su gran mayoría, a decir que eres ‘roja’, ‘verde’, ‘multicolor’, ‘amarilla’, ‘azul’... No. No etiqueten más. Lean, evalúen, controviertan… Pero no etiqueten, no estigmaticen, no incurran en prejuicios. Como decía mi abuelita, que en paz descanse, “respete para que le respeten”.

 

Creo que nada ni nadie es perfecto, y que nada ni nadie está totalmente equivocado. Por eso es posible reconocer las propuestas que benefician a la colectividad, aun cuando las mismas procedan de la esquina opuesta, sin que por ello te transformes en lo que no eres.

 

Así que, por favor, no nos etiquetes o agravies, ni a mí, ni a nadie más.

carmen.pena@prodignidad.com

@Cpenavisbal

 

Share on Facebook
Share on Twitter
Please reload

Desarrollado por la Dirección de Nuevos Medios, ProDignidad SAS.       Desarrrollada a partir Plantlla : WIX     2020